Secciones
Opinión

Cada día puede ser peor

El patrón se repite: la administración Boric no gestiona crisis; las “patea” con relato. Y el relato se construye con tres materiales baratos: contradicción, omisión e información parcial.

Hay excusas que mueren jóvenes. Y hay gobiernos que, por alguna razón, insisten en criarlas.

El gobierno de Gabriel Boric, que prometió superioridad moral y terminó ofreciendo apenas superioridad retórica, ha convertido la contradicción en rutina y la omisión en herramienta. En su administración, la información no se entrega, se raciona. No se explica, se administra. No se transparenta, se gotea.

Día a día, el episodio del cable submarino impulsado por China Mobile International es, en ese sentido, una pieza de antología. No porque sea difícil de entender, sino precisamente porque es fácil. Hubo un decreto firmado por el ministro de Transportes, Juan Carlos Muñoz, el 27 de enero de 2026, que otorgaba una concesión por 30 años para un cable entre Hong Kong y Concón. Y ese decreto fue dejado sin efecto dos días después, en una maniobra que el propio relato oficial quiso vender como una revisión técnica, un “ups”, un detalle mecánico.

Hasta ahí, la historia ya era mala. Pero podía ser solo mala administración. El problema es que La Moneda no se limitó a corregir. Optó por negar, omitir y reencuadrar. Se apostó por instalar la tesis de que el proyecto “estaba en evaluación”, “en etapas iniciales”, “sin decisión tomada”. Y entonces apareció la prensa con un dato letal para cualquier libreto: la concesión ya estaba firmada. No “se evaluaba”. Se había aprobado y luego se había anulado. La diferencia entre ambas cosas no es semántica, es moral.

El intento de control de daños fue inmediato, pero torpe. Como suele ocurrir cuando la verdad llega tarde y en cuotas. Se dijo que faltaban pasos, que Contraloría no había visado, que había un procedimiento largo. Todo eso puede ser técnicamente cierto y políticamente inútil, porque el punto era otro: ¿por qué se omitió el decreto en plena crisis con Estados Unidos? ¿Por qué se permitió que el país entero discutiera sobre un proyecto “en análisis” cuando existía un acto administrativo firmado que lo hacía, al menos por 48 horas, una realidad?

Si la cosa fuese solo un decreto, aún podría uno atribuirlo a la mediocridad cotidiana d este gobierno que hoy se confunde con normalidad. Pero aquí hay más. Está la tramitación exprés. Sesenta y tres días para algo que suele demorar alrededor de 400 días en promedio en este tipo de concesiones. No es “eficiencia”; es anomalía. Y cuando la anomalía aparece justo donde se cruzan intereses estratégicos, presiones geopolíticas y amistades políticas, la palabra “casualidad” empieza a sonar como chiste.

Luego está el otro capítulo, el más corrosivo, porque mezcla lo administrativo con lo personal, ese terreno donde este gobierno se siente cómodo. Contraloría investiga el origen del financiamiento del viaje a Shanghái en 2023 del subsecretario Claudio Araya (PC) y de Raúl Domínguez, entonces jefe de Fiscalización de Subtel y amigo del Presidente desde los años de Punta Arenas. Subtel sostuvo que los gastos los cubrió la GSMA, pero la propia organización lo habría negado, abriendo la sospecha de información inexacta en documentos oficiales.

La escena completa es una caricatura involuntaria. Un proyecto sensible, tramitado a velocidad inusual. Una firma que se esconde. Una anulación por “error de tipeo”. Una cadena de vocerías que no calzan entre sí. Y, como guinda de la torta, Estados Unidos revocando visas a funcionarios chilenos por considerar que el asunto toca infraestructura crítica y seguridad regional, con declaraciones duras del embajador Brandon Judd y con advertencias incluso sobre el programa Visa Waiver en el telón de fondo.

En cualquier gobierno serio, la primera reacción ante un episodio así sería una sola: explicar completo, rápido y con documentos. Aquí ocurrió lo contrario. Se negó hasta que ya no se pudo. Se dijo “sorpresa” cuando el propio embajador afirma que había advertencias previas. Se habló de evaluación inicial cuando existía una concesión firmada. Se intentó convertir un acto de gobierno en un borrador. Y se pretendió que el país aceptara la idea de que seis visaciones internas en 25 horas no vieron nada extraño, pero dos días después apareció mágicamente el “tipeo”.

El patrón se repite: la administración Boric no gestiona crisis; las “patea” con relato. Y el relato se construye con tres materiales baratos: contradicción, omisión e información parcial. Lo grave es que esto no ocurre en un tema doméstico, de esos que se extinguen con una comisión y un par de renuncias. Ocurre en un asunto donde Chile no se juega un punto en la encuesta, sino su credibilidad estratégica.

Y aquí entra el ingrediente más irritante: la dimensión personalista de la diplomacia presidencial. Boric ha sido particularmente severo con Donald Trump. No con su política exterior, con la cual uno puede discrepar con argumentos, sino con el personaje, con el estilo, con el símbolo, con el villano útil para consumo interno. Ha confundido demasiadas veces la relación entre Estados con una disputa de temperamentos. Y ese amateurismo, que en campaña era pose, en el poder se vuelve riesgo.

Porque el mundo no funciona a punta de frases bonitas ni de superioridad moral autoproclamada. En materia internacional, lo que cuenta es consistencia, previsibilidad y profesionalismo. Justo lo que este episodio destruye. ¿Qué señal recibe Washington cuando Chile dice que no hay decisión, pero hubo decreto? ¿Qué señal recibe Beijing cuando Chile acelera y luego congela, y encima atribuye el frenazo a un “tipeo”? ¿Qué señal reciben los chilenos cuando el gobierno se entera por la prensa de lo que debía explicar por deber?

El punto de fondo no es si el cable se hace o no se hace. El punto es el modo. La liviandad. La afición por el atajo. El gusto por el secreto. La tentación de tratar al país como audiencia, no como ciudadanía. Se gobierna como se tuitea: se instala una versión, se mide la reacción, se corrige el ángulo, se culpa al teclado.

La pregunta final es simple. Si en un tema de este calibre el gobierno fue incapaz de decir la verdad completa desde el inicio, ¿por qué deberíamos creerle en todo lo demás? Y si su respuesta vuelve a ser un “tipeo”, quizá no estemos ante un accidente. Quizá estemos ante el estilo de una era. Una era para el olvido.

Notas relacionadas