Hace unas semanas tuve el gusto de presentar el libro Mauricio y Clara, de la joven historiadora Gabriela Huidobro, que relata el amor entre el pintor alemán Mauricio Rugendas y Clara Álvarez Condarco, hija de un argentino cercano a San Martín, exiliado en Valparaíso. Rugendas había llegado a Chile en 1834 después de recorrer Brasil, Panamá, Haití, México, Bolivia,Perú y Argentina. Se hizo una reputación en su primer viaje tras publicar en París Viaje pintoresco por Brasil, con ilustraciones de sus paisajes, costumbres, fauna y flora. Su trayectoria le permitió convivir con las elites sociales y políticas de las nacientes repúblicas de América Latina. Estuvo ocho años en nuestra patria y dejó una valiosa obra pictórica.
Su vida ha sido vastamente documentada. Tenemos sus retratos, sabemos de su inspiración en Alexander Humbolt y sus viajes, su amistad con Andrés Bello, Isidora Zegers y Claudio Gay. Y sabemos también de sus amores, ambos imposibles – propios del romanticismo de la época- por las cartas que guardó de sus amadas.
De Carmen Arriagada y de Clara Álvarez Condarco no sabríamos nada si no fuera por esa correspondencia. Carmen se había casado a los 18 años con un militar prusiano que se incorporó al ejército chileno y vivía en Talca. Es probable que haya conocido a Rugendas a través de su marido, ya que ambos compartían idioma y cultura. Las cartas de Carmen muestran a una mujer que sabía filosofía y arte, que estaba involucrada en la política y a la que le preocupaba la condición de las mujeres. Impulsó la creación del primer diario y del primer teatro talquino. No tenía hijos, dedicaba su tiempo a leer, podía hacerlo en francés e inglés, estaba al tanto de las noticias y la literatura europea, tenía un pensamiento liberal y era crítica de Portales y del régimen conservador que se había instaurado después de la guerra civil de 1830.
El caso de Clara es también el de una mujer preparada, culta e inquieta. Su padre había participado en la preparación del paso del Ejército Libertador por la Cordillera de Los Andes. Cruzó la cordillera previamente para trazar el recorrido. Su madre era inglesa y Clara llegó a Valparaíso siendo una niña. Conoció a Rugendas a los dieciséis años y se enamoraron a pesar de una gran diferencia de edad, lo que los llevó a tener un noviazgo muy difícil, a través de cartas. El libro en referencia está hecho sobre la base de esta correspondencia, la de ambos. Mientras Rugendas vivía en pensiones, el hogar de Clara era centro de tertulias en las que ella compartía con personajes como Mariano Egaña y Domingo Faustino Sarmiento y en las cuales también participaba el pintor, hasta que fue vetado por la relación con la joven.
Clara hablaba inglés y francés, traducía libros y artículos provenientes de Europa firmando con seudónimo para El Mercurio, fundado en 1827. Ayudaba también en la redacción de avisos, reportajes y noticias internacionales. Incluso se aventuró a escribir su propio ensayo abogando por la educación de las mujeres. La fuerte oposición a la relación de Clara con Rugendas hizo que ese amor no tuviera destino en esa época y él decidió irse de Chile en 1842. Clara murió soltera a los cuarenta años. Al parecer, Rugendas se casó un año antes de morir en 1858.
La vida de Rugendas en Chile visibilizó a dos grandes mujeres, que solo han sido reconocidas porque amaron a un hombre notable. ¡Cuántas mujeres talentosas e influyentes han permanecido invisibles en el recuento de la historia humana!
Es cierto que estamos en otra época. Las luchas feministas y el avance en el reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos han hecho su trabajo. Sin embargo, aún permanece invisible la realidad de muchas mujeres, entre ellas la de las mujeres jóvenes, en especial las más pobres.
¿Sabía usted que un 25% de las mujeres jóvenes está desempleada? No son visibles, al menos para las políticas públicas.