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El micrófono prestado

Los feroces tropezones de la actual vocera de Gobierno en sus primeros días “habitando el cargo” (como se dice hoy muy siúticamente), dan pie para que nuestro columnista elabore un repaso histórico de quienes han desempeñado la función, desde 1932 hasta ahora.

El debut de Mara Sedini como vocera de Gobierno debe ser uno de los momentos más frustrantes de la historia de la democracia. Podría pensarse, sin exagerar, que es la vocera que ha tropezado de manera más visible y audible desde que se instauró el cargo de Ministerio Secretaría General de Gobierno, oficio creado con el nombre de Secretario de la Junta por el periodista y brevísimo presidente Carlos Dávila, allá por 1932.

Tropiezos con el vocabulario. Redundancias de todo tipo, como el uso del adjetivo “complicado” de muchas complicadas maneras. Aumentos que aumentan y preocupaciones que son preocupantes. Pautas tan exageradas que la hacen sonar a una parodia creada por IA. Anecdóticos chascarros, como esa vez que en el matinal de Canal 13 afirmó que en España el barril de petróleo había llegado a los dos euros, el precio de un café. Declaraciones absurdas, como la de que el Estado chileno está quebrado, que otros ministros tienen que salir a desmentir pocas horas después.

En resumen, una sonriente inseguridad en casi todos los temas que consigue cualquier cosa menos certeza.

Tanto, que el presidente Kast tuvo que salir a defenderla como se defiende a alguien que se está ahogando: agradeciéndole el trabajo “acucioso”. ¡Acucioso! La palabra más burocrática del español, la que usan los directores de colegio en los informes de conducta. Dijo también que Mara era la encargada de dar buenas noticias, cuando solo ha dado, aunque con una enorme sonrisa, puras malas noticias.

Sin embargo, sería injusto reducir a Mara Sedini a sus traspiés. Cantante que se impuso desde el coro de Myriam Hernández hasta encontrar un lugar como solista; actriz que fue a probar suerte a Nueva York y estudiar en el lugar más exigente del mundo, haciendo incluso de corpóreo de chocolate verde de M&M en Times Square; trabajadora esforzada a pesar de las apariencias, tiene todo el tiempo del mundo para aprender el oficio para el que la designaron. De hecho, probablemente el problema no es ella, sino la lógica que la impuso en ese lugar: poner a gente para que aprenda, convertir el Gobierno en una escuela de gobierno. Era lo que se le criticaba, con razón, a la gente de Gabriel Boric. Los debutantes. Los que llegaban frescos al Estado como si el Estado fuera una pasantía. Kast ganó prometiendo exactamente lo contrario. Experiencia, orden y seriedad republicana. Nada de eso figura en el colorido currículum de Mara Sedini.

A todas luces, Sedini no fue elegida solo por su fidelidad a toda prueba con José Antonio Kast. Fue elegida por ser una anti-Camila. Rubia donde Vallejo es morena. Tan republicana como Camila es comunista. Ambas bellas, jóvenes, deseables para dos tipos contrarios, pero confluyentes. Ambas amadas por la cámara y los micrófonos.

Esta aparentemente astuta elección se basó en un error esencial que está quizás al centro de otros muchos errores del actual gobierno. Camila es bella y glamorosa, sin duda. Podría ser actriz o cantante (lo de la voz da lo mismo hoy). Pero es, desde los dieciocho años, una figura política a tiempo completo. Un cuadro del PC educado en el rigor, la compartimentación, la obediencia. El centralismo democrático de Lenin es su segunda esencia, aunque también aprendió casi desde niña a ganar y perder elecciones. Creció en asamblea y maduró en el Congreso Nacional.

Se ve bien, y de eso solo tiene parcialmente la culpa. De la mitad de su belleza, sus armoniosos genes, son responsables sus padres. Piensa ordenada y sistemáticamente, y en eso lleva años preparándose. Tuvo la inteligencia de dejar de ver su belleza como una trampa para usarla como una herramienta política. Dejó de vestirse como la hermana fea de sí misma. Dejó la ropa de su generación para experimentar con variedad de colores y formas, champús caros y cremas que mejoran su ya impecable piel. Pero todo estuvo siempre al servicio de un discurso perfectamente preparado por un equipo leal y despierto que ensayó para ella distintos escenarios comunicacionales, en los que logró desempeñarse con soberbia astucia.

