Si alguna vez una imagen en blanco y negro de un cuerpo al sol, un muchacho en la playa o una modelo de mirada perdida le vendió un perfume, un jeans o una idea de Estados Unidos, lo más probable es que detrás de la cámara estuviera Bruce Weber. Sus campañas para Calvin Klein, Ralph Lauren, Versace y Abercrombie & Fitch cambiaron la publicidad de los años ochenta y noventa, y desde este viernes 6 de noviembre su obra se exhibe por primera vez en el continente. La muestra Love From Afar ocupa todo el primer piso del MAC Parque Forestal.
La exhibición reúne campañas, fotografías de archivo, películas y documentos personales. Su punto de partida es My Education, la monografía que publicó TASCHEN, y la retrospectiva del mismo nombre que se presentó en la Casa de la Campana de Praga. La produce Milosh Harajda, el mismo productor creativo que trajo al MAC la retrospectiva de David LaChapelle. “Estamos felices que Chile sea la puerta de entrada de esta exhibición que queremos llevar a otras ciudades de Latinoamérica”, dice Harajda.
El ojo que definió un imaginario
Weber construyó un lenguaje fácil de reconocer: retrato en blanco y negro, desnudo masculino, escenarios de cine y una estética muy estadounidense, entre la vida al aire libre y la nostalgia. En 2012, Time lo incluyó en su lista “All-TIME Fashion Icons”. Su trabajo está en las colecciones del Victoria and Albert Museum de Londres y del Musée d’Art Moderne de París. Hoy mismo, con motivo del Bicentenario de la Fotografía, presenta cerca de setenta obras únicas en Paris Photo 2026, en el Grand Palais.

Ante su lente han posado Kate Moss, Naomi Campbell, Iman, Madonna, David Bowie, Beyoncé, Elizabeth Taylor, Leonardo DiCaprio y Heath Ledger. Pero la lista va mucho más allá de la farándula: también retrató a Joan Didion, Pedro Almodóvar, Louise Bourgeois y Nelson Mandela. Esa mezcla dice algo de su método. Para Weber, la estrella de cine y la escritora pertenecen a una misma galería de personajes que le interesan.
Más allá de la campaña
Reducir a Weber a la moda sería quedarse con la mitad de la historia. Desde temprano usó la cámara para acercarse a comunidades y personajes al margen del glamour. Broken Noses (1987), una de sus primeras películas, sigue al boxeador Andy Minsker y a los niños de su club de box en Oregón. En Let’s Get Lost (1988), nominado al Oscar en 1989 y hoy parte de la colección de cine del MoMA, retrató sin adornos los últimos años del trompetista Chet Baker, con su belleza y su deterioro a la vista.
El ejemplo más claro de esa fotografía social es su trabajo con la diáspora haitiana. Durante años fotografió a la comunidad de Little Haiti, en Miami, y también la isla misma. El resultado fue Haiti / Little Haiti, que el Museo de Arte Contemporáneo de North Miami presentó en 2010–2011, el mismo año del terremoto que devastó Puerto Príncipe. Ahí no hay modelos ni marcas: hay familias, músicos, niños, fieles y trabajadores, retratados con la misma dignidad que dedicaba a las portadas. Antes, en 2004, ya había expuesto en Washington retratos de refugiados haitianos, en medio del debate sobre la política migratoria estadounidense.
Ese interés por los oficios y las vidas ajenas aparece también en su cine más reciente, The Treasure of His Youth: The Photographs of Paolo Di Paolo, un homenaje al fotoperiodista italiano que retrató la Italia de posguerra. Y en la música, con videoclips como Being Boring de Pet Shop Boys, una de las piezas clave de los noventa, que hoy se lee también como una elegía a una generación golpeada por el sida.