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Ser o no Ser

Con una sociedad dividida entre entusiasmo, cautela y alerta, José Antonio Kast inicia su camino a La Moneda enfrentado a la pregunta clave del poder: gobernar para los propios o transformarse para sostener acuerdos, estabilidad y futuro.

Comienza el 2026 y como siempre renace la esperanza, y esta vez con la expectativa de un nuevo gobierno. Una expectativa que es entusiasmo para el 26% que representa al núcleo duro del presidente electo, que es prudencia para el casi 35% que lo apoyó con ciertas reservas, y que es un foco de alerta para el 40% que está al acecho del primer error.

Entusiasmo, prudencia y alerta son las actitudes de una sociedad que aún no puede descifrar con certeza con qué Kast se va a encontrar cuando éste se mude a La Moneda.

¿Acaso Kast será el que sus seguidores fieles y “republicanistas” esperan que sea, o las mayoritarias fuerzas moderadas le van a corregir el rumbo hacia un espacio de mayor equilibrio? ¿Acaso Kast tendrá la capacidad para moverse en un espacio de acuerdos y negociación para poder cumplir las promesas de campaña, pero esencialmente para fortalecer el poder?

Todos tenemos claro que no es lo mismo acceder al poder que tenerlo, y para esto último Kast deberá fortalecer su base política para consolidar el poder y tener la influencia suficiente para gobernar.

En tal sentido, en estos tiempos donde solo hay expectativas, supuestos y especulaciones, la figura de Kast crece a partir de sus ofertas a los aliados transitorios del centro político, que parecen ser los que darán forma a su equipo de gobierno, lo que más allá de condicionamientos lógicos representa un claro indicio de estabilidad. Esta prudencia de Kast es, sin duda, un paso para neutralizar la batalla dialéctica con una izquierda agazapada. Eso va a requerir de la paciencia de sus seguidores históricos, algo difícil en los intolerantes y pseudo intelectuales que esperan un presidente con ciertos rasgos de autoritarismo para borrar todo rastro de progresismo y encarar un modelo ultraconservador.

En tal sentido y en un marco de legítima democracia, la solución es tener la responsabilidad y la autoridad para negociar con todos los sectores. No hay otra manera dentro de la convivencia.

Cumplir las promesa de hacer más efectivo y eficiente al Estado, de fortalecer la seguridad y de mejorar la economía doméstica, son decisiones que van a requerir conversaciones difíciles para quién se supone más cómodo con un estilo autocrático que a la sociedad le ha costado digerir desde la llegada de la democracia.

Asimismo, aceptar los avances sociales alcanzados, desde el matrimonio igualitario hasta el trabajo de 40 horas, es un verdadero desafío actitudinal para quien expresa otros valores, y la política se sostiene en valores. Los problemas del país no dependen de eliminar el progresismo positivo frente a un conservadurismo que no solo retrase, sino que genere una batalla cultural que no es la batalla que deba dar este gobierno. Los problemas son más concretos e inmediatos, en los que hay variables no controlables y las que sí podrá controlar.

El crecimiento económico no se resuelve solo con el buen humor, sino que depende de variables externas no controlables, que van desde la competitividad de la región y el momento del mundo, donde el nacionalismo y el proteccionismo parecen dominar la escena, al menos por estos años por venir. Además, en un mundo en el que el sistema financiero tiene excesos de fondos que necesita invertir, no tener proyecto de país desde el Estado, complica la llegada de inversiones genuinas.

Ese proyecto país que depende de las posturas frente a la tecnología; la infraestructura; la educación; la salud y la calidad medioambiental, todo sostenido desde la seguridad institucional, también requiere de acuerdos que no sólo están en el espetro político, sino también en la “sociedad civil”.

En términos de seguridad, corregir la inmigración es una decisión administrativa, pero combatir el narcotráfico parece difícilmente controlable. No está claro si la sociedad chilena pretende una solución “Bukele”, de dudosa legitimidad institucional, o una respuesta dentro del marco de la ley. Otro espacio de negociación.

La modernización del Estado, su eficientización a efectos de darle dinámica para resolver los problemas de la gente además de optimizar los recursos, es una decisión de gestión en la que también se debe generar consensos para que tomar medidas con criterio sistémico, es decir, evaluar el impacto entre todos factores y actores que hacen a “lo público”.

En definitiva, el trabajo de Kast deberá sostenerse en llevar adelante acuerdos para abordar las conversaciones difíciles con los más radicales opositores.

Será entonces que Kast deberá depender de la cualidad política más importante de un presidente siglo XXI: la plasticidad y el pragmatismo. Plasticidad para hacer que las transformaciones tengan bases sólidas, y pragmatismo para que las decisiones se tomen desde la diversidad de ideas, y no desde un solo sesgo ideológico. El mundo, es pragmático.

¿Tiene Kast esos atributos, o la rigidez de sus valores no le permitirán ver el multiverso? ¿Será Kast el que fue en campaña o será el que deba ser para consolidar su poder?

Ser o no ser, esa es la cuestión.

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