En 2019, Jeffrey Epstein se ahorcó en una cárcel de Manhattan. Catorce años después de las primeras investigaciones sobre sus crímenes de pedofilia, puso fin a su vida mientras esperaba un juicio por prostitución y tráfico sexual de menores. Pero su muerte no cerró la investigación sobre la red internacional de explotación sexual que creó, cuyas víctimas —más de 1000 niñas vulnerables, algunas de sólo 14 años—, fueron reclutadas y abusadas en varios países bajo pretexto de brindarles apoyo para sus carreras o ayudarlas a ganar un dinero extra trabajando como “masajistas”.
El prontuario de este proxeneta millonario supera por lejos a los lobos de Wall Street ¿Cómo llegó a tanto? Hijo de un modesto jardinero municipal, fue un chico bueno para las matemáticas que no terminó estudios universitarios, pero que logró de igual modo trabajar como profesor en un exclusivo colegio neoyorquino. La recomendación de un apoderado lo ayudó a saltar a Wall Street, donde mintió sobre su currículum a fin de poder gestionar el patrimonio de ultrarricos. En poco tiempo amasó gran fortuna y propiedades palaciegas, incluyendo una mansión de siete pisos en el Upper East Side y una isla caribeña, centro neurálgico de sus crímenes. Su habilidad para moverse como un aristócrata entre lo más granado de la élite global fue central en su ascenso.
Millones de documentos vinculados al caso, publicados recientemente por el Departamento de Justicia de EE.UU., debido a la presión de las víctimas, revelan las conexiones de Epstein con los círculos de poder más altos del mundo. Aunque la mitad del material permanece aun sin publicar, ya se sabe que su lista de amigos incluía a Donald y Melania Trump, Bill Clinton, Bill Gates, Elon Musk, Steve Bannon, Ehud Barak, Noam Chomsky, Stephen Hawking, Larry Summers, Richard Branson, Woody Allen, Deepak Chopra, el príncipe Andrés y su ex Sarah Ferguson, el príncipe heredero Mohammed bin Salman de Arabia Saudita, la princesa heredera Mette-Marit de Noruega, y muchos otros poderosos del mundo de Davos, Silicon Valley, Hollywood y las universidades Ivy League.
Epstein fue un criminal peculiar. Conseguía acceder a personalidades infranqueables, que al parecer tenían todo, y pronto se convertía en su amigo ideal o el pariente que hubieran querido tener. Seducía ofreciendo justo lo que necesitaban: empatía, regalos lujosos, préstamos, donaciones, disposición a asesorar en finanzas o en cualquier tema de vida privada, desde flirteos hasta admisiones universitarias o pasantías de hijos, viajes en aviones privados, y por supuesto, drogas y sexo en refugios discretos, usando mujeres y niñas como moneda de cambio en sus transacciones. Cuidaba con esmero de cada relación y hacía de ellas peldaños: fuentes de dinero, información y nuevos contactos para seguir escalando.
Por supuesto, todos los influyentes amigos de Epstein hoy declaran que mientras mantuvieron contacto, desconocían su conducta delictiva. Pero la evidencia dice otra cosa. Si bien no todos participaron de orgías con menores, todos sabían que Epstein traficaba influencias, varios sospechaban del origen de su fortuna.
El tiempo corre en contra de las víctimas de Epstein, y reduce la posibilidad de que cómplices y encubridores asuman responsabilidades. La revelación de todos los archivos sería ciertamente un paso hacia la justicia, que hasta hoy ha resultado escasa en EEUU, pues sólo su ex pareja y socia Ghislaine Maxwell cumple condena.
Pero, en cualquier caso, como el grupo que trataba diariamente con Epstein era mucho más amplio que aquel de los depredadores sexuales, la percepción de las élites queda por el suelo. Después de que se convirtiera en un delincuente sexual convicto en 2008, más de una década antes de su suicidio, este grupo amplio lo protegió. Y por eso, en países distintos a EEUU, el caso está afectando de modo importante a la élite.
En el Reino Unido, el Rey Carlos expresó apoyo a las víctimas e instituciones de justicia y despojó a su hermano Andrés de todos sus títulos, para que sea tratado como cualquier ciudadano, comenzando por su arresto. El golpe a la realeza, sin embargo, es tan grande, que se plantea la idea de la abdicación de Carlos en favor de su hijo como forma de dar vuelta la página. Sucede que Virginia Giuffré, una de las niñas que Epstein procuró a Andrés para que fuera abusada, lo denunció ante la justicia, escribió un libro con los detalles, y terminó suicidándose. Al mismo tiempo, el entonces príncipe Andrés trabajó por una década como diplomático, en la oficina británica de Comercio, rol desde el cual habría pasado información reservada a Epstein. El primer ministro Starmer está también contra las cuerdas por haber nombrado embajador en Washington al mejor amigo de Epstein: Peter Mandelson, quien —al parecer— también filtraba información confidencial.
Está claro que seguiremos hablando del caso Epstein y sus ramificaciones por largo tiempo, pero ojalá podamos decir algún día que sus víctimas recibieron la justicia y reparación debidas.