Tengo cercanía con muchos venezolanos en nuestro país. Es conmovedora la alegría con que recibieron la captura de Maduro por parte de tropas norteamericanas y más aún esa ilusión generalizada de volver a su patria. Unos a ver a sus familias, otros con el ánimo de ir a contribuir a su reconstrucción. He visto llorar con una emoción contagiosa y me he sentido triste por sus expectativas, semejantes a las del frustrado triunfo el 28 de julio de 2024.
Impresiona también ver por televisión y redes el contraste de las bulliciosas celebraciones en las calles chilenas, con el silencio expectante de los habitantes de Caracas. ¿Un signo de que la esperanza convive con la incertidumbre y el miedo respecto al futuro?
Me alegra también el fin de Maduro como gobernante. Los dictadores terminan pagando, tarde o temprano. Es parte de la justicia terrenal y ello debiese ser ejemplificador para quienes ejercen el poder – ilegítimo o legítimo- cuando mal usan la fuerza del Estado, conculcando los derechos fundamentales de sus pueblos.
Sin embargo, creo que la derrota de Maduro a través de la intervención de Estados Unidos, hará más difícil una transición hacia una democracia que haga posible restablecer la convivencia y dar gobernabilidad al país. Esta captura se asemeja a un golpe de Estado. Las posibilidades de diálogo y construcción de confianzas quedan muy mermadas y, lo que es peor, dependerán de la voluntad de un poder externo.
Es cierto que hay una historia de fracasos, partiendo por la obcecación del chavismo y de Maduro aferrados al poder a cualquier costo; de malas decisiones de la oposición; de inoperancia de los organismos internacionales; y de la ambigüedad de gobiernos que pudieron jugarse, mediar y condenar con firmeza las violaciones a los derechos humanos, los ataques a la democracia, los piquetes armados, la conculcación las persecuciones. Me refiero principalmente a los gobiernos de izquierda.
Hoy muchos rasgan vestiduras por la violación del derecho internacional, pero antes coquetearon, recibieron prebendas, defendieron o se lavaron las manos con el avance de una dictadura, creando las condiciones para esta brutal salida.
¿Dónde estuvieron el Foro de São Paulo, el kirchnerismo, los presidentes de Brasil, de México y de Colombia cuando Maduro desconoció el triunfo electoral de la oposición el 28 J del 2024?
AMLO, entonces presidente de México, llamó a no intervenir en asuntos de internos de Venezuela y Sheinbaum – entonces presidenta electa- declaró que tomaría una posición neutral, respetando la “autodeterminación” de los venezolanos. Posteriormente, como presidenta envió representante a la
investidura de Maduro.
El presidente Boric fue, sin duda, el más claro, pero Chile tiene un peso menor que los países vecinos y México en el contexto latinoamericano. Para muestra un botón: la OEA intentó una resolución que buscaba que la autoridad electoral de Venezuela publicara los resultados detallados por mesa y permitiera una observación independiente, abogando además por el respeto a los derechos humanos y el fin de la represión y represalias tras las manifestaciones contra el fraude electoral. México no asistió. Brasil y Colombia se abstuvieron. Se necesitaban 18 votos, la resolución contó con 17.
Hay un derecho internacional que es imperativo respetar. De lo contrario es el caos. Pero admitamos que ese derecho internacional no ha funcionado en beneficio del pueblo venezolano, de su libertad, de su dignidad, ni de su bienestar. Las razones son principalmente ideológicas y de calidad de los liderazgos. Cabe preguntarse si hubiera habido la misma distancia con la lucha por la democracia en Venezuela si Maduro hubiera sido un dictador de derecha.
Hasta que vino el lobo… Ahora sí que el derecho internacional es intransable.
Ha habido una gran cobardía en la defensa de valores esenciales.