Cada vez que conocemos la historia de una mujer que levantó un emprendimiento desde cero, solemos destacar su esfuerzo, resiliencia y capacidad para salir adelante. Y claro que son cualidades admirables, pero también deberíamos preguntarnos por qué seguimos celebrando como excepcionales historias que deberían ser parte de la normalidad.
En Chile, el emprendimiento femenino ha crecido de manera sostenida, pero todavía enfrenta barreras que limitan su desarrollo. Según la VIII Encuesta de Microemprendimiento del Instituto Nacional de Estadísticas, nuestro país cuenta con cerca de dos millones de personas microemprendedoras y el 40,7% de ellas son mujeres. Sin embargo, la mayoría trabaja por cuenta propia y casi la mitad de quienes emprenden lo hace por necesidad y no porque identifica una oportunidad de negocio. Además, seis de cada diez iniciaron su actividad únicamente con recursos propios.
Estas cifras nos muestran una realidad que muchas veces pasa desapercibida. Para miles de mujeres, emprender no es el cumplimiento de un sueño, sino la respuesta a un mercado laboral que aún presenta importantes brechas de acceso, flexibilidad y crecimiento. El emprendimiento se transforma en una alternativa para generar ingresos, compatibilizar el trabajo con las responsabilidades de cuidado o, simplemente, recuperar autonomía económica.
Pero ahí aparece un desafío que como país todavía no hemos logrado resolver. Nos hemos concentrado en aumentar el número de emprendimientos, cuando la verdadera meta debería ser ayudarlos a crecer. No basta con que una mujer logre formalizar un negocio. Lo importante es que ese negocio pueda contratar personas, innovar, acceder a nuevos mercados, incorporar tecnología y transformarse en una empresa sostenible. Ese salto es el que genera empleo, dinamiza las economías locales y fortalece el desarrollo de los territorios.
Los datos también muestran otra realidad que no podemos ignorar. El 95,6% de las mujeres microemprendedoras realiza trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, dedicando en promedio más de 11 horas diarias al trabajo total, considerando tanto su negocio como las tareas del hogar. Es una doble jornada que condiciona sus posibilidades de capacitarse, innovar, buscar financiamiento o ampliar sus redes de contacto. Por eso, hablar de emprendimiento femenino no es hablar exclusivamente de mujeres, es también debatir sobre productividad, de crecimiento económico y desarrollo para Chile.
También es momento de dejar atrás la idea de que el apoyo al emprendimiento depende únicamente del Estado. El mundo privado tiene un rol igualmente relevante. Cuando una gran empresa incorpora a una pyme liderada por una mujer dentro de su cadena de proveedores, cuando abre espacios para mentorías, facilita acceso a redes comerciales o comparte conocimiento, no está realizando un acto de beneficencia. Está fortaleciendo un ecosistema productivo que beneficia a todos.
He tenido la oportunidad de conocer a cientos de emprendedoras a lo largo del país. Mujeres que innovan, generan empleo, agregan valor a sus comunidades y enfrentan cada desafío con una creatividad admirable. Lo que ellas necesitan no son discursos sobre resiliencia. Necesitan más oportunidades para crecer, porque el verdadero éxito del emprendimiento femenino no será que cada vez más mujeres se vean obligadas a emprender. Será que quienes decidan hacerlo puedan construir empresas sólidas, competitivas y con capacidad de transformar la economía chilena.
Ese es el desafío que debemos asumir entre el sector público, el privado y la sociedad en su conjunto. No porque las mujeres necesiten un trato especial, sino porque Chile no puede seguir desaprovechando uno de sus mayores motores de desarrollo.