Chile enfrenta uno de los déficits de vitamina D más altos a nivel mundial, una condición que ya no se limita a un problema nutricional, sino que se proyecta como un desafío relevante para la salud pública y que a juicio de los especialistas tiene impactos que no distinguen regiones ni grupos etarios.
La deficiencia del micronutriente, extendida en niños, adultos y personas mayores a lo largo de todo el territorio, se asocia hoy a un mayor riesgo de enfermedades óseas, metabólicas, inmunológicas y de salud mental, según advirtió el director del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile, el Dr. Francisco Pérez Bravo.
Los datos muestran que la brecha se repite incluso en zonas con condiciones climáticas favorables para su síntesis natural. Este escenario –particularmente llamativo por su magnitud y extensión geográfica– da cuenta de un conjunto de causas estructurales que interactúan entre sí, explica el académico.
“Chile es uno de los países con mayor déficit de vitamina D a nivel mundial, y lo más notable es que este déficit se da a lo largo de todo el país, incluso en zonas donde existe una radiación ultravioleta suficiente para que el cuerpo la sintetice de forma natural. No es solo un problema de las zonas australes, eso sería esperable, pero no es así”.
La magnitud del problema se refleja en los principales indicadores sanitarios disponibles. La Encuesta Nacional de Salud 2016–2017 mostró que más de la mitad de las mujeres en edad fértil presenta niveles insuficientes de vitamina D, mientras que en adultos mayores las cifras se acercan al 60%. Si bien se trata de datos levantados hace casi una década, el escenario actual no muestra señales de mejora sustantiva.
El fenómeno se vuelve aún más crítico en la población infantil. Estudios desarrollados por el INTA en 2021, que analizaron a niños entre 4 y 14 años, revelaron que cerca del 78% presentaba deficiencia de vitamina D. En zonas australes, la proporción supera el 85%, una cifra que enciende alertas sobre las consecuencias a largo plazo en crecimiento, desarrollo y salud futura.
Regiones con alta radiación solar, donde la síntesis cutánea debería ser suficiente, muestran prevalencias similares a las del sur del país. Este patrón refuerza la idea de que el problema responde a causas múltiples, que exceden la disponibilidad de luz solar y se relacionan con condiciones metabólicas, hábitos de vida y factores socioeconómicos.
Obesidad, baja exposición solar y dieta
Desde el punto de vista fisiológico, la vitamina D depende en gran medida de la exposición a la luz solar. Se estima que entre un 75% y un 80% de su producción se genera a través de la piel, mientras que el resto proviene de la alimentación. En un país como Chile, esta combinación debería, en teoría, asegurar niveles adecuados en la mayor parte de la población.
Sin embargo, esa capacidad se ve limitada por varios aspectos que caracterizan a la población local. Entre ellos la prevalencia de la obesidad.
Al tratarse de una vitamina liposoluble, la vitamina D tiende a almacenarse en el tejido adiposo, reduciendo su disponibilidad para órganos y sistemas donde cumple funciones clave. Este mecanismo, descrito en la literatura científica como “secuestro” o “dilución”, afecta su acción en tejidos como el músculo, el riñón y el cerebro.
En un país donde más del 74% de la población presenta sobrepeso u obesidad, este factor adquiere un peso estructural, remarca el Dr. Pérez Bravo. La obesidad, añade el académico de la U. de Chile, no solo aumenta el riesgo de enfermedades metabólicas, sino que también limita la efectividad biológica del nutriente, incluso cuando la exposición solar es adecuada.
“Cuando hay un exceso de tejido adiposo, la vitamina D queda atrapada en esa grasa y no logra ejercer su función en los órganos donde es necesaria. Por eso vemos déficit incluso en personas que viven en zonas con alta radiación solar y que, en teoría, deberían sintetizarla sin problemas”, señala.
A este escenario se suma el bajo tiempo de exposición solar efectiva. Aunque Chile presenta altos niveles de radiación ultravioleta, el temor al cáncer de piel ha llevado a una reducción deliberada del contacto directo con el sol, una precaución que los especialistas consideran comprensible frente a patologías cutáneas.
Como consecuencia, el uso extendido de protectores solares limita la capacidad de la piel para sintetizar vitamina D, lo que disminuye una de las principales fuentes naturales de este micronutriente. Sin embargo, el Dr. Pérez Bravo precisa que bastan solo entre 15 y 20 minutos diarios de exposición solar directa, en horarios de menor radiación, para favorecer la síntesis de vitamina D.
El tercer factor es de carácter económico y alimentario. Las principales fuentes dietarias de –como pescados grasos entre ellos jurel, sardina y salmón– presentan costos elevados y un consumo poco frecuente en la dieta. Esta restricción económica reduce el acceso sostenido a alimentos ricos en este nutriente, especialmente en sectores vulnerables.