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No creen en la democracia

No les incomoda la violencia cuando sirve a sus propósitos. No les molesta que se intente desestabilizar a un gobierno recién asumido. No les preocupa desconocer el mandato ciudadano. La democracia, para ellos, es válida sólo cuando ganan, porque cuando ganan viven del fisco.

Ni seis horas habían pasado y los delincuentes de siempre -que curiosamente poco y nada se vieron en las calles entre 2022 y 2026- ya estaban destruyendo y apedreando el pasado 11 de marzo, apenas iniciado el gobierno de José Antonio Kast.

Catorce días. Sólo catorce pasaron para que la senadora socialista Daniella Cicardini pidiera la renuncia del ministro de Hacienda, Jorge Quiróz. Al menos esperó un poco más que Guillermo Teillier, que el 19 de octubre de 2019 se tomó apenas 12 horas para exigir la salida del presidente Sebastián Piñera.

Catorce días. Sólo catorce días bastaron para que estudiantes -escolares y universitarios- retomaran el libreto de siempre. Saltarse los torniquetes, atacar a Carabineros, interrumpir el tránsito, levantar barricadas, bloquear calles, destruir infraestructura pública y privada. Nada nuevo. Todo conocido. Todo tolerado. Son los mismos que amenazan con “rodear” instituciones. Los mismos que funan, insultan, amenazan.

Mientras algunos juegan a la revolución, otros pagan el costo. La trabajadora que demora el doble en llegar a su casa. El comerciante que ve caer sus ventas porque la calle fue tomada. El conductor atrapado en un taco eterno. Siempre los mismos perjudicados. Siempre los mismos invisibles.

Dejemos de fingir sorpresa. Todos sabemos qué sector político les da sustento ideológico y doctrinario. Llevamos años mirando para el lado, relativizando, justificando, explicando lo inexplicable. Cuando a fines de 2024 más de treinta alumnos del INBA terminaron gravemente heridos manipulando artefactos incendiarios, supimos -y luego olvidamos- que había adultos organizando, guiando, empujando.

Lo mismo con los overoles blancos. Testimonios sobran. Adultos infiltrados. Operadores. Gente que no protesta, sino que dirige. Son los mismos de octubre de 2019. Los mismos que convirtieron Plaza Baquedano en un símbolo de destrucción. Los mismos que hoy reaparecen, como si nada, con la misma violencia y la misma impunidad.

No es rabia espontánea. No es desorden ocasional. Es una práctica. Es una forma de hacer política que estuvo agazapada estos últimos cuatro años. Tal vez porque sus ejecutores, qué coincidencia, agarraron un puesto en el Estado.

No les incomoda la violencia cuando sirve a sus propósitos. No les molesta que se intente desestabilizar a un gobierno recién asumido. No les preocupa desconocer el mandato ciudadano. La democracia, para ellos, es válida sólo cuando ganan, porque cuando ganan viven del fisco.

Entonces, cuando pierden, relativizan la democracia. La erosionan. La empujan hasta el límite.

No es indignación. Es conveniencia.

No es convicción democrática. Es cálculo de la más baja estofa.

Y por eso el problema no es sólo el desorden en las calles. El problema es más profundo. Es político. Es cultural. Es una izquierda que, cada vez que no logra imponerse en las urnas, recurre a la presión, a la violencia o a la deslegitimación del resultado.

No creen en la democracia como un sistema que se respeta siempre. Creen en la democracia como una herramienta que se usa cuando conviene.

Y cuando no les sirve, simplemente la dejan de lado.

Hay que estar atentos a las justificaciones que escucharemos este domingo, cuando, con la excusa de la denominada conmemoración del Joven Combatiente vuelvan a destruir la ciudad. Veamos qué inventan para esconder su desprecio por la democracia.

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No les incomoda la violencia cuando sirve a sus propósitos. No les molesta que se intente desestabilizar a un gobierno recién asumido. No les preocupa desconocer el mandato ciudadano. La democracia, para ellos, es válida sólo cuando ganan, porque cuando ganan viven del fisco.

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