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Chicas malas

Esta es una historia sobre las pérdidas y el paso del tiempo, pero desde un ángulo que no es, precisamente, el lamento. Una historia sobre el mejor álbum de Madonna en los últimos 20 años y sobre el libro que reivindicó a Eve Babitz y del que todo el mundo está hablando hoy.

Esto es lo que dicen, lo que está grabado en cemento: las chicas malas terminan mal. Aunque a veces terminan peor las supuestamente buenas que no lograron nada, partiendo por no conectarse con ellas mismas (“pobrecitas”). Pero esto no es acerca de chicas buenas.

Partamos por lo importante: el nuevo álbum de Madonna.

Confessions II es, ante todo, una segunda parte que amplía esa obra maestra prodisco que es Confessions on a Dance Floor. Solo esta apuesta basta para sacarse el sombrero. Madonna, con casi 68 años, vuelve a las pistas (“literalmente, galla”) y no solo produce su mejor álbum en veinte años sino que en pleno Mundial (“y con el apoyo de Grindr”) triunfa como hace tiempo no lo hacía. En todos los frentes: rankings, Spotify y ventas. A eso se suma algo que pocos artistas de un tiempo a esta parte logran: se cuela, agita y, luego, modifica la cultura. Porque si bien el disco es una letanía acerca de la tercera edad, las pérdidas y el paso del tiempo, lo es desde otro ángulo que no es el del lamento. Madonna decide bailar y el disco no para, como si un DJ con molly (en MDMA, o sea en éxtasis) pusiera un tema tras otro.

No son dieciséis canciones: es un solo tema, una sola noche de baile. “That’s why I like to go dancing; safety in numbers” (“por eso me gusta ir a bailar: hay seguridad en el grupo”), confiesa, y tiene un punto: hay algo reconfortante en el anonimato de las multitudes en una pista de baile. En Danceteria repleta los versos con nombres de quienes aún están y de todos los que ya no están (“Los muertos”, de Joyce, con ritmo), como Keith Haring y Basquiat transformando el cameo en ritmo, o al revés. De paso, escribe un hermoso cuento sobre una chica ambiciosa en los 80. “Meet this boy named Martin Burgoyne / He’s my best friend, he’s my boytoy” (“conoce a este chico llamado Martin Burgoyne/ Es mi mejor amigo, mi juguete sexual”).

Lo subversivo en este álbum de esta mujer grande (como dirían los argentinos) es que no intenta aceptar lo que se supone que debe hacer una mujer de cierta edad. Miro a tanta gente de 68 y pienso: ¿qué es la edad realmente?. Madonna siempre ha estirado la cuerda, ha puesto todo y a todos en duda. “It’s not what I say, it’s not what I do. It’s how my body language talks to you. I just want to lose myself in the groove” (“no es lo que digo, no es lo que hago, es como mi cuerpo te habla. Solo quiero perderme en el ritmo”), citando sin pie de página su tema de esa cinta cumbre Desesperadamente buscando a Susana. Sigue: “Get over here. Everybody get up and dance. (Ah-ah-ah-ah-ah-ah-ah-ah). Everybody here is a work of art” (“vengan aquí, levántense y bailen. Todos quienes están acá son una obra de arte”).
Lindo eso: mira atrás sin ira y, en vez de apostar por la nostalgia, mitifica lo que es más importante y disfruta. Mal que mal: esta es la mujer que cantó Live to Tell. De eso se trata. Las chicas malas son las que tienen cosas que contar y, de paso, se atreven a contarlas.

Pero, de pronto, también todo es Eve Babitz. Todos la comentan, la están leyendo. Y, por error quizás, acaso cometido en la Feria del Libro de Frankfurt entre estupefacientes y gin caro, está siendo traducida y ya varios libros suyos se encuentran en librerías. Babitz es pura voz y, cuando ella misma no estaba drogada y además contaba con una editora cerca, fue autora de un par de libros notables acerca de los 70, de California, de la revolución sexual, de Hollywood y groupies y bandas de rock y actores y piscinas. Es el equivalente en prosa a David Hockney (un gigante que se fue en pleno verano boreal).

