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Los debutantes (Recuerdos del gobierno que se fue)

Desde el punto de vista de la nueva izquierda en que fue criado, Boric fue desde el primer día una decepción. No era del pueblo, ni jugaba del todo a serlo. No era insolente y tampoco jugaba a serlo. No era un rebelde, y su vistosa falta de corbata no engañaba a nadie. Cuando asumió, hace cuatro años, ya parecía lo que es y lo que fue: un estudiante deseoso de aprender. Un poco torpe, pero finalmente bien intencionado. El presidente moviendo las manos, poniéndolas en el corazón, guiñando el ojo a los amigos presentes en la sala el 11 de marzo del 2022 ya revelaba quizás algo de su debilidad esencial. Ese lenguaje de campamento universitario en el Congreso pleno de la República fue un resumen y una señal del delirio de pureza que emborrachó a su generación.

Para entender qué diablos fue este gobierno que nos va dejando, conviene volver a la ceremonia de cambio de mando del 11 de marzo del 2022. Lo primero que llama la atención son las mascarillas que casi todos llevaban sobre la boca. Hacía ya tiempo que lo peor de la pandemia había pasado y casi todos estaban abundantemente vacunados. Pero la impresión de vivir en un tiempo extraordinario, peligroso, seguía. Solo ese clima de incerteza total, esa sensación colectiva de que todo estaba en cuestión y por lo tanto todo era posible, permite entender lo que ocurrió después: que Chile pusiera su destino en manos tan jóvenes e inexpertas, como se ven en las imágenes de ese viernes en Valparaíso.

Detrás del presidente electo, Manahi Pakarati Novoa, la jefa de protocolo, con su traje y tocado polinesio, era uno de los símbolos del cambio. El Presidente, que en todo momento hacía todo tipo de gestos con la cara y las manos a amigos y compañeros, jura por “los pueblos de Chile”. El gobierno asumía al mismo tiempo que una convención escribía una nueva constitución donde ese pueblo se multiplicaba —o más bien dividía— en diversas naciones. Tan extraña como nos resultan las mascarillas hoy, la plurinacionalidad prometía un antes y un después.

El Presidente Piñera, en la testera, se veía viejo, pero aún enérgico. Con una asombrosa buena voluntad pasó toda la ceremonia dándole consejos prácticos al nuevo mandatario, olvidando que el micrófono estaba encendido. Le enseñó, por ejemplo, que tendría que aprender a tener dos firmas, una larga para los decretos importantes y una corta para los miles de papeles que habría que firmar día a día.

Si bien por unos minutos Boric intentó ser frío con el exPresidente, muy luego la cordialidad ganó la batalla. No se notó que el joven fue férreo opositor del empresario en ese mismo Congreso. Se ve que uno es muy joven, asombrosamente joven, y el otro, aunque más viejo, igualmente jovial. Se ve que al fin y al cabo pertenecen a la misma clase social y en cierta medida a una clase mental parecida. Piñera no hace gala esa vez de sus consabidos tics nerviosos, pero Boric, al recibir la banda, da una voltereta rara que solo se puede atribuir a algún ritual del toc. Son dos personas que han tenido que lidiar con su cabeza. Dos personas que por eso mismo saben que las cosas no son siempre como deberían ser, ni las personas tampoco.

Si ese joven en la testera no conociera tan de cerca la fragilidad, su gestualidad incesante sería insoportable. Pero es ese conocimiento en primera persona de los límites de la mente y el cuerpo, eso y una cierta genuina inocencia provinciana, lo que lo ha hecho para mí auténticamente querible. Eso y la manera en que se acomodó con genuina pasión al ritual republicano ese 11 de marzo del 2022. Algo que, dada la tradición chilena, parece normal pero que, dado el panorama mundial con Trump, Milei, Sánchez o Petro, no resulta del todo esperable.

Boric fue, desde el punto de vista de la nueva izquierda en que fue criado, desde el primer día una decepción. No era del pueblo, ni jugaba del todo a serlo. No era insolente y no jugaba a serlo. No era un rebelde, y su vistosa falta de corbata no engañaba a nadie. Ese 11 de marzo parecía lo que es, lo que fue: un estudiante deseoso de aprender. Un poco torpe, pero finalmente bien intencionado.

Los problemas empezaron unos pocos minutos después de que se le entregara la banda y la piocha de O’Higgins. El subsecretario del interior encargado de leer el nombramiento de los ministros se llamaba Manuel Monsalve. Un exdiputado socialista, hombre del riñón duro de la Nueva Mayoría, uno de los políticos mejor evaluados en las encuestas. Al verlo tan formal y seguro de sí mismo, era imposible adivinar lo que vendría. Monsalve sería el causante de la mayor crisis del gobierno: acusado de violar a una subalterna, habría usado su poder para intentar manipular pruebas antes de que la denuncia se hiciera pública. El Gobierno supo antes que nadie, más de una decena de funcionarios de La Moneda estaban al tanto antes que el propio Presidente, pero se tardaron dos días en pedirle la renuncia. Lo que vino después fue una conferencia de prensa de cincuenta y cinco minutos en que el presidente respondió más de treinta preguntas sin responder ninguna, echando por tierra de un solo golpe cualquier pretensión de ser el gobierno más feminista de la historia.