Evitó dar las malas noticias, o las dio de un modo que muchos encontraban sesgado… pero nunca, o casi nunca, salió a hablar sin estrategia. Una estrategia que podía consistir en no decir nada, pero siempre de un modo que resultaba a la vez marcial y cercano, implacable y seductor.

Camila Vallejo no era perfecta. Tuvo crisis enormes. El caso Monsalve. Los fondos de las fundaciones. La casa de Allende. Los indultos del estallido. Más de 270 vocerías formales en cuatro años, sin contar las de terreno. Aprendió el oficio a golpes, como se aprende todo oficio que vale la pena. Pero llegó con herramientas que Sedini no tiene: una trayectoria política de décadas, un partido detrás, y la costumbre de pararse frente a una cámara con algo propio que decir. Cuando Vallejo se equivocaba, el error era suyo. Cuando Sedini se equivoca, uno no sabe si el error es de ella o de la minuta redactada por Valenzuela y pensada por Costabal, grandes constructores de jingles y frases gancho para hundir a un enemigo ya derrotado que, vaya uno a saber por qué, siguen necesitando derrotar.

Mara tendría mucho que aprender de Vallejo, aunque también podría aprender de Karla Rubilar, que usó la simpatía y la cercanía como estrategia, o de Cecilia Pérez, impermeable guardiana de los secretos presidenciales, la que mejor supo no decir nada cuando no había nada que decir. Un paraguas y pararrayos humano, que es también lo que un vocero tiene que ser. Rol que también cumplía a la perfección Andrés Chadwick, que sufrió la maldición de ser promovido a ministro del Interior, trabajo para el que estaba vistosamente poco preparado. Porque esa es la cruz de muchos voceros: hacen tiempo para otros ministerios más importantes. Como sucedió con Carolina Tohá, que tenía el don de la claridad, pero no el de la empatía. Empatía que le sobraba a Ricardo Lagos Weber, que sin embargo debió lidiar con la sombra del vocero por excelencia, el que agregó a su nombre ese adjetivo permanente: Francisco Vidal, Vidal Vocero.

Política, periodismo, comunicación

Vidal sigue siendo, después de una década de dejar el puesto, el vocero ideal. Tiene la pachorra del militante del Partido Nacional que alguna vez fue… aunque haya terminado en el ala izquierda del PPD.

Impermeable, leal, lleno de datos. Antipático y cercano. Duro y sentimental. Conoce a todos los periodistas por su nombre porque les hizo clases en la UDP. Doy clase junto a él y doy fe: cuando habla, solo se escucha su voz. En el patio fuma como desesperado. Siempre preocupado y entusiasmado a la vez. Un representante de la política pura y dura que supo, antes que nadie, que eso era también periodismo. O comunicación, como se la llama cuando se quiere parecer más serio y científico. Vidal supo que tenía que construirse un personaje. Y a partir de él desviar las preguntas sin usar el triste truco de Ena Von Baer, que consistía en hablar sin ton ni son con frases muy largas para que se acabara el turno. Vidal hacía algo más perverso: convertía a los periodistas en sus alumnos. Los interrogaba, los reprobaba, los salvaba para darle in extremis algo de razón.

Solo podrían rivalizar con él dos ministros secretarios de gobierno contrarios y confluyentes: Enrique Correa y Francisco Javier Cuadra. Los dos representan otro aspecto de la vocería: el de entender que comunicar es decidir, hacer política en toda la amplitud del término. Ser el rostro, pero también el cerebro que mueve la boca y los ojos. Correa y Cuadra, más que decir o no decir, dejaban entre líneas lo mejor de su discurso. Su trabajo no era con los micrófonos o las cámaras sino directamente con los directores de diarios y canales de televisión que tenían a toda hora al otro lado del teléfono.

