Escribo este artículo sin saber, obviamente, los resultados de las elecciones. Pero aún sin saberlo, puedo predecir que al menos un 30% de los chilenos entrarán el 15 de diciembre a la oposición. Otro 15%, que puede haber votado por quien gane, esperará unos días más para sentirse profundamente defraudado.
En resumidas cuentas, una sola cosa se puede saber: ganará la oposición, como lo ha hecho en las últimas cinco o seis elecciones. Sabemos también, entonces, que el ganador o ganadora va a perder.
Que, de aquí a seis meses, o menos, tendrá que sentirse profundamente derrotado. Lo más seguro es que perderá el favor de una población a la que se le ha dicho en todos los tonos que el país vive en el desastre terminal, que su economía está destruida, que su seguridad vive una crisis sin precedentes, que estamos siendo invadidos por hordas extranjeras sin control, que vivimos en el peor Chile posible y que no hay otra salvación que un cambio muy brusco que —cuando se presenta a través de medidas concretas— nadie quiere realmente.
Este diagnóstico apocalíptico ha sido el caballo de batalla de la derecha liderada por Kast. Y no puede ser honestamente contestado por la candidata Jara porque, mal que mal, su gobierno, el de Boric, nació de la misma lógica: que Chile estaba viviendo una crisis profunda e irremediable, un malestar total que debía tener como única respuesta un cambio radical: el estallido que el Partido Comunista intentó hacer propio y la primera constituyente transformó en su idea central. Un país que no se reconoce a sí mismo, que no se quiere y no puede querer a sus ciudadanos, un Chile destruido y destructivo que habría que volver a hacer desde su base. Renombrar, repoblar y reconstruir de la nada o de menos que la nada.
¿En qué momento se jodió Chile?
“¿En qué momento se jodió el Perú?”, se pregunta Zavalita una y otra vez en “Conversación en La Catedral”. Uno tendría la tentación de decir, ¿y cuándo se jodió Chile? Pero habría que preguntarse de vuelta, ¿se jodió Chile? Si lo comparamos con el Perú actual, un país sin gobierno, en que la corrupción es una forma de ley, en que los microbuses pagan impuestos al narco para circular, y en que la mitad de la población odia a muerte a la otra, se podría decir que Chile está muy lejos de haberse jodido del mismo modo como se jodió el Perú. Claro que el Perú crece, y tiene una macroeconomía más o menos sana. Una macroeconomía que aprendió a mantenerse lejos de la política usando justamente como modelo a Chile que, pasando de una coalición a otra, no ha cambiado este dato de realidad que un país tan poderoso, culto y potencialmente rico como Argentina, por ejemplo, no ha logrado implementar.
¿Cuándo se jodió Chile entonces? Cuando su elite culta, cuando su elite informada, decidió que el país estaba jodido. Cuando primero la elite de izquierda, y luego la de derecha, decidió llamar a Chile “este país” como si tuvieran otro, como si pudieran elegir entre “este país” y “otro país”. Cuando miraron con desprecio nuestra realidad, pensando que éramos un buen alumno de un colegio de porros, un buen vecino en un barrio muy pobre, y empezaron a esperar una recompensa que el mundo no nos podía dar. Cuando Chile empezó a pensar que sería Portugal sin conocer para nada la historia de Portugal. Cuando se comparó con España sin conocer para nada de la historia de España. Cuando empezó a leerse en papers en inglés, cuando empezó a viajar sin pensar que tendría que regresar con su posgrado y su Beca Chile a hacer clases en Chiguayante o en una universidad privada que en el fondo no reconocería nunca su brillo. Cuando empezó a creer que toda su gloria se debía a su esfuerzo personal y toda su miseria y toda su pobreza a “este país de mierda”.
El círculo vicioso del desprecio
Empezó ahí un círculo vicioso del que no hemos salido nunca del todo. Un ambiente basado en la idea de que, para ser parte de los privilegiados, había que ser capaz —como ellos— de quejarse de este país peninsular, perdido, lejano, torpe y subdesarrollado. Motivos concretos y reales para las quejas por cierto nunca faltaron: Chile, como el resto del continente, sufre todos los síntomas de una desigualdad congénita que se hace más patente cuando la prosperidad calla el hambre, pero no las ganas de comer.
Esta desigualdad no es solo económica sino la base de una cultura perfectamente jerárquica que hace de la humillación su principal arma de control. Chile es, además, una sociedad de vigilantes, endogámica y generalmente carente de audacia o de imaginación. Una sociedad tribal que, al abrirse a un mundo interconectado, no sabe muy bien dónde ponerse. Una sociedad a mitad de camino entre una historia insular y un presente global. Un país donde no había más negros que “el negro” de la oficina, y donde todo se podía hacer mientras se hiciera a escondidas. Una sociedad incómoda que había sufrido pocas dictaduras porque en general habitaba en todos un dictador que la hacía innecesaria. Un país que no se pasaba de largo ni se salía con la suya que de pronto se encontró visible, mirado, envidiado, pero aún lleno de carencias, de miedo, de pobreza y mezquindades.
Este diagnóstico —el de un país mal crecido, mal querido, mal comprendido, gigantescamente desigual— lo compartimos todos más o menos. Y las soluciones tampoco fueron, al menos al comienzo de los 2000, tan diferentes. En cualquier caso, pedían de todos paciencia, cuidado, exactitud, rigor e imaginación. Creo que eso último fue lo primero que falló.