El Presidente moviendo las manos, poniéndolas en el corazón, guiñando el ojo a los amigos en la sala ese 11 de marzo del 2022 revela quizás algo de esa debilidad esencial. Ese lenguaje de campamento universitario en el Congreso pleno de la República es una señal de un delirio de pureza que emborrachó a su generación. Casi ningún ministro del Frente Amplio sobrevivió en su puesto, casi todos fueron objeto de vendettas, escándalos o visibles torpezas. La diferencia con las dos ministras comunistas que asumen esa misma mañana no es ideológica, sino de carácter y disciplina. Camila Vallejo y Jeanette Jara manejaron carteras acotadas, construyeron lealtades de equipo y cumplieron sus cometidos sin estridencias y sin el canibalismo interno que devoró al resto. Vallejo, astuta e inteligente, quedará como la mejor cara de este Gobierno y al mismo tiempo como la única sobreviviente, junto al Presidente, de la generación del 2011.

Izkia Siches, que asumió sin quitarse la mascarilla coreana de su cara en ningún momento, representa en cambio todas las debilidades de ese primer diseño gubernamental. Sin ductilidad política, con una enorme ansia mediática, poco o nulo conocimiento de su cartera y una sensación cierta de que nada podría resistírsele. Una “regalona” de ese nuevo Chile que conoció la pobreza, pero la olvidó, que conoció la dictadura, pero tampoco la recuerda muy bien. Animal de Twitter y de Instagram que terminó su mandato como lo empezó, tratando de conseguir un titular sin texto ni bajada.

Maya Fernández nunca fue otra cosa que un símbolo, aunque muy luego nadie supo bien de qué era símbolo. Jackson representó de la peor manera los vicios de su generación, quizás porque estaba demasiado seguro de sus virtudes. Grau, al revés, supo resistir. Montes resultó un amasijo de declaraciones poco felices. La excepción del Frente Amplio fue Antonia Orellana, que más que ministra de la Mujer fue el Pepe Grillo del Presidente, su apoyo más constante, su conciencia más tenaz. Mario Marcel, en cambio, estrenaba ese 11 de marzo una de esas vistosas corbatas con las que quiso rejuvenecerse. Serio y parco, fue la continuidad visible entre este gobierno y los anteriores de la Concertación. Haría dupla, que luego se convertiría en algo más, con quien sería ministra del Interior y antes de eso solo era una comentarista política que el Frente Amplio veía como todo lo que no quería ser.

Carolina Tohá, eje central del gobierno en su segunda etapa, es el ejemplo de una política que pone la responsabilidad por encima de todo, incluso de su propio futuro. Terca, resistente, leal como un tatuaje. Llegó al gobierno muy luego, pero al mismo tiempo demasiado tarde, cuando el daño ya estaba hecho y el relato perdido, y se quedó cargando con todo lo que los otros habían dejado caer: una generación que la quiso tarde, mal y a veces nunca, y que sin embargo no habría sobrevivido sin ella.

El 11 de marzo del 2022 de nuevo. Las manos en el corazón, el ojo guiñado, los amigos que aplauden en las galerías. Nadie ahí, ni él mismo, sabía todavía que ese país al que le guiñaba el ojo no era el que creían. Este Gobierno llegó convencido de que gobernaba un país en proceso de transformación cuando gobernaba un país destruido y agotado, que quería orden y no refundación. No vieron la inmigración, no vieron la inflación, no vieron el crimen organizado instalándose en regiones que hasta hacía poco lo desconocían. Cuando se dieron cuenta e hicieron los cambios necesarios, ya no tenían palabras para contar lo que estaban haciendo. Se habían quedado sin relato, aunque hay que reconocer que en casi todo entregaron un país mejor de lo que recibieron.

El 4 de septiembre de ese mismo año 2022 el país hizo ver que no estaba soñando ninguna primavera. No con rabia sino con una tranquilidad que dolió más, Boric se reinventó rápido, más rápido de lo que nadie esperaba, pero sin las palabras para explicar en qué se había convertido y por qué. Al final sus logros son menos discretos de lo que todos le quieren conceder, pero están muy lejos de los que ellos mismos creían que iban a alcanzar. Como cualquier trabajo voluntario universitario, fueron a cambiar el mundo y terminaron construyendo letrinas. No es poco, las letrinas son necesarias. Pero Pasolini tenía razón: la vanguardia solo hace más visible la necesidad del orden antiguo. Escudo, bandera, pelo corto, corbata, privatización, policía.

Sin embargo, algo de esa fiesta de marzo del 2022, torpe y gentil, rara pero no del todo loca, queda. No fueron años milagrosos (pienso en mi propia vida) pero tampoco fueron años tan malos. Me separé, me costó encontrar trabajo y reconstruir costumbres y relaciones… pero al final lo conseguí. La plata no sobró, pero terminó por correr igual. El miedo fue por un tiempo dominante, después volvió la vida más o menos privilegiada que vivimos los chilenos si nos comparamos con sinceridad con el resto del continente. La sensación de que esta es una isla más o menos libre de la guerra, la demagogia, el desastre del resto del mundo, volvió más o menos como antes de ese 18 de octubre del 2019. No el infierno que vimos tan cerca, no el paraíso que otros vieron también demasiado cerca, sino el purgatorio y también el limbo.

Un lugar al fin del mundo donde empezar de nuevo.

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Rafael Gumucio

Caos épico

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Si los lectores de esta revista ya están perdiendo la cuenta del número de guerras y amenazas de guerra que parecen estar sucediendo todas al mismo tiempo en los últimos meses... el sentimiento es compartido. Si cada vez hay menos capacidad para seguir el noticiero, también es entendible. El mundo gira, más que nunca, a ritmo frenético. Vivimos en un tenso reality show geopolítico, donde el hábil protagonista cautiva la atención de todos, y aparece —queramos o no— permanentemente en nuestras pantallas.

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