Nos reunimos con Lucy Oporto Valencia (Viña del Mar, 1966) durante casi tres horas en un lugar práctico, y nada patrimonial, del plan de Valparaíso: el hotel Ibis. Es un día nublado y ya se cumplen cien días del gobierno de Kast, o, visto de otro modo, cien días sin Boric. Oporto pide un café, luego otro, y compartimos unas galletas envasadas. Las disfruta como si fuera una niña y eso permite dejar de temerle a esta mujer de opiniones contundentes, crítica, independiente, sin filiaciones, sin reparos en mostrar molestia severa frente a un dato equivocado.
Tras los primeros minutos de socialización, en que se muestra seria —como se le ve en las fotos y videos de los medios—, tal vez desconfiada, comienza el juego de las preguntas y respuestas que ella se toma con rigor. Saca de una carpeta los apuntes que ha preparado para este encuentro, piensa y repiensa cada respuesta y, mientras responde, con el dedo índice recorre lo escrito. Elige las palabras con cuidado. ¿Acaso pensar no se trata de eso? Es el desafío que se ha impuesto para su vida.
Oporto se hizo conocida a nivel nacional en 2019, cuando escribió, entre el 27 de octubre y el 17 de noviembre de ese año, el ensayo Lumpenconsumismo, saqueadores y escorias varias: tener, poseer y destruir, publicado en el sitio Escritores y Poetas en Español. Ahí acuñó la mirada que la sigue definiendo: no habla de “estallido social” sino de “asonada”, porque ese término supone una espontaneidad que ella no ve en un proceso que, dice, fue largamente incubado y, en algunos de sus aspectos —como la quema del Metro— planificado. Desde entonces ha seguido sumando conceptos: el “lumpenfascismo”, que venía de un ensayo de 2011 y describía una forma de fascismo repartida transversalmente en la sociedad más allá del poder institucional; y el “narcofascismo”, acuñado en 2021, con el que describe el avance del crimen organizado como un clima interior ya instalado en el país.
No tiene celular ni redes sociales. Se le escribe al mail o se le llama al teléfono fijo de su casa. Es una mujer de pocas sonrisas, pero se ríe, especialmente de sí misma, como al recordar cuando en su juventud, para ganar algo de plata, con su amigo Rodrigo tocaba la guitarra en pubs y hoteles de Reñaca y Viña. “Odiaba hacerlo, nunca lo haría de nuevo”, dice.
Antes de la filosofía, después de egresar del Colegio Alemán de Valparaíso, estudió interpretación musical en la Universidad Católica de Chile, en el Campus Oriente. La guitarra le atrajo por su versatilidad. “Tienes la guitarra en el jazz, los boleros peruanos, el tango, el folclore, el neofolclore, el rock en todas sus dimensiones y, por supuesto, la guitarra clásica”, detalla. Fue también a través de la guitarra que llegó a Violeta Parra: escuchó El Gavilán por primera vez a los 16 años, en 1982, en un programa de música clásica.
A principios de junio, Oporto publicó en Ex-Ante una columna demoledora titulada “El Estado como botín de guerra y la ruina de Valparaíso”, donde describe la depredación de los recursos públicos: despilfarro, lujuria económica sin límites y degradación del lenguaje, conformando un clima que ella califica de obsceno. En medio de esa farra sin nombre, dice, Valparaíso se hunde, mostrándose como “un crisol negro o un microcosmos que se devora a sí mismo”. Repasa ahí el año de los incendios, la deuda del Parque Cultural, el cierre de locales emblemáticos y el aumento del comercio informal desde la “asonada” de 2019.
Con Valparaíso tiene una relación difícil, que se agudizó cuando regresó después de sus estudios en Santiago. “Nunca más me pude volver a adaptar a esta ciudad. Es una ciudad demasiado provinciana en el sentido peyorativo de la expresión. Mucha envidia, pequeñez, resentimiento”, afirma. La retrata como sumida en la decadencia, con “una especie de culto a la lumpenización”, sobre todo entre los jóvenes, “como si vieran en eso una forma de rebeldía, cuando en definitiva es todo lo contrario: entrar en esos mundos es para no volver a salir”.
El ejercicio de pensar
—Te escuché en una entrevista decir que la filosofía es un pensamiento en transformación. ¿Qué es, entonces, pensar?
“Lo entiendo como un vasto esfuerzo espiritual por aproximarse a los fenómenos de la realidad, o enfrentar los duros hechos de la realidad, en busca de una comprensión de su fondo. Es un esfuerzo muy difícil de realizar. Es importante porque permite una ampliación de la capacidad de conciencia, que sería la única posibilidad de morigerar el mal y la maldad humana”.
—¿Requiere soledad?
“Pensar significa estar en silencio. Requiere tiempo. Son procesos lentísimos. Uno puede estar trabajando todos los días una cantidad de horas determinadas, pero no es lo mismo que pensar. Las correcciones de texto, por ejemplo, toman mucho tiempo. Yo he notado que la autocorrección ya es un proceso de autoconciencia: de enfrentarse con el propio error, con la propia torpeza, con la propia ansiedad, y exige pensar”.
