Paloma Valencia creció en una familia donde la historia de Colombia no era una referencia distante, sino parte de la conversación cotidiana. Nació en Popayán, una ciudad atravesada por la tradición política e intelectual del país. Por la rama paterna es nieta del expresidente Guillermo León Valencia y bisnieta del poeta y dirigente conservador Guillermo Valencia. Por la materna, es nieta de Mario Laserna Pinzón, filósofo, académico y fundador de la Universidad de los Andes. También es sobrina nieta de Josefina Valencia, reconocida como la primera mujer en ocupar un ministerio en Colombia.
Ese origen podría haberla conducido a habitar cómodamente un apellido conocido. Pero Valencia eligió un camino más expuesto, construir una identidad política propia, participar del debate público y defender sus ideas incluso cuando estas despertaran una fuerte controversia. En una región donde la política suele premiar los silencios estratégicos y las posiciones ambiguas, ella ha hecho de la claridad y también de la confrontación, uno de los rasgos centrales de su liderazgo.
Abogada, filósofa y especialista en Economía de la Universidad de los Andes (Colombia), cursó además una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York. Antes de consolidarse como dirigente, fue profesora universitaria, columnista, analista radial y autora de ensayos y textos políticos. Esa combinación de derecho, filosofía, economía y escritura permite comprender una característica que atraviesa su trayectoria: Valencia no concibe la política solamente como una competencia por el poder, sino como una disputa por las ideas, el lenguaje y la manera en que una sociedad imagina su futuro.
En su vida personal ha procurado conservar espacios fuera de la exposición pública. Es madre de una hija y, durante su campaña, se refirió a la tensión que supone alejarse de ella para recorrer el país, presentando esa ausencia como parte de una responsabilidad mayor con la Colombia que heredarán las nuevas generaciones. Es una dimensión íntima que permite observar a la persona detrás de la dirigente: una mujer que intenta conciliar la maternidad con una carrera política de máxima exigencia, sometida a la crítica permanente y a los costos personales que implica aspirar a conducir un país.
Su llegada al Senado en 2014 abrió una etapa decisiva. Durante tres períodos consecutivos se transformó en una de las principales figuras del Centro Democrático y en una de las voces más reconocibles de la oposición colombiana. Su trabajo legislativo se ha concentrado en materias como reactivación económica, reducción de la pobreza, austeridad estatal, inversión social, medioambiente y justicia. La confrontación con los gobiernos de Juan Manuel Santos y Gustavo Petro, su defensa del legado político de Álvaro Uribe y sus posiciones frente al acuerdo de paz con las FARC la instalaron en el centro de algunas de las discusiones más intensas de Colombia.
Valencia no es una figura diseñada para provocar unanimidad. Su liderazgo genera adhesiones profundas y resistencias igualmente intensas. Sin embargo, incluso sus adversarios reconocen su capacidad para argumentar, intervenir en debates complejos y sostener posiciones bajo presión. En tiempos en que la política regional suele reducirse a consignas, su formación intelectual y su experiencia parlamentaria le han permitido construir una voz identificable.
Su candidatura presidencial de 2026 representó la proyección natural de ese recorrido. Tras ser escogida como candidata del Centro Democrático, ganó la consulta interpartidista de la centroderecha con más de tres millones de votos. Aunque no alcanzó la Presidencia, la campaña la trasladó desde el liderazgo sectorial a una posición de alcance nacional y regional. Por primera vez, una mujer proveniente de la derecha colombiana llegaba con posibilidades competitivas y una estructura política relevante a disputar el máximo cargo del país.
Su propuesta de gobierno se articuló en torno a tres conceptos: seguridad, crecimiento y fortalecimiento institucional. Planteó ampliar las capacidades de las Fuerzas Armadas y de la Policía, combatir con mayor decisión al narcotráfico y terminar con las negociaciones que, desde su perspectiva, otorgaban ventajas a organizaciones que continuaban ejerciendo la violencia. En economía, propuso reducir la carga tributaria empresarial, simplificar el sistema impositivo, recuperar la confianza de los inversionistas y reactivar los sectores energético, minero, industrial y de infraestructura.