Lo fascinante del caso de Eve Babitz es que, de alguna manera, también es el invento de otra chica maldadosa llamada Lili Anolik que, según confiesa, “le gusta escuchar, mirar, observar”. Anolik partió como novelista, pero rápidamente se arrepintió. Pensó que había otras historias que relatar y reconoció que el pelambre, el cotilleo, la antropología literaria, era un arte subvalorado. Amaba las biografías orales, y eso fue justamente lo que hizo para Esquire acerca de Bennington College donde, en 1982 y 1983, un par de cracks de la literatura norteamericana estudiaron lejos de todo (entre ellos, Bret Easton Ellis y Donna Tartt). Anolik transformó la historia oral en un podcast jugoso. Eso fue el comienzo: reporteando, olfateando, mirando librerías de viejos, se topó con una escritora “que ya había sido”, que había pasado de moda, que nunca obtuvo un premio ni fue éxito de ventas, pero que narraba en una primera persona franca y despreocupada acerca de su cuerpo, sus chicos, sus tragos, drogas y resacas. Anolik quedó fascinada.

Cuando conoció a Babitz (ya estaba mal, pobre, con el cuerpo quemado por un incendio ligado a un cigarrillo, empezando una enfermedad llamada Huntington), no solo decidió escribir de ella, sino obsesionarse con ella. Su crónica en Vanity Fair no fue inocente: la meta era reivindicar a Babitz. Es decir, pisar a todas “esas chicas buenas y aburridas” y devolverla al lugar que, en rigor, nunca tuvo. Porque Eve Babitz, que era puras curvas y posó desnuda junto a Duchamp, además de escritora fue una suerte de it girl que se codeó (y acostó sin culpa) con productores de cine, actores y hasta Jim Morrison. Anolik logró su objetivo y, poco a poco, antes de morir, Babitz regresó a las librerías con títulos como Yo era un encanto (con un gran prólogo de Rodrigo Fresán) y El otro Hollywood, además de la gloriosa Días lentos, malas compañías.

Pero la vida tiene sus vueltas y lo que Anolik solo insinuó en su estupenda biografía Hollywood’s Eve se volvió realidad al morir Eve Babitz. Dentro de su departamento infecto, la hermana de Babitz encontró unas cajas con cartas. Cartas no enviadas. Muchas a Joan Didion, supuesta amiga (o “frenemy”), compañera de generación y casi vecina en la etapa hollywoodense, por ahí por fines de los 60 y comienzo de los 70. Eve supura odio, veneno y una mirada quizás certera hacia la hoy canonizada Didion: para Babitz el feminismo de Didion era un poco una pose; deseaba ser aceptada por los hombres y ser la “única chica del club de Toby”. Eve le encara: “¿Si no fueras tan pequeña, crees que te dejarían entrar?”. La obra de Babitz, y la propia Babitz, fue relegada por su cuerpo, por su gusto en probar hombres creativos y por no venderse como una santa.

Anolik se da cuenta de que había escrito la biografía sin toda la información. Su admiración por Joan Didion muta y su fascinación por Babitz crece. Entiende que una depende de la otra, que son caras distintas de la misma moneda. Didion se hizo célebre escribiendo de forma distanciada lo que la Babitz vivió en carne propia. Anolik lo tiene claro: las chicas buenas son apreciadas antes y ser una chica mala tiene sus riesgos; se paga un precio y no siempre por parte de los hombres. Tener talento y un cuerpo-para-el-pecado parece ser la receta perfecta para no ser tomada en serio.

Didion y Babitz, de Lily Anolik (la portada lo dice todo) lo termino al son de Confessions II.

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La doctora en Filosofía es una de las voces a las que recurren los medios de comunicación para nombrar lo que otros prefieren obviar: suyos son los conceptos de “asonada” —para el estallido social—“lumpenfascismo” y “narcofascismo”, acuñados entre 2011 y 2021 para leer la violencia y el avance del crimen organizado en Chile. No tiene celular ni redes sociales y se mueve al margen del mercado académico, que además cuestiona. La independencia que defiende para pensar le ha costado precariedad económica, extrañamiento e incomprensión. En Valparaíso, donde vive y soporta lo que describe como “un microcosmos que se devora a sí mismo”, nos recibe y afirma que “el estudio, la búsqueda del conocimiento, la escritura y la cultura son lo único que aún me mantiene despierta y viva. Que Dios se apiade de mí”.

Rita Cox

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