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Cuando el propósito se vuelve ventaja

El propósito no es marketing. No es un eslogan atractivo ni una memoria anual bien diseñada. El propósito real incomoda, obliga a tomar decisiones difíciles y atraviesa toda la organización. Se expresa en cómo se produce, cómo se trata a las personas, cómo se toman las decisiones y cómo se mide el éxito.

Durante mucho tiempo, hablar de propósito en las empresas fue visto como algo aspiracional: deseable, incluso inspirador, pero secundario frente a las “verdaderas” prioridades del negocio como crecer, escalar o competir. Hoy, esa separación empieza a quedar obsoleta, No por romanticismo, sino por realidad.

En un contexto marcado por la incertidumbre económica, social, climática y tecnológica, el propósito dejó de ser un discurso para transformarse en una ventaja concreta. Las empresas que integran el impacto en su forma de hacer negocios no sólo conectan mejor con la sociedad: están mejor preparadas para adaptarse, resistir y proyectarse en el tiempo.

La contingencia lo ha acelerado todo. Consumidores más informados y exigentes (un 81% de las personas dejó de comprar a una empresa porque no confiaba en ella, según el Estudio de Confianza 2025 de PwC Chile, UDP y ACHS); trabajadores que buscan sentido en lo que hacen (un 65% considera que el equilibrio entre la vida laboral y personal es un factor más relevante que su salario, mientras que en las generaciones más jóvenes aumenta la necesidad de bienestar y sentido de pertenencia, según el Barómetro de Preferencia del Trabajador Corporativo 2025 elaborado por JLL). También las comunidades demandan coherencia (un 57% de las personas asegura que es más probable que confíe en empresas cuyas acciones se alineen con sus valores, según el mismo estudio de confianza) y en todo el mundo ya no se toleran modelos sin límites. En ese escenario, hacer las cosas bien dejó de ser solo una opción ética y pasó a ser también una decisión estratégica.

Pero conviene decirlo con claridad: el propósito no es marketing. No es un eslogan atractivo ni una memoria anual bien diseñada. El propósito real incomoda, obliga a tomar decisiones difíciles y atraviesa toda la organización. Se expresa en cómo se produce, cómo se trata a las personas, cómo se toman las decisiones y cómo se mide el éxito.

Cuando el propósito es genuino, ordena. Ayuda a priorizar, a decidir qué sí y qué no, y a sostener el rumbo incluso cuando el contexto se vuelve adverso. Esa claridad, en tiempos inciertos, es una ventaja competitiva difícil de imitar. Basta mirar lo que ocurre hoy en industrias tensionadas por la crisis climática o por disrupciones tecnológicas: las empresas que reaccionan mejor no son necesariamente las más grandes, sino las que tienen claro para qué existen y a quién sirven.

En Chile lo estamos viendo cada vez con más fuerza. Emprendimientos y empresas que nacen desde una pregunta distinta: no sólo qué problema del mercado resolver, sino qué problema del mundo vale la pena abordar. Innovación en economía circular, energías limpias, educación, diseño con identidad local y tecnología al servicio de las personas. No como nicho, sino como modelo de desarrollo, muchas veces desde regiones y con fuerte vínculo territorial.

A nivel global, esta mirada también se consolida. Hoy, grandes fondos de inversión, cadenas de suministro y mercados internacionales están incorporando criterios ambientales y sociales como indicadores de sostenibilidad futura y gestión de riesgo. Esto es más que reputación, es continuidad del negocio. Las empresas que no lo entiendan quedarán fuera de la conversación ética y también de la económica.

Cuando el propósito se vuelve ventaja, ganan las empresas, pero también gana el país. Porque emprender con sentido no es solo una decisión individual: es una apuesta colectiva por el futuro que queremos construir.

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