Su mirada de futuro para Colombia se sostiene en una convicción: sin seguridad no existe libertad, y sin crecimiento económico resulta imposible financiar una política social duradera. A ello suma la educación orientada hacia la empleabilidad, las habilidades digitales y el emprendimiento, una mayor conectividad de los territorios, respaldo a las mujeres jefas de hogar, y mecanismos tecnológicos para combatir la corrupción y mejorar la transparencia estatal. Es una propuesta que puede ser discutida y confrontada, pero que posee una dirección reconocible: reconstruir la autoridad del Estado y convertir a la inversión privada en una herramienta para recuperar empleo, movilidad social y oportunidades.
Esa visión también explica su dimensión latinoamericana. Los desafíos que identifica en Colombia el crimen organizado, la fragilidad institucional, el estancamiento económico, la desconfianza ciudadana y la polarización no pertenecen exclusivamente a su país. Se repiten, con distintos matices, en gran parte de la región. Por eso, su voz encuentra resonancia más allá de las fronteras colombianas y la proyecta como una dirigente capaz de intervenir en la discusión sobre el futuro democrático de América Latina.
Su relevancia como líder femenina no reside únicamente en haber competido por la Presidencia. Está también en la manera en que ha ocupado el poder político, sin convertir su condición de mujer en un elemento decorativo ni intentar reproducir una idea estereotipada de feminidad. Valencia representa a una generación que no solicita permiso para participar en las grandes decisiones y que tampoco acepta que las mujeres deban limitarse a los llamados “temas femeninos”. Habla de seguridad, economía, energía, justicia, defensa y relaciones internacionales: las áreas donde tradicionalmente se ha concentrado el poder masculino.
Su trayectoria permite ampliar el significado de la representación. La presencia femenina en democracia no supone que todas las mujeres deban pensar igual ni adherir a una única corriente ideológica. Una democracia madura necesita mujeres de izquierda, de centro y de derecha; mujeres capaces de cooperar, pero también de discrepar. La igualdad política se alcanza cuando una mujer puede ser evaluada por la consistencia de sus propuestas, su capacidad de liderazgo y los resultados de su gestión, no únicamente por su género.
Principios que inspiran
Esa diversidad constituye uno de los principios que inspiran a Mujeres D. El proyecto nace para visibilizar a mujeres que están participando en los lugares donde se define el rumbo de Chile y Latinoamérica: gobiernos, parlamentos, empresas, universidades, organizaciones sociales, emprendimientos y directorios. No busca construir un espacio aislado de la conversación pública, sino incorporar con mayor fuerza las voces femeninas a las discusiones que determinan nuestro futuro.
Por eso, la participación de Paloma Valencia en su lanzamiento oficial posee un significado especial. No llega solamente como ex candidata presidencial o como una de las dirigentes más conocidas de Colombia. Llega como representante de una experiencia política latinoamericana construida durante más de una década en el Congreso, en la oposición, en los medios y en una campaña nacional. Su presencia conecta a Mujeres D con una conversación regional sobre democracia, liderazgo, libertad, desarrollo y responsabilidad pública.
También recuerda que los avances alcanzados por las mujeres no son definitivos. Aunque su participación en los espacios de poder ha aumentado, siguen enfrentando mayores cuestionamientos sobre su carácter, su vida familiar, su apariencia y su legitimidad para ejercer autoridad. En la práctica, muchas deben demostrar más preparación, mayor resistencia y una capacidad permanente para conciliar dimensiones de la vida que rara vez se exigen de la misma manera a los hombres.
Paloma Valencia ha recorrido ese camino sin renunciar a la firmeza. Su proyección regional se sostiene precisamente en esa combinación de preparación intelectual, experiencia legislativa, exposición electoral y vocación de poder. No pretende limitarse a influir desde los márgenes, aspira a participar directamente en la conducción de su país y en la orientación política de América Latina.
En una época marcada por la desconfianza y la fragmentación, su trayectoria plantea una pregunta que trasciende las diferencias partidarias: ¿qué tipo de liderazgo necesitan nuestras democracias para recuperar la esperanza de sus ciudadanos?
La respuesta no será única. Pero cualquier respuesta verdaderamente democrática tendrá que incluir a más mujeres dispuestas a tomar decisiones, defender ideas, asumir costos y ejercer el poder.
Ese es el desafío que Paloma Valencia encarna. Y esa es también la conversación que Mujeres D comienza a abrir en Chile y en la región.