Correa, una de las mentes más lúcidas de la política chilena, dejaba decir hasta que dejaba en claro que no se podía decir más. Fomentaba voces y las dejaba callarse solas. Pensaba entera la labor del gobierno para construirle una cara, un sistema, una vocación. En ese gabinete que tenía algo de conferencia episcopal, él era un Rasputín amable, el cura que lúcidamente no quiere tener mitra porque sabe que la púrpura le quita libertad.

Cuadra tenía la ventaja de gozar de la censura y el control de los medios en plena dictadura, lo que le permitía no solo controlar las noticias sino crearlas de todos los tipos y todas las piezas. Como sucedió con los acusados de hacer desorden en la visita del Papa y derivó en un fotomontaje en la portada de “El Mercurio”. De hecho, esa visita, organizada por una Iglesia vistosamente opositora, fue quizás su mayor logro. No consiguió impedir que el Papa se reuniera con pobladores y jóvenes rebeldes, pero logró que Pinochet saludara junto al sumo pontífice desde el balcón de La Moneda. A la postre, esa que parecía una victoria fácil para la oposición fue, gracias a él, un empate. El uso y el abuso de información privilegiada, de fuentes nunca del todo santas, fue su gloria y su desgracia cuando no tuvo ya el poder para ser temido.

Antes de Cuadra se puede pensar en Aníbal Palma, el Pibe Palma, creador en plena Unidad Popular de una cierta identidad propia que lo hacía fácilmente reconocible, aunque su fama creció recién cuando pasó a ser ministro de Educación. Enrique Ortúzar, en la época de Jorge Alessandri, se hizo famoso por su ley mordaza, que quería limitar la libertad de prensa. La calma de Paula Narváez también se impuso como un estilo diferente y efectivo durante Bachelet. Pilar Armanet, siempre buscavidas, sobrevivió sin problema a un cargo considerado altamente peligroso.

Mara Sedini, la nueva vocera, tendría que asimilar, antes que cualquier otra cosa, esa rica tradición de políticos con alma de estrellas de rock, y entender que al revés no es lo mismo, que lo que menos importa a la hora de ser vocero es tener buena voz, que lo que importa menos incluso es el manejo del micrófono: lo que importa es entender la letra de la canción que se transmite y vocaliza. Ser dueño de lo que se dice y por qué se dice.

Venir del arte y el espectáculo no es un mal comienzo, pero es solo un comienzo. Mara aprendió, haciendo coros para otras cantantes, a trabajar en equipo. En “Sin Filtros” y en el “Show de Goles”, donde representaba a la UC, aprendió a polemizar, callar a los contrincantes y extremar los argumentos, pero le faltó ese ramo en que se enseña a escuchar al otro, a entender que antes de hablar o callar hay que crear una estrategia y una táctica para esa estrategia. Y respetarla hasta el final.

Puede que en seis meses más Sedini sea otra persona, o al menos otra vocera. Pero hay algo que el cargo exige y que no se aprende rápido: la confianza no la da la soberbia, sino el oficio. La voz no tiembla no porque uno no tenga miedo, sino porque sabe que el miedo no se transmite. Eso es lo que le falta. No inteligencia. No dedicación. Temple. Y el temple no se aprende en una minuta.

“Probablemente el problema no es ella, sino la lógica que la impuso en ese lugar: poner a gente para que aprenda, convertir el Gobierno en una escuela de gobierno. Era lo que se le criticaba, con razón, a la gente de Boric. Los debutantes, los que llegaban frescos al Estado como si el Estado fuera una pasantía. Kast ganó prometiendo exactamente lo contrario: experiencia, orden y seriedad republicana. Nada de eso figura en el colorido currículum de Mara Sedini”.

“El presidente Kast tuvo que salir a defenderla como se defiende a alguien que se está ahogando: agradeciéndole el trabajo acucioso. ¡Acucioso! La palabra más burocrática del español, la que usan los directores de colegio en los informes de conducta. Dijo también que Mara era la encargada de dar buenas noticias… cuando en rigor solo ha dado, aunque con una gran sonrisa, puras malas noticias”.

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