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Javier Edwards Renard: “Una mala crítica puede salvarte la vida”

En un ejercicio que mezcla un poco de masoquismo con aires de revancha, nuestro columnista se reencuentra con quien demolió su primer libro hace ya tres décadas. Analizan a los autores chilenos de ahora, desclasifican viejas anécdotas editoriales y hablan de cómo las reseñas —buenas o malas— pueden determinar el destino de un autor.

Javier Edwards Renard me destruyó la vida en 1995. O me la salvó, todavía no estoy seguro. Su crítica a mi primer libro de cuentos, Invierno en la torre, titulada A tirones con las palabras, fue tan demoledora que la gente me daba el pésame como si se hubiera muerto mi madre. O como si la hubiesen asesinado más bien. La crítica salió publicada en todo poderoso suplemento Artes y Letras de El Mercurio, y fue replicada con más o menos las mismas palabras por críticos de todos los diarios regionales de esta cadena y de otras. Tres años después, el mismo Edwards aplaudiría mi siguiente libro con la misma vehemencia con que había condenado el anterior. Había quedado bautizado. Un ejercicio de poder que, sin embargo, no puedo dejar de mirar con nostalgia treinta años después, en la oficina en Alonso de Córdova donde el propio Edwards Renard ejerce como abogado para un buffet español.

Abogado es lo que fue primero Edwards, quien acaba de publicar este año su libro de cuentos El ojo de Pascal y que anteriormente recopiló sus mejores críticas en El tejido de la crítica. Ejercía en el Banco Central donde una pregunta sobre derechos humanos lo calificó entre las aves raras que nadie ascendería, permitiéndole ejercer en sus cada vez mayores tiempos libres la reseña de libros, primero en La Época y luego en el temido El Mercurio de los noventas en que quedé condenado bajo palabra ese invierno de 1995.

“Cuando me llegó tu libro —relata con una impecable imparcialidad en que es difícil anotar algún desorden, aunque es imposible descartar su subterráneo latido— yo te veía en televisión muy seguro, muy olímpico en tus opiniones. Pensé: a este tipo que habla con tanta autoridad y le tira palos a medio mundo, habrá que pegarle un palo también. Pero lo que vino después fue tremendo: cartas al director diciendo que yo era el representante de la dictadura, gente que nunca había leído una crítica mía atacándome con dureza. Hasta Skármeta me contestó”.

—La paradoja es que tu crítica demoledora a mí en el fondo me salvó. Pero a otros, como Gonzalo Contreras y gran parte de la nueva narrativa, nunca superaron del todo las buenas críticas iniciales…
“Si te dicen que tu primera novela es magistral, es un peso brutal. ¿Qué pasa con la segunda y la tercera? Las posibilidades de caer son todas. En cambio, una mala crítica en tu primer libro es una muy buena ayuda: si no aguantaste, te fuiste y no perdiste 20 años de tu vida. Si aguantaste, vas a aguantar todo”.

— Treinta años después, ¿valió la pena causarme ese dolor?
“Tú sobreviviste, encontraste tu voz, escribiste Memorias prematuras que estableció una matriz generacional. La crítica cumplió su función: te mostró quién no eras para que pudieras descubrir quién sí eras. Ese es el regalo más grande que puede hacerte un crítico. Especialmente cuando duele. Y ahora yo mismo, con El ojo de Pascal, me expongo a ese juicio, aunque dudo que alguien se atreva a ser tan cruel como yo fui contigo”.

—En mi caso, me obligó a entender qué tipo de escritor no era. Yo quería escribir con ese minimalismo que estaba de moda. Entendía que, por ahí, en la escritura de una clase media olvidada, en el mundo de las torres de departamento de los 70 y 80, había algo importante —algo que sería Zambra después— pero que no era yo. Pensé que podía engañar a los lectores y los críticos como tantos lo hacían. Pero por suerte no tuve esa suerte.
“Ese era el trabajo sucio que había que hacer. Lástima que ya no existe. Sin crítica real, sin ese espejo cruel pero necesario, ¿cómo sabe un escritor quién es? Yo sentí que era necesario separar la paja del trigo. En esos años se publicaba cualquier cosa con la excusa de la recuperación democrática. Planeta veía un nombre que era venta segura y no se preocupaban de editar. Había textos todavía muy crudos. Mi trabajo era discriminar, en el buen sentido de la palabra. Al releer esas críticas creo que, sin ser autocomplaciente, no estuve tan equivocado”.

