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Boric y Kast: las caras de un mismo espejo

Lo que Kast parece no advertir es que, mientras más intenta diferenciarse de su antecesor, más confirma que el molde es el mismo. Estamos ante una simetría disruptiva: ambos líderes parecen renunciar, al menos de manera inicial, a la transversalidad, y han optado por abrazar la estética de la trinchera.

No será sencillo dejar de lado la figura de Gabriel Boric mientras José Antonio Kast gobierna. Esta dificultad no radica únicamente en la distancia ideológica que separa sus programas, ni en la memoria fresca de sus enfrentamientos electorales; radica, fundamentalmente, en que ambos son las caras contrapuestas de un mismo espejo. Chile ha transitado de un solipsismo progresista a uno conservador, revelando una clase política que ha sustituido la gestión de la complejidad por la instalación de banderas culturales e hitos denominados “históricos”.

El hálito refundacional —esa creencia de que la historia comienza con su grupo— está instalado en el espíritu de ambas administraciones. Si la Administración Boric buscó, con un voluntarismo ciego en su etapa inicial, rediseñar el modelo de desarrollo chileno y “humanizar” las dinámicas del poder a través de la simbología identitaria, el gobierno de Kast opera bajo la misma lógica, pero de signo inverso. Mientras Boric pobló el Ejecutivo con las identidades más duras de su coalición, Kast ha respondido con una política de shock que busca proyectar un corte violento con el pasado inmediato, y bañando de su visión ideológica de sociedad desde el primer día.

Sin embargo, lo que Kast parece no advertir es que, mientras más intenta diferenciarse de su antecesor, más confirma que el molde es el mismo. Estamos ante una simetría disruptiva: ambos líderes parecen renunciar, al menos de manera inicial, a la transversalidad, y han optado por abrazar la estética de la trinchera. 

Es un error común pensar que la “política de las identidades” es patrimonio exclusivo de la izquierda progresista, tal vez, lo analizamos desde ese lugar por nuestro pasado reciente. Sin embargo, Kast -así como otros líderes globales cercanos a él- han inaugurado en Chile una identidad reactiva. Sus acciones no son meramente administrativas; son actos de afirmación para su núcleo duro. El retiro de oficios sobre protección ambiental y la firma de decretos a horas de asumir no han respondido sólo a su Programa de Gobierno, o darle base al Gobierno de Emergencia, sino al deseo de desmantelar lo hecho por el bando contrario. Tiene la idea del ejercicio del poder como un rito de purificación, asistimos por estos días a un nuevo Bautismo del Estado chileno, el cual ya vivimos con Boric.

El recorte presupuestario profundo, ejecutado con una celeridad, no busca solo la eficiencia fiscal, sino que comunica una jerarquía de valores: es la poda de lo que su base considera “grasa del Estado” u otros. Aquí, la austeridad deja de ser una técnica contable para convertirse en una seña de identidad conservadora. Al igual que Boric buscó hitos que hablaran a su generación, Kast busca hitos que hablen a la nostalgia del orden y la autoridad, convirtiendo la “dureza” en su principal producto de exportación interna.

Algo observamos en el anterior periodo y es que este fenómeno se extiende a la política exterior. Las visitas de Kast a líderes que comparten su sensibilidad —en una suerte internacional de la nueva derecha— espejan los gestos de Boric hacia el progresismo latinoamericano, criticado, dicho sea de paso, por actores de la nueva administración. Ambos buscan validación externa para fortalecer su posición interna, recordándoles a sus leales que forman parte de una gesta que trasciende las fronteras. Lo riesgoso de esto, es que los lideres internacionales regularmente son más radicales que los chilenos, teniendo como resultado una suerte de encajonamiento de los nuestros. Asimismo, ha derivado que las relaciones internacionales sean abordadas como política doméstica.

Esta dinámica se ve reforzada por una retórica de diferenciación que ha buscado desde su génesis la recién inaugurada administración. Kast no solo gobierna; contrapone. Cada discurso es una exégesis de por qué su administración es la antípoda de la anterior. Sin embargo, al convertir a Boric en el fantasma permanente de su retórica, le otorga una vigencia artificial. Se produce una especie de codependencia oposicional: el gobierno actual necesita la sombra del anterior para justificarse.

La política de la identidad, que en Boric tuvo como respuesta la polarización del debate público, encuentra en Kast una nueva fase del mismo fenómeno. Si Boric gobernó para los “convencidos” de la transformación, Kast lo hace para los “convencidos” de la restauración del orden. Ambos han sacrificado la transversalidad en el altar de la pureza identitaria.

El resultado es un Chile atrapado en un juego donde la gestión se vuelve accesoria frente a la victoria simbólica. Mientras el país requiere de una visión de largo aliento que supere el cuatrienio, la política se estanca en esta visión binaria. La “dureza” de hoy es la respuesta a la “identidad” de ayer, en una suerte de revanchismo, que si no logramos romper seguiremos profundizando nuestros niveles de polarización. Este es el primer riesgo. El segundo es para el presidente Kast, quien, si insiste en retóricas y comportamientos de identidades, podría quedar reducido a grupos no mayoritarios, tal como ocurrió con el expresidente Boric.

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Foto del Columnista Ignacio Imas Arenas Ignacio Imas Arenas