El programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad (VCCB) del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) lleva 17 años mostrando que incorporar fauna nativa –zorros, rapaces y marsupiales– en el manejo de viñedos reduce plagas, disminuye el uso de pesticidas y mejora la rentabilidad.
La iniciativa, liderada por la ecóloga Olga Barbosa, académica de la Universidad Andrés Bello y directora alterna del IEB, trabaja con más de 20 viñas chilenas, entre ellas Cono Sur, Concha y Toro, Santa Rita, Emiliana y Montes.
El programa se originó como parte de los fondos basales de ANID para acercar la investigación científica al sector productivo. Sus primeros resultados desmintieron la creencia de que el bosque nativo competía con los cultivos por el agua. Estudios posteriores mostraron que los viñedos más aislados de vegetación nativa presentaban mayor incidencia de plagas, debido a la escasez de depredadores naturales: pocas rapaces y zorros enfermos con distemper transmitido por perros asilvestrados.
A partir de ese diagnóstico, el equipo implementó medidas concretas: instalación de cajas nido para búhos, posaderos para aves rapaces y recuperación de hábitat para fauna nativa. Los resultados fueron rápidos y medibles. Los trabajadores de las viñas comenzaron a reportar avistamientos regulares de cernícalos, peuquitos y zorros, señal de que los ecosistemas estaban recuperando su equilibrio.
“Cuando tú les das lugares donde posarse, observar y descansar, empiezas a incentivar la presencia de rapaces y el control natural de plagas”, explicó Barbosa. El equipo también documentó que los “árboles isla” —árboles aislados en medio del campo— cumplen la misma función que las estructuras artificiales para aves insectívoras utilizadas en viñedos de Estados Unidos, sin costo adicional para las empresas.
El bosque y la viña comparten el 80% de sus microorganismos
En una segunda etapa, el programa extendió su análisis al vino mismo. Investigaciones del equipo determinaron que el bosque nativo comparte cerca del 80% de los microorganismos relevantes para la elaboración del vino con los viñedos, incluyendo levaduras fermentadoras que inciden directamente en aromas, sabores y calidad.
Un estudio realizado con nueve viñas en el valle de Colchagua demostró además que cada viñedo posee una comunidad microbiana única, y que esas diferencias se incrementan con la distancia geográfica entre predios.
El hallazgo tiene implicancias comerciales directas: la pérdida de biodiversidad y la homogeneización del paisaje se traducen en una pérdida de identidad del vino. “Perder biodiversidad también es un perjuicio para el negocio, porque se pierde el terroir y todas las viñas terminan siendo iguales”, advirtió Barbosa.
Las viñas participantes en el programa conservan actualmente 43 mil hectáreas de bosque y matorral nativo, lo que representa un incremento de al menos 10% sobre la superficie protegida formalmente en el país.