Y Allende no se rindió
Littin se equivoca: matar a Allende es matar la democracia y darle razón a una transición que hoy se desmorona. En cambio, un Allende suicidado es la esperanza de creer que todavía hay un espíritu republicano plegado a su imagen, y que sólo tenemos que buscarlo.
Columnista