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Araceli Paz: “Me da pena que el chileno no tenga más orgullo por su cocina”

Elegida como la mejor food stylist del mundo en 2013, su trabajo fotográfico se centra en la cultura de la comida. Ha colaborado en México con el destacado chef y ganador de dos estrellas Michelin Enrique Olvera —dueño de Pujol y Cosme— mientras que en Chile destaca su trabajo con Food and Wine Studio, de Pilar Rodriguez, y Boragó, de Rodolfo Guzmán. Además ha participado en más de diez libros de gastronomía, entre ellos Sunny Days Taco Nights y The Chilean Kitchen.

Su amor por la comida no se detiene en sus fotos, sino que está marcado sobre su propia piel. En su brazo izquierdo lleva tatuadas paltas, ostras, granadas, cebollas, alcachofas, pomelos, un huevo frito, pizza (su plato favorito), zanahoria, uva y un hueso de pavo.

En sus fotografías, platos, ingredientes y cócteles se transforman en arte. Un niguiri se convierte en un viaje; un negroni en un sueño. Con una mirada única, cultivada por años de oficio, la chilena Araceli Paz se ha vuelto una de las fotógrafas gastronómicas y de food styling más importantes del continente, labor que le valió recibir en 2013 el título de la mejor profesional de su ámbito en todo el mundo.

Con más de 31.500 seguidores en Instragram, esta santiaguina ha estado ligada a la cocina desde la cuna, ya que sus padres tenían un restaurante en Los Vilos, localidad en donde creció entre platos y el tintineo de copas. Sin embargo, desde pequeña alucinaba tanto con la comida como con el arte, tanto así que aún se le iluminan los ojos cuando recuerda la primera vez que vio en directo Las Meninas, de Velásquez, en el Museo del Prado de Madrid, obra que terminaría por ser —definitoria en el uso de la luz natural que utiliza en su trabajo.

Aunque en un principio estudió diseño gráfico, se retiró en cuarto año convencida de que no iba a destacar en esa profesión. Tras una estadía en Valencia decidió dedicarse a la fotografía, pero “sabía que no quería trabajar con modelos porque soy tímida y mal genio, y no quería lidiar con ese ambiente”, por lo que se especializó en fotografía gastronómica, marcando pauta previo a que mediomundo se pusiera a subir fotos de platos a las redes sociales.

Radicada hace 15 años en México, donde ha construido una trayectoria que abarca la fotografía, la dirección creativa institucional y la curaduría de marca, además de una familia junto a su marido de origen francés y su pequeña hija, su trabajo fotográfico se centra en la cultura de la comida: ingredientes, cocinas, restaurantes, libros.

Durante su trayectoria ha colaborado con Grupo Enrique Olvera (Pujol, Cosme, Damián, Criollo, Manta, Molino, Eno, Atla, Carao); Rosetta, de Elena Reygadas; Food and Wine Studio, de Pilar Rodriguez; Yum Cha, de Nicolás Tapia; Cana, de Fabiola Escobosa y Boragó, de Rodolfo Guzmán, además de proyectos institucionales como ProChile. También ha participado en más de diez libros de gastronomía, entre ellos Todo a la parrilla, Del blog a la mesa, Terruño chileno, Tu casa mi casa, México de adentro hacia afuera, Sunny Days Taco Nights, Refugio, The Chilean Kitchen y Veinte.

Su amor por la comida no se detiene en sus fotos, sino que está marcado sobre su propia piel. En su brazo izquierdo lleva tatuadas paltas, ostras, granadas, cebollas, alcachofas, pomelos, un huevo frito, pizza (su plato favorito), zanahoria, uva y un hueso de pavo.

Sobre su trabajo, voces autorizadas como el periodista gastronómico Daniel Greve han dicho que “si la mayoría de los fotógrafos buscan la luz de estudio perfecta, y la galleta más redonda, posiblemente Araceli, por el contrario, quiera retratar el momento con la luz que existe en ese preciso minuto, y quizás romper la galleta, fracturarla, para mostrar su lado salvaje, orgánico y, sobre todo, decirnos que es comestible y no un elemento de utilería. Araceli procura, sin miedo ni tabúes, mostrar un plato vivo, exquisito, sexy”.

