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La Formación Ciudadana y el Ethos Democrático

Desde la educación básica la formación ciudadana integral orienta y releva los principios, valores y actitudes que un país respetuoso y responsable requiere; se nutre desde ahí la corresponsabilidad, la conciencia social e individual pública y las deliberaciones se tornan constructivas y conjuntas.

Ciertamente la Ley 20.911 sobre formación ciudadana, promulgada en 2016, es un avance respecto a consolidar una cultura política democrática. El fomento de la comprensión política en un ambiente de pluralidad, diversidad y respeto es fundamental para forjar valores, principios y actitudes afines a la civilidad. El objetivo de toda labor educativa es asentar las capacidades para desarrollar, en este caso, una práctica ciudadana que mantenga la cohesión social, la reciprocidad y la deliberación pública. La razón y emoción pública no se nutren de los egoísmos privados, de las rabias y tampoco de los resentimientos sociales acumulados.

Cuando la motivación es destruir, desestabilizar y consolidar desencuentros los resultados serán evidentes. Toda fisura social se ve alentada por un odio de base incubado desde ideologías intransigentes o desde comportamientos antisociales. La polarización política o afectiva es la confirmación de nuestras creencias en fases no adaptativas; a partir de este punto el otro es un enemigo situado en lo inconmensurable, en la amenaza constante.

Al presenciar las protestas del último tiempo, las manifestaciones en los liceos emblemáticos y las diversas performances de agrupaciones identitarias vemos con claridad que la violencia, la agresividad y la intolerancia habitan con mucho arraigo en nuestros entornos sociopolíticos. Lo anterior nos invita a pensar en una formación ciudadana temprana e integral; no solamente importa conocer las instituciones, constituciones y procedimientos, también importa aterrizar nuestras realidades y mirarlas desde la humanidad, desde la ética. La Democracia es incierta, inesperada, inacabada y múltiple producto de su propio sentido y hábitat; no puede ser constreñida, recortada o impuesta, de lo contrario sus efectos no deseados alimentarán populismos, autoritarismos y otros atajos antipolíticos.

Es importante que la educación en liceos, escuelas y colegios permitan la construcción y articulación de principios, valores y actitudes que propendan al desarrollo de virtudes cívicas. Mitigar la violencia, atemperar las rabias, reconducir los resentimientos y eliminar la apatía son tareas absolutamente necesarias para no seguir encontrándonos con pseudo ciudadanos paladines de la destrucción y la decadencia. A través de clubes de debate, juego de roles, visitas sociales integradoras, visitas guiadas a entidades defensoras de la democracia y los DD.HH. podemos socializar e internalizar de manera sana y respetuosa nuestras diversidades, pluralidades y convicciones políticas.

Un ciudadano o ciudadana no manipulable, no inclinado a saquear o a quemar bienes públicos es un ciudadano consciente de la civilidad, de lo cívico en todas sus dimensiones y básicamente no estará disponible para prestar su razón y emociones a quienes alimentan la confrontación ciega y sinsentido.

Desde la educación básica la formación ciudadana integral orienta y releva los principios, valores y actitudes que un país respetuoso y responsable requiere; se nutre desde ahí la corresponsabilidad, la conciencia social e individual pública y las deliberaciones se tornan constructivas y conjuntas.

Es importante que desde los gobiernos locales se fomente la participación y formación ciudadana y que desde los centros educativos se consolide una ética firme, transversal, prudencial y en sintonía con la democracia sustantiva. Ya no es hora de sobrar insultando, lanzando piedras, rabias racistas o molotov. Crezcamos para que nadie nos invite a desestabilizar o dividir a nuestro país. Es hora de nosotros, los demócratas conscientes, responsables y reconciliados.

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