— Nosotros no nos conocíamos, pero me imagino que ese nivel de exigencia y de sarcasmo debió costarte caro con otros escritores que los críticos inevitablemente frecuentan.
“Jorge Edwards se enojó conmigo con una crítica como se enojan los Edwards: con esa cosa muy british de no poder demostrar las emociones, mirándote con la nariz respingada. Era un tipo generoso conmigo, me había ayudado cuando me fui a Barcelona. Pero cuando leí El Origen del Mundo sentí que no estaba ahí su mayor potencia. Se lo dije y nunca me lo perdonó. Por eso yo tenía una regla: nunca hice una crítica de alguien que considerara mi amigo a un nivel que no pudiese escribir con total libertad. Con Marta Blanco fue distinto. Critiqué uno de los libros y después me llamó para que nos conociéramos. Conversamos hasta las siete de la mañana y nos hicimos grandes amigos. Era mi paño de lágrimas cuando todo el mundo me atacaba por tu crítica. Me decía déjalo, déjalo. Esto es lo que hay que hacer, que la cosa se mueva. Pero nunca más le hice una crítica pública. Me convertí en su editor, en su sparring. Ella escribía desde el desorden caótico, desde la ‘majamama’ como decía, era muy erudita, pero necesitaba estructura y yo la ayudaba en eso.

— Fuiste de los primeros en leer bien a las escritoras de los noventa.
“Era una generación de una misoginia absoluta, pero había un grupo de mujeres potentes escribiendo. Las llamé las Diamelitas. Lina Meruane, Andrea Jestanovic, Nona Fernández, pero también escribí sobre Pía Barros, Ana María del Río, un arco diverso de voces. Aunque te confieso: cero humor en toda esa generación. No había nada de humor en esas mujeres… aunque tampoco en los hombres”.

—Y de pronto llego Bolaño y pateó el tablero.
“Bolaño fue influyente, sin duda, pero para mí no es un escritor chileno. Chile siempre tuvo una narrativa tímida comparada con su poesía, y Bolaño llegó diciendo: puedo escribir 600 páginas, perder el rumbo y volver a encontrarlo. Para mí, el redescubrimiento de Nicanor Parra fue en gran parte gracias a Bolaño”.

—Creo que lo vimos por entonces como una liberación de Donoso. Del personaje de Donoso, quizás más que el del escritor Donoso, que sigue siendo la influencia central de la narrativa chilena.
“Cuando critiqué las memorias censuradas de Donoso diciendo que era ‘un libro de señoras tomando té’, se armó un escándalo. Pasaba también que mi hermana estaba casada con Gonzalo Figueroa, que era el que le censuró el libro”.

—Con Bolaño llegaron Zambra y Bisama, que para mí fueron en un momento importantes como críticos antes de afirmarse del todo como autores. Ellos entraron con un discurso bien claro, muy crítico de la llamada nueva narrativa, instalando las bases para leer sus propios libros.
“En el fondo, el contraste no es tan contraste como parece. He leído un par de textos recientes de Bisama y me sorprendieron harto: hay un Bisama más ensayístico, con un rigor y una elegancia intelectual bien marcada, casi como un texto de tesis, pero muy bien armado. Dan ganas de seguir leyéndolo por ese lado. Y, al mismo tiempo, cuando uno lee ‘Oráculo’, aparecen muchas cercanías con Fuguet: la cultura pop pero trabajada desde una estética más oscura, más delirante, casi gótica. Quizás habría que releer la nueva narrativa con más cuidado, verla en conjunto y no solo desde los gestos iniciales. Fuguet es un buen ejemplo. Es divertido escucharlo: un sesentón como uno, que todavía conserva algo de veinteañero, con una voluntad bien persistente de quedarse instalado en ese momento vital”.

—Ahora tú mismo has pasado de crítico a escritor, con El ojo de Pascal. ¿Cómo fue esa transición?
“Siempre quise escribir ficción, pero primero tenía que entender cómo funcionaba la literatura desde la crítica. Es curioso: después de años demoliendo o celebrando libros ajenos, uno se expone al mismo juicio. Aunque el ambiente actual es tan complaciente que probablemente nadie me dirá lo que realmente piensa”.

—Ya no hay un medio omnipresente o un crítico casi único como pudiste ser tú o Valente, o Alone, y esta actual crítica multiforme aumenta la autocomplacencia. Todo el mundo tiene su crítico, menos el lector común que hoy solo tiene como guía lo que el poder de ventas de las editoriales le dicen.
“Es una incomodidad que siento justo en este momento en que es estoy leyendo ‘Marciano’, de Nona Fernandez, para la revista Santiago. Uno puede comentar el libro como novela —decir que tiene buenos momentos, otros más flojos, que se estira jugando con la forma—, pero el problema aparece cuando uno se pregunta para qué está escrito. Porque el libro termina convirtiendo a su personaje en una especie de héroe, y no lo es. Ahí se cuela una pregunta ética inevitable. A mí Pinochet no me provoca ninguna simpatía, pero tampoco puedo celebrar la idea de un balazo en la cabeza como solución. Yo no creo que en la literatura se censure ni se juzgue moralmente, pero eso no significa hacerse el leso con las implicancias del texto. Cuando una novela empieza a justificar una cosa para combatir a la otra, la incomodidad no es política: es literaria”.

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