El chef Tomás Olivera también ha señalado que “su estilo y versatilidad hacen que sea fácil trabajar con ella, donde el respeto y el aporte generan una gran sinergia entre ella, los chefs y restaurantes”.
Aunque estos elogios siempre le han causado se define como una fotógrafa de comida. “Hago esto porque tengo la posibilidad de transmitir lo que uno experimenta cuando come. Si ves la foto de un sándwich, eso no te va a cambiar la vida, pero sí se te puede hacer agua la boca”.

Visiones desde México

Cuando llegó Araceli a México, en 2014, lo hizo sin la intención de quedarse. En sus planes estaba hacer las fotos de su primer libro con Enrique Olvera y luego devolverse a Chile. Tras elaborar De adentro hacia afuera, quien es considerado como el gran impulsor de la comida mexicana de alto nivel la convenció de quedarse trabajando con él.

“En ese tiempo todavía no existía el boom de Instagram ni esta idea de usarlo como portafolio para restaurantes. Tener un fotógrafo in-house no era algo común. Estamos hablando de hace unos quince años. Y aunque no quiero decir que descubrimos la pólvora, sí creo que Enrique fue de los primeros en dar ese salto y decir: Voy a contratar a un fotógrafo fijo, alguien que trabaje con nosotros todo el tiempo”.

Lo que partió como fotógrafa pronto se fue extendiendo hacia otras áreas, haciendo los menús, los flyers, ayudando en diseño, en contenido, en comunicación. Desde ahí sería solo un paso para que comenzase a involucrarse en entrevistas, notas de prensa y relaciones con medios. “No sé si es un superpoder, pero empecé a conocer muy bien a Enrique. Era capaz de anticiparme a sus necesidades, contestar entrevistas en su nombre o tomar decisiones del día a día que él simplemente no alcanzaba a manejar”.

—¿Y cómo fue comenzar a trabajar como fotógrafa in-house de un restaurante en una época previa al boom de Instagram?
“Se me dio súper natural porque yo vengo de restaurantes. Crecí en ese ambiente. Entonces meterme en la rutina diaria no fue complicado. Además, siento que el restaurante es un concepto bastante universal. No es como ser abogado, donde cambian las leyes o las legislaciones. Un restaurante aquí o en China funciona de maneras bastante similares”.

En esa época literalmente vivía en el restaurante. Tenía horario de oficina, iba de una cocina a otra, veía cómo montaban las salas, observaba el servicio. Para ella era un poco volver a su infancia. Se sentía completamente en su salsa.

—¿Y cómo ves hoy el cambio que ha tenido la industria, sobre todo considerando que muchos restaurantes ahora se venden principalmente por su imagen en redes sociales?
“Ha cambiado muchísimo. Y es bien loco ver cómo algunos restaurantes hoy le ponen más esfuerzo a las fotos que al servicio o al sabor de la comida, que deberían ser lo importante. Obviamente a mí me beneficia que exista este boom porque es mi trabajo, pero siento que la fotografía gastronómica se ha bastardizado bastante. Antes la fotografía servía como testimonio de lo que pasaba dentro de un restaurante, le daba credibilidad a ciertos procesos. Hoy eso se perdió. Ya no siempre lo que se muestra es lo que realmente existe”.

—Es un poco la eterna crítica a la foto de la hamburguesa que no es la misma que la de la foto.
“Claro, exactamente. Y ahora, con la inteligencia artificial, podemos literalmente mentir en lo que queramos. Siento que se trastocaron las prioridades. Ahora es más importante cómo se ve el espacio. Me ha tocado escuchar preguntarse, en reuniones de proyectos o viendo renders de restaurantes en construcción: ¿Y dónde está el Instagram moment de este lugar? La gente está diseñando restaurantes pensando en cuál será el rincón donde las personas se van a sacar fotos. Y eso duele un poco cuando una es romántica del restaurante, porque un restaurante debería ser un lugar de encuentro, de conversación, de pasarlo bien, de olvidarse del exterior. La imagen terminó empujando a segundo plano lo que realmente importa”.

—Trabajaste muchos años con Enrique Olvera, alguien con dos estrellas Michelin y restaurantes en distintos países. ¿Qué crees que lo hace tan especial?
“Creo que es una suma de cosas. Viajar es súper importante. Obviamente no todo el mundo tiene la posibilidad de recorrer el mundo, probar restaurantes, inspirarse. Pero incluso personas sin grandes recursos, como Nicolás Tapia, de Yum Cha en Chile, entendieron que viajar y conocer es fundamental. Uno puede ver cosas por internet o Instagram, pero no es lo mismo vivirlas, probarlas, experimentarlas. Creo que una de las grandes diferencias en este rubro es la cantidad de referencias que uno tiene”.