—¿Por qué es importante pensar?
“Pablo Zeballos, estudioso del crimen organizado, ha dicho que es fundamental que los profesores eduquen a los niños justamente para que no sean seducidos por ese mundo, que les ofrece consumo, sentido de pertenencia, dinero y placer. Cuando Zeballos hace esa declaración está apuntando a un punto fundamental que tiene que ver justamente con el pensamiento. Eso se tendría que enseñar desde muy temprano: instar a que las personas desarrollen su capacidad de juicio y su capacidad de conciencia, lo que no es sencillo, porque requiere cuotas de mucho sufrimiento. Pero primero requiere entender por qué es importante”.
—Estabas en la música, con mucho esfuerzo económico, de estudio y de traslados entre Santiago y Valparaíso, y te pasaste a la filosofía. ¿Por qué?
“Me interesó siempre el pensamiento, la literatura. Ya tenía interés en la filosofía desde el colegio, con buenos profesores. Y en 1993, después de estudiar interpretación musical, soñé que tenía que estudiar filosofía. El sueño era muy sencillo: yo estaba cerca de la Avenida Perú, frente al mar, y me decía que ahora que tenía un poco de dinero podría estudiar filosofía. Eso era todo el sueño. Pero lo distintivo fue que desperté muy bien, como nunca. Un par de años después empezó mi proceso para ingresar a filosofía en la Universidad de Valparaíso, donde conocí al profesor Miguel Orellana Benado. Gracias a él aprendí a corregir textos, porque él los devolvía anotados enteros”.
—¿Qué te ha dado la filosofía?
“Todo. Posibilidades de desarrollar una autoconciencia a través del ejercicio, porque esto es una práctica y es una experiencia. Eso es importante destacarlo: existe una idea caricaturesca de la filosofía como que está desconectada de los fenómenos. Y no es así”.
—¿Es muy exigente esa mirada crítica que requiere la filosofía?
“Claro. A medida que uno desarrolla esa capacidad, ese esfuerzo, se enfrenta a nuevas dificultades, y así sucesivamente. Es desafiante la filosofía. Puede producir mucho desencanto porque no pocas veces uno se enfrenta a un vacío, un cúmulo de apariencias que se empiezan a indagar y tras el cual no hay nada. Puede ser un desencanto también frente a otra posibilidad: que haya maldad, oscuridad. La filosofía genera una intuición y una alerta, una especie de suspicacia constante. Hay que tener cuidado, eso sí, porque no todo puede estar bajo sospecha”.
Los referentes
Fue su madre quien la impulsó a estudiar. Le interesaba el conocimiento y le ofreció esa posibilidad, algo que Oporto asocia a una generación que lo valoraba de verdad. Su curiosidad y pensamiento se apoyan en tres referentes centrales: Carl Gustav Jung, de quien toma el arquetipo de la “madre terrible” para leer a Chile; Pier Paolo Pasolini, de quien retoma la idea del “tener, poseer, destruir” para explicar el “lumpenconsumismo”; y René Girard, estudioso de los procesos de persecución y violencia colectiva. A ellos se suma Gastón Soublette, que la introdujo en el estudio de los símbolos.
—Lo tuyo ha sido estudiar y estudiar. ¿Qué se encuentra allí?
“La importancia del estudio detenido abarca posibilidades de desarrollar la capacidad de conciencia y autoconciencia, la capacidad de juicio, de discernimiento y de distinción entre las cosas, entre el bien y el mal; también el desarrollo de una vida interior por medio de la introspección y la conexión con imágenes, emociones y recuerdos profundos, no pocas veces dolorosos, que son como invocaciones dirigidas a otra esfera de la realidad, desconocida y fundamental”.
Su tesis doctoral, en la Universidad Católica de Valparaíso, fue sobre la relación entre conocimiento y fe de Orígenes de Alejandría, escritor eclesiástico del siglo III. Al tema llegó a través de un camino largo, que partió con las lecturas de Jung y el tríptico “Las tentaciones de San Antonio”, de El Bosco.
—Hiciste tu doctorado en una época en que, a la vez, dices que los doctorados “ya no valen nada”. ¿Qué piensas del momento que atraviesa la universidad como institución?
“La universidad actual, funcional a los procesos de acreditación, tecnificación y burocracia, unilaterales y niveladores de suyo, así como sus camarillas endogámicas, cuyo único horizonte es el dinero, el poder y la figuración, atentan contra la vitalidad de la conciencia en la experiencia real. Esa es una de las razones por las que yo no participo de eso. Mi trabajo es incompatible con el mercado académico”.
En la línea que se le ha leído y escuchado, agrega que “así, también, vemos la paulatina destrucción de colegios y universidades desde dentro. No sólo debido a la violencia incendiaria de encapuchados y overoles blancos, sino también debido al activismo tanto de estudiantes como de académicos. Destruyen las instituciones educativas paulatinamente en función de sus carreras políticas y de la mal llamada batalla cultural, que también es una forma de barbarie”.
