La insensibilidad de las cifras del Coronavirus

Da la impresión de que nos hemos acostumbrado a ver en los noticieros cifras de contagiados y fallecidos cada día más crecientes, sin que esto pareciera importarles ya a muchos. Todos los días observamos como centenares de fallecidos van sumándose sin que se adopten oportunas medidas de prevención, o bien, medidas gubernamentales contradictorias, como el Pase de Movilidad.

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Señor director:

¿Cuánto vale la vida humana? Pareciera que para todos no vale lo mismo. Vemos como las autoridades gubernamentales barajan las cifras con absoluta frialdad, dando la impresión a la población que se hayan midiendo si es más importante salvar vidas o salvar las grandes empresas y malls, que se han enriquecido groseramente aún más en tiempos de pandemia, junto con tratar el oficialismo de congraciarse políticamente con una población que por sus desaciertos en diferentes campos les es cada día más desafecta, mientras que algunos sectores de la clase política de manera transversal procura sacar algún provecho politiquero y electoral mezquino. Sin embargo, no es menos cierto y ha de reconocerse, que para ningún gobernante ha de ser fácil mantener los equilibrios macroeconómicos y prever y manejar los impactos colaterales de la pandemia del Coronavirus que conllevan nefastos efectos en la economía nacional, el desempleo y la pobreza.

A su vez, da la impresión de que nos hemos acostumbrado a ver en los noticieros cifras de contagiados y fallecidos cada día más crecientes, sin que esto pareciera importarles ya a muchos. Todos los días observamos como centenares de fallecidos van sumándose sin que se adopten oportunas medidas de prevención, o bien, medidas gubernamentales contradictorias, como el Pase de Movilidad y muy tardías ayudas sociales a la ciudadanía. A este desafortunado cuadro, se agrega una población agotada por el flagelo de esta pandemia, que la va volviendo cada día más indolente, junto a otros muchos que ven con desazón y angustia esta triste realidad. Para qué hablar ya de los dulcemente llamados “porfiados”, que no son más que una manga de irresponsables que en nada ayudan a los esfuerzos gubernamentales, de la sociedad y, por sobre todo, del personal de la salud, quienes día a día luchan contra la pandemia hasta el agotamiento en los centros hospitalarios de nuestro país.

Y, como si fuera poco, debido a que después de más de año y medio de pandemia no se han adoptado las medidas de facilitación necesarias, bien por la realidad que imponen los porfiados hechos, o bien, por la indolencia de la tecnocracia incapaz de visualizar la relevancia de la dimensión espiritual y trascendente, hoy se ha impuesto además al personal de salud una inmensa carga emocional al tener que ver en sus pacientes y familiares la carencia de los cuidados paliativos espirituales para los enfermos, debiendo asumir ellos finalmente el papel de pastores, rabinos, sacerdotes y ministros consagrados para llevar un poco de auxilio espiritual, consuelo y resiliencia a sus pacientes y sus familiares. Qué duda cabe, a su vez, que esta situación tampoco ayuda en nada a mitigar en parte, por lo menos, la pandemia colateral del COVID-19, que es la pandemia de la salud mental de la población.

No obstante, gracias a Dios, no todo es tan negativo. La prevención gubernamental para la compra de vacunas desde mucho antes que la pandemia llegara a nuestro país y la muy exitosa campaña de vacunación en Chile no sólo es digno de reconocimiento, sino que también de una muy merecida felicitación y elogio. No hacerlo, resulta del todo mezquino y carente de toda objetividad. Es en este esfuerzo en el que todos tenemos puestas nuestras esperanzas para empezar a ver la luz detrás del túnel, sin bajar la guardia en ningún momento. Ha sido un gigantesco esfuerzo compartido, tanto por las autoridades gubernamentales como por nuestra sociedad, por salvar vidas en medio de tanta angustia y ante un descomunal enemigo común, que nos es otro que esta terrible pandemia del Coronavirus.

La vida humana no tiene precio, cada vida humana es invaluable. Cada vida humana, desde su concepción hasta su muerte natural, requiere de nuestros mayores y mejores esfuerzos de todo orden para su preservación, en un marco de humanización y dignidad, así como también, y muy especialmente, en momentos de su fragilidad. Ello, de manera compasiva y trascendente, más allá de lo que la ciencia sabiamente pueda y deba aportar, de manera inclusiva con la dimensión trascendente de la espiritualidad y religiosidad a la que cada ser humano tiene pleno derecho en todo momento, particularmente en estado terminal y de agonía.

Patricio Latapiat,

Embajador (R)

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