Cuando Andrés Allamand pensó que la tesis del desalojo era la única posibilidad de llevar a la derecha al gobierno, algo se rompió. Finalmente, lo que permitió que Piñera ganara fue justamente lo contrario, la idea de que su cambio era una continuidad, de que en el fondo en las fogatas él también cantaba canciones de Violeta Parra y Silvio Rodríguez. Pero el daño ya estaba hecho. La oposición a Bachelet fue dura, total, completa e intransigente. La oposición a Piñera 1 fue igual o peor, ayudada por una oposición dentro de la misma derecha, la que encabezó Carlos Larraín y que encarnó mejor aún José Antonio Kast. La idea de que Chile se había ido a “las pailas” y que bailaba “la cueca empelota” se volvió una especie de código necesario para ser parte de Casa Piedra.
Los hijos de izquierda de esa misma derecha, los que serían el Frente Amplio, interpretaron esta misma sensación de un país que ya no se reconocía a sí mismo en una clave martirológica y misionera. La pobreza, que descubrieron tarde, los horrorizó estéticamente primero y éticamente después, pero nunca logró una articulación política coherente porque entre otras cosas ningún vocero del mundo popular consiguió ser invitado a la fiesta.
El juego de suma cero
Este juego de suma cero llegó a su máxima representación en la pandemia que siguió al estallido. La oposición a Piñera 2 encontró el terreno fértil en un gobierno que había perdido toda autoridad entre los suyos y los ajenos. Se le permitió apenas gobernar solo para golpear mejor al presidente “Piñata”, que a palo da dulces. El episodio de los retiros fue el momento de inflexión total: el minuto en que la izquierda triunfó adhiriendo al sentido de la derecha más neoliberal, esa que cree que los pobres deben financiar su pobreza con sus propios ahorros.
El resultado de la medida o su lógica no importaban, lo que importaba no era ni siquiera ganar, sino conseguir que el otro perdiera. La continuidad, cualquier tipo de continuidad, empezando por la política, ya fue imposible. Boric, candidato de la oposición de izquierda se enfrentó a Kast, candidato de la oposición de derecha. Los dos coincidieron en que el país estaba peor que nunca, ninguno de los dos admitió que gran parte del desastre se debía a la combinación de estallido+pandemia.
Nunca quisieron ver o nunca vieron el Chile que pretendían gobernar. Boric ofrecía algo de esperanza, el otro solo la gravedad del diagnóstico. Ganó el primero porque quizás los chilenos no estaban en ese momento tan desesperados como querían creer.
¿El fin del mundo?
Cuatro años después, el diagnóstico de fin de época, de fin de mundo, se hizo imposible de evitar. ¿Viven sin embargo los chilenos en este fin de mundo? ¿Hay en las calles de Santiago o Valparaíso o Concepción una desesperación acechante, una incomodidad inevitable? A los que respondemos que no, se nos contesta que tenemos menos calle que Venecia. Pero habría que responderle que quizás recorremos las mismas pocas calles (que no son tan pocas) pero hace mucho más tiempo. Que justamente ese tiempo, y el hecho de que caminemos en otras calles del resto del mundo, nos hace pensar que hay en ese pesimismo más cosas de flojera intelectual que de la observación certera. Que hay, sobre todo, una especie de arribismo inverso, que quiere pensar que porque te sientes mal estás bien, que porque te quejas no eres ya un “roto agradecido” y que, por ende, puedes mirar a tu país como “este país”.
Hay siempre una distancia entre lo que un país cree que es y lo que los datos objetivos dicen. Lo mismo pasa con las personas. Entre lo que siento que me duele y dónde está mi verdadero dolor hay siempre una distancia. Los franceses piensan que viven en el infierno, pero los alemanes que viven igual no sienten lo mismo. Para qué decir los españoles, que, aunque viven objetivamente peor se sienten mejor. Esta distancia entre lo subjetivo y lo objetivo es normal y sana solo hasta cierto punto. Si yo pensara que con mi metro sesenta y dos y mis 55 años podría postular a ser basquetbolista de la NBA, pocos pensarían que estoy en mis cabales. Si un país al que le falta población cree que le sobra gente, si el país más seguro del continente siente que su principal problema es la inseguridad, es porque no está viendo sus verdaderos problemas.
Alguien, o más que alguien, tendría que tener la valentía de decir, sin esperar ganar votos, que los problemas de Chile no son ni la inmigración ni la seguridad, sino la productividad, la natalidad, la educación inicial, la cohesión social, el trato justo y digno entre los ciudadanos. Que el abismo que nos enfrenta no es solo económico —aunque la desigualdad sea obscena—. Es más bien cultural, emocional, casi ontológico. Es no poder imaginarse en los zapatos del otro. Es el cuico que no puede concebir vivir con el mínimo. Es el pobre que no puede imaginar que el rico también sufre. Es el inmigrante que no entiende el miedo del chileno. Es el chileno que no entiende la esperanza del inmigrante.
El verdadero diagnóstico de Chile no es económico ni político. Es afectivo. Somos un país con déficit de cariño, con superávit de resentimiento. Un país que necesita terapia colectiva más que reforma tributaria. Que necesita mirarse con compasión más que en permanente competencia.
Pero este diagnóstico no tiene solución política. No hay ley que obligue a quererse. No hay decreto que imponga el cariño. No hay reforma que garantice el abrazo. Es un trabajo personal que se vuelve colectivo, o un fracaso colectivo que se origina en lo personal. Mientras no enfrentemos esto, mientras sigamos creyendo que el problema son los haitianos o los delincuentes o los políticos, seguiremos dando vueltas en el mismo círculo vicioso. Un país que no se quiere buscando culpables en lugar de aprender, simplemente, a quererse.
Quizás sea pedir demasiado. Quizás sea más fácil seguir odiándonos. Pero mientras no lo intentemos, mientras no tengamos la valentía de decir que el problema somos nosotros —todos nosotros— y la solución también, seguiremos siendo “este país” que desprecia ser este país, “esta gente” que no soporta ser esta gente, “este Chile” que no puede abrazar a Chile.