—¿Y aún así te doctoraste?
“Porque de todos modos le concedo valor a la universidad, como institución tradicional que tiene siglos, donde estaba concentrado el conocimiento acumulado también en siglos, para poder aprenderlo y seguir transmitiéndolo. Eso es fundamental y sigue siendo muy importante”.
—¿Usas IA?
“Tengo una gran desconfianza de todo lo que tiene que ver con la inteligencia artificial. Yo llego hasta lo que me ofrece Google de forma inmediata. Nunca he entrado al modo IA y no lo voy a hacer, porque no me interesa. Prefiero mis métodos artesanales: imprimir los textos, corregirlos, leerlos enteros, resumirlos yo misma. Lo que olvidan los promotores de la inteligencia artificial es que ese trabajo también es una experiencia”.
—¿Te parece amenazante?
Entiendo que es un problema muy importante, que está avanzando muy rápidamente, pero si finalmente la inteligencia artificial va a ser utilizada para anular la capacidad de juicio y anular la identidad propia, necesariamente va a tener un destino maligno, sombrío y peligroso, porque todo depende de la condición humana.
La deshumanización
—Desprecias el término “batalla cultural”.
“La batalla cultural es propiamente antifilosófica y anticultural. A sus militantes solo les interesa ganar, exterminando a su enemigo. Su unilateralidad fanática y bárbara los conduce a usar cualquier método que les permita imponer sus intereses pretendidamente culturales: su ideología, valores, costumbres, instituciones, lecturas y documentos. Todo lo demás debe ser arrasado y destruido. Sus intenciones son abiertamente refundacionales, y no de diálogo. El pluralismo no existe en su esfera del acontecer. En el devenir de la batalla cultural ni siquiera existe el libre albedrío; esto es, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Entonces su ejercicio es una forma de deshumanización”.
—¿Y qué es la cultura para ti?
“La entiendo como el esfuerzo por plasmar manifestaciones y testimonios humanos que permitan desarrollar la capacidad de conciencia. Por eso los monumentos son tan importantes, las bibliotecas, las obras de arte, el pasado, la memoria, las tradiciones culturales: tanto miradas como personas que se paran frente a una obra. Ahora se banaliza el término y se habla de la cultura del delito. Eso, para mí, no es cultura, porque no ayuda a construir nada bueno para el ser humano.”
—¿Por qué te interesa entender el crimen organizado?
“Porque para mí es la más grande manifestación de la maldad que he visto en mi vida. Incide directamente en todo lo que hemos hablado: en la interioridad de las personas, en su degradación. Esta seducción que hace el crimen organizado a los jóvenes -a través de las redes, captando a la juventud con consumo, sentido de pertenencia, dinero y placer, a cambio de una vida breve- es de una maldad infinita. ¿Qué más maldad que esa? Para mí no hay medias tintas ahí, y tampoco se puede negociar con ese mundo”.
—En ese contexto, ¿cómo ves el momento actual del país?
“Con la llamada Operación Tokio entramos, según los estudiosos, en una tercera fase de instalación del crimen organizado: primero la violencia y la disputa territorial, muy sangrienta; después la paz criminal, cuando se negocian y reparten territorios; y ahora los bancos”.
—¿Qué piensas del proyecto que penaliza las incivilidades?
“Me parece bien que exista esa penalización, porque ya basta. Los que remiten esto a la criminalización de la pobreza olvidan que no todos los pobres han terminado en el crimen. Esa frase oculta, además, una forma de desprecio profundo por las personas más desmedradas y, de paso, un determinismo difuso y un paternalismo feroz”.
—Imagino que son altos los costos de ser, intelectual y laboralmente, tan independiente.
“La libertad y la independencia, aunque siempre relativas, tienen sus costos. No se puede tener todo. En dilemas de ese orden, siempre hay una pérdida. En mi caso, esos costos han sido los esperables: precariedad económica, extrañamiento, castigos, pérdidas e incomprensión absoluta de seres queridos e importantes”.
—Suena muy duro.
“Y lo es. He observado lo que ocurre a mi alrededor y solo veo oscuridad, trampas, manipulaciones y traiciones, en distintos niveles: algunas provienen de esquilmadores en busca de insumos para su depredación; otras brotan como autodefensa de camarillas estériles, enquistadas en instituciones y agrupaciones de distinto tipo. Providencialmente, no soy parte de esas realidades. Mi identidad no depende de esas pertenencias sociales. Mi independencia y mi vocación siempre serán más importantes. Eso no significa que no me haya quedado atrapada más de una vez, porque se trata de procesos muy desgastadores”.
Valparaíso sigue nublado. Lucy Oporto ha dicho lo que piensa, pero sigue siendo un misterio. Como no serlo con esa opción de mantenerse fiel a sí misma. “Aquí sigo, mientras dure mi conciencia. Me hallo en la última etapa de mi vida, y ya no me queda más tiempo. Ese es un hecho objetivo. El estudio, la búsqueda del conocimiento, la escritura y la cultura son lo único que aún me mantiene despierta y viva. Que Dios se apiade de mí”, concluye.