—¿Y qué sentías que aportabas tú en esa dinámica?
“Además de mis conocimientos técnicos, creo que mi diferencia es que no hago solo fotografía. También escribo, me interesa el diseño de interiores, la comunicación. Enrique no es solamente un cocinero; yo lo definiría más como un restaurantero, un empresario creativo. Le interesa la arquitectura, la música, el arte, el diseño. Todo eso lo integra en sus proyectos. Y mi fortaleza fue justamente acompañarlo en eso. Me convertí un poco en él”.

—¿Cómo ves hoy la escena gastronómica mexicana?
“Hay una intención súper fuerte de valorar lo propio: ingredientes locales, técnicas locales, tradiciones. Pero también está pasando algo muy loco: abrir restaurantes se puso de moda. Ya no son solamente proyectos de chefs; ahora DJs, diseñadores y gente de distintos mundos quieren abrir bares, cafés o restaurantes. Y así como se abren muchísimos lugares, también cierran rápido. Todo es mucho más efímero”.

—¿Y qué te pasa cuando vuelves a Chile?
“Siempre me da pena que el chileno no tenga más orgullo por su cocina. Chile tiene muchísimo de qué sentirse orgulloso gastronómicamente, pero pareciera que todavía cuesta valorarlo. Y no digo que deban existir solamente restaurantes chilenos. Está perfecto que haya cocina tailandesa, vietnamita o japonesa. Pero siento que hace falta reivindicar una buena cazuela o una buena cocina chilena cotidiana, sin complejos”.

—Cuando te hiciste conocida en Chile tus fotos tenían mucho foco en construir una imagen apetecible de los platos. ¿Eso ha cambiado?
“Sí y no. Creo que mi fotografía está al servicio de cada proyecto. No todos necesitan lo mismo. Una barra de sushi, por ejemplo, no pide necesariamente esa estética más “sensual” de la comida. Una de mis fortalezas es justamente poder adaptarme a las necesidades de cada marca”.

Un nuevo paso

Con 10 libros publicados junto a destacados chefs chilenos e internacionales, y proyectos para grandes editoriales como Phaidon, cuenta que hacer libros es probablemente lo que más le gusta. Aunque siempre diga que nunca más va a hacer otro porque son agotadores emocionalmente. “Pero cuando finalmente los tienes impresos, en las manos, es súper gratificante. Hoy casi todo lo que hago es digital, entonces el libro tiene algo romántico: deja una prueba física de que ese trabajo existió. Además, hacer libros me permite desarrollar una fotografía más documental, viajar, conocer personas y lugares increíbles. Eso es lo mejor de mi trabajo”.

Tras realizar un libro sobre tacos junto a Enrique Olvera, hoy Araceli está en una etapa de cambios importantes tras ser madre de Portia. Según cuenta, la maternidad la cambió en ciento ochenta grados.

“Hay un antes y un después. Yo era súper obsesiva con mi trabajo. Le dedicaba una cantidad enorme de energía y cabeza. Y eso se acabó. Todavía estamos entendiendo cómo va a funcionar esta nueva etapa. Vivimos solos acá, sin red de apoyo: no hay abuelos, hermanos ni primos. Entonces estoy con mi hija todo el tiempo. Incluso voy a sesiones de fotos con ella. Eso significa que me concentro mucho menos y honestamente no es una dinámica sostenible a largo plazo. Todavía estoy viendo si tengo que dejar algunos trabajos o reestructurar cosas”.

En esa restructuración junto a su esposo cofundaron FENN Apartamento, tienda de ingredientes artesanales y objetos cotidianos. Ahí dirige la identidad de marca, la fotografía y la curaduría del proyecto, así como la publicación editorial FENN Chronicles en Substack.

“Es algo nuevo, pero al mismo tiempo no tanto, porque son cosas que yo ya hacía antes: diseño, uniformes, materiales, conceptos, dirección visual. Y honestamente creo que es de las cosas que más me gustan. Además, la fotografía exige muchísimo de mí mentalmente, y ahora mismo no tengo toda esa energía disponible. Entonces este nuevo trabajo es un buen equilibrio: me gusta, me toma menos tiempo y seguimos creciendo”.

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