Hace unos días estuve en Colombia conversando con un grupo de mujeres líderes, gerentas y empresarias de distintos sectores. En medio de la conversación, alguien dijo una frase que se me quedó dando vueltas: “En Latinoamérica siempre nos dijeron que primero había que arreglar el país para poder emprender.”
Durante décadas ese fue el foco dominante. Que para innovar primero se necesitaba estabilidad. Que para crear empresas primero había que resolver los problemas estructurales. Que el emprendimiento vendría después. Pero lo que vi en esa sala, y lo que vengo observando hace años en distintos países de la región, parece contar otra historia. Algo está cambiando en el espíritu emprendedor latinoamericano con fuerza.
Cada vez más emprendedores en países como Colombia, México, Perú o Chile están partiendo desde una convicción distinta: que no necesitamos esperar las condiciones perfectas para crear. Que la innovación no llega después del desarrollo, sino que muchas veces es lo que lo empuja. Es un cambio cultural silencioso, pero profundo.
Durante mucho tiempo Latinoamérica miró hacia afuera para entender cómo emprender. Silicon Valley fue el modelo aspiracional de toda una generación: capital abundante, ecosistemas sofisticados, universidades conectadas con la industria y un entorno diseñado para que las ideas se transformaran en empresas. Pero nuestro punto de partida es distinto. Y quizás ahí está justamente nuestra mayor ventaja.
Latinoamérica emprende desde la escasez, no desde la abundancia. Desde problemas concretos que resolver, desde mercados imperfectos, desde instituciones que muchas veces no funcionan como deberían. Esa realidad, que tantas veces se ha visto como una limitación, también está produciendo algo interesante: emprendedores extremadamente resilientes, creativos y orientados a soluciones reales.
Mientras en otros lugares del mundo la innovación muchas veces nace desde la tecnología, en nuestra región suele nacer desde la necesidad. Y eso está generando un tipo de empresa distinta. Empresas que nacen pensando en impacto social, en resolver brechas estructurales, en mejorar sistemas que no funcionan bien. Empresas que no necesariamente parten con grandes rondas de inversión, pero sí con una comprensión profunda de los problemas que viven millones de personas en la región.
Tal vez por eso muchos de los proyectos más interesantes que están emergiendo hoy en Latinoamérica están vinculados a educación, salud, inclusión financiera, tecnología aplicada o sostenibilidad. No es casualidad, porque son justamente los lugares donde más necesitamos innovar.
A veces en Chile tendemos a mirar nuestro ecosistema emprendedor con demasiada severidad. Nos comparamos con mercados más grandes o más sofisticados y sentimos que siempre vamos un paso atrás. Pero cuando uno levanta la mirada y observa lo que está ocurriendo a nivel regional, aparece otra perspectiva.
Latinoamérica se está convirtiendo, poco a poco, en un laboratorio de innovación muy particular, donde el emprendimiento no surge desde la comodidad, sino desde el desafío. Y quizás ahí está la clave, porque al final del día, emprender siempre ha sido una forma de imaginar futuros distintos. Y cada vez más emprendedores latinoamericanos están empezando a creer que esos futuros también se pueden construir desde aquí.