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Caos épico

Si los lectores de esta revista ya están perdiendo la cuenta del número de guerras y amenazas de guerra que parecen estar sucediendo todas al mismo tiempo en los últimos meses… el sentimiento es compartido. Si cada vez hay menos capacidad para seguir el noticiero, también es entendible. El mundo gira, más que nunca, a ritmo frenético. Vivimos en un tenso reality show geopolítico, donde el hábil protagonista cautiva la atención de todos, y aparece —queramos o no— permanentemente en nuestras pantallas.

En la última década, se había vuelto un lugar común decir que la superpotencia estaba alicaída ante el avance chino, y que nos dirigíamos a un mundo bipolar. Pues bien, Trump se propuso enterrar la idea de otra guerra fría, transformando a su país en el “más caliente que jamás ha existido”, recuperando por las malas el poderío perdido.

Inició su segundo mandato con una guerra comercial contra el mundo entero, tirando todos los tratados de libre comercio (incluyendo ciertamente aquel con Chile) a la basura. Dispuesto a todo para mantener vigente esta brutal medida, hoy desafía incluso a la Corte Suprema estadounidense, que la declaró ilegal y que ordenó restituir los aranceles ilegalmente cobrados a los estadounidenses. El libre comercio, paradigma característico de Estados Unidos en la era moderna, ha sido transformado entonces en un arma para poner en la sien de otras naciones. Con tono imperial, y rodeado de mampostería dorada, Trump declara sin tapujos: “Puedo destruir el intercambio, exterminar otro país, imponer un embargo que aniquile… ¡Puedo hacer lo que quiera!”, mientras las demás naciones hacemos fila para concertar reuniones donde debemos sonreír, ofrecer regalos, y rogar por un poco de clemencia.

Trump decidió cumplir su promesa de expulsar migrantes. Pero sabiendo que no podría hacerlo más que en pequeñas cantidades (o la industria de la construcción o de la agricultura se desmoronarían), decidió hacerlo de manera espectacularmente cruel, en redadas que alcanzan en cualquier momento no sólo a turistas con visados correctos, sino ciudadanos estadounidenses o extranjeros residentes legales que son singularizados simplemente por su aspecto físico o por hablar otro idioma. Las estadísticas muestran una caída del turismo tan espectacular que tomará décadas reparar el daño económico y reputacional causado.

Por otra parte, la promesa electoral de no involucrar a Estados Unidos en guerras quedo atrás. Trump ha amenazado constantemente con el quiebre de la OTAN para robarle Groenlandia a Dinamarca, con la anexión de Canadá, con la invasión de México y Colombia, con la violación de la soberanía de Panamá para quitarle su canal interoceánico, y con la toma de la empobrecida Cuba (probablemente el último ítem de su lista, ya que no ofrece ganancias económicas inmediatas, en medio de una pavorosa crisis humanitaria).

Al mismo tiempo, las intervenciones militares de su primer año de su segunda administración son múltiples y ninguna ha contado con la aprobación del Congreso. Así ha sucedido en Siria, Yemen, Somalia e Irak, y en las tres más importantes: Nigeria (supuestamente para combatir un genocidio cristiano, que no corresponde en absoluto a la situación de ese país); Venezuela (inicialmente para detener el tráfico de fentanilo, droga que ni se produce ni se exporta desde ese país), y finalmente en Irán porque era supuestamente una amenaza inminente para los intereses estadounidenses por su enriquecimiento de uranio… aunque la evidencia indica que la capacidad nuclear de Irán ya fue eliminada en un ataque previo.

Estas intervenciones, así como su rol en los conflictos en Ucrania y en Gaza, más la represión que implantó en estados demócratas como Minnesota, y sus fuertes conflictos con universidades de su país han dejado en claro, en los hechos, que el diálogo, la diplomacia, la democracia, la ciencia o los derechos civiles de la población local no son lo suyo. Para Trump todo el derecho (tanto nacional como internacional) es papel picado. Lo que vale es la ventaja material, el poder desnudo.

Ahora bien, considerar todo esto como simples capítulos de un reality importado, que no guarda relevancia para nuestra esquina del mundo, sería un errorazo. De acuerdo a la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, documento oficial del gobierno norteamericano, Estados Unidos hará todo para recuperar su sitial de absoluta supremacía en lo que llaman “su hemisferio”: es decir, nuestra región. Esto incluye acciones dirigidas a excluir a otros actores, como China y Europa: ambos son considerados ahora como adversarios.

Por lo tanto, el dilema para los países de medianos y pequeños es real e inmediato, sobre todo para aquellos de economía abierta y necesitados de inversión extranjera, como nosotros. Y estamos teniendo un brusco despertar: o se hace lo que EE.UU. dice (cancelar un cable interoceánico en el caso de Chile o impedir que empresas chinas entren al mercado 5G en el caso de Costa Rica), o habrá sanciones. Hoy el castigo por no hacer lo que Estados Unidos dice es simbólico —unas cancelaciones de visas por aquí o por allá—, pero mañana puede ser mucho más grave. Las armas de Estados Unidos, en sentido literal y figurado, son múltiples y ya están sobre la mesa.

Navegar la tormenta que emerge del quiebre de reglas básicas que impulsa el gigante, y las presiones que ya emergen también de otros actores, es extremadamente difícil. Un salvavidas ciertamente pueden ser los buenos aliados históricos, dispuestos a dar una mano si se necesita. Pero siempre serán clave la consistencia propia —el ancla de los principios— y, por cierto, la calidad y unidad de la tripulación a cargo de nuestro bote.

El caos épico está desatado. Preparémonos, como país, para sobrevivir en él.

Navegar la tormenta que emerge del quiebre de reglas básicas que impulsa el gigante, y las presiones que ya emergen también de otros actores, es extremadamente difícil. Un salvavidas ciertamente pueden ser los buenos aliados históricos, dispuestos a dar una mano si se necesita. Pero siempre serán clave la consistencia propia —el ancla de los principios— y, por cierto, la calidad y unidad de la tripulación a cargo de nuestro bote.

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Desde el punto de vista de la nueva izquierda en que fue criado, Boric fue desde el primer día una decepción. No era del pueblo, ni jugaba del todo a serlo. No era insolente y tampoco jugaba a serlo. No era un rebelde, y su vistosa falta de corbata no engañaba a nadie. Cuando asumió, hace cuatro años, ya parecía lo que es y lo que fue: un estudiante deseoso de aprender. Un poco torpe, pero finalmente bien intencionado. El presidente moviendo las manos, poniéndolas en el corazón, guiñando el ojo a los amigos presentes en la sala el 11 de marzo del 2022 ya revelaba quizás algo de su debilidad esencial. Ese lenguaje de campamento universitario en el Congreso pleno de la República fue un resumen y una señal del delirio de pureza que emborrachó a su generación.

Rafael Gumucio

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Si los lectores de esta revista ya están perdiendo la cuenta del número de guerras y amenazas de guerra que parecen estar sucediendo todas al mismo tiempo en los últimos meses... el sentimiento es compartido. Si cada vez hay menos capacidad para seguir el noticiero, también es entendible. El mundo gira, más que nunca, a ritmo frenético. Vivimos en un tenso reality show geopolítico, donde el hábil protagonista cautiva la atención de todos, y aparece —queramos o no— permanentemente en nuestras pantallas.

Foto del Columnista Paz Zárate Paz Zárate