Hace tres años la bioquímica chilena Apolinaria García vio cómo el probiótico que había desarrollado en su laboratorio se lanzó al mercado. Bajo el nombre de Pylorioff o Vitaflora Pylori, este suplemento alimentario sirve como tratamiento preventivo o complementario contra una bacteria presente en el 70% de los chilenos y a dos tercios de la población mundial: la Helicobacter Pylori.
Las más de 40 mil millones de unidades formadoras de colonias de la cepa Lactobacillus fermentum dificultan que la bacteria, una de las causas principales del cáncer gástrico, se adhiera a las paredes el estómago. Pero antes de este laureado hito —el primer probiótico chileno patentado— Apolinaria García dedicó casi tres décadas al estudio de la Helicobacter Pylori, cruzados por su curiosidad y resiliencia innata.
Hoy, sigue desentrañando los misterios de esta tenaz bacteria con recursos de Fondecyt y es una de las posibles candidatas al Premio Nacional de Ciencias Aplicadas. En conversación con Mujeres D, la académica de la Universidad de Concepción rememora cómo nació su interés por la ciencia, rodeada de sus siete hermanos en el sur de Chile y con padres que siempre le inculcaron hacerse preguntas.
También alienta a las nuevas generaciones a no rendirse. Lo dice ella, que tuvo que empezar de cero luego de que el terremoto y tsunami de 2010 destruyera las 800 mil cepas de Helicobacter pylori de su laboratorios. “La investigación básica requiere financiamiento firme para la prueba y error”, recalca además.
“Cada década me reencanto con nuevos desafíos, y no me cabe duda de que desde el día que me jubile seguiré investigando“, anuncia.
La ruta a la ciencia
— Su nombre me llamó la atención, ¿hay alguna historia familiar detrás de él?
— Es una buena pregunta; incluso me han hecho comentarios muy bonitos al respecto. Es un nombre de origen español, heredado de mi abuela y de una tía. Estuve viviendo en España y allá, el 5 de marzo, se celebra a Santa Apolinaria. Tiempo después, investigando sobre el nombre, me enviaron información sobre una santa que es la patrona de los odontólogos, porque la historia cuenta que le sacaron los dientes y no renunció a su fe. Algunas personas me han dicho que con ese nombre estaba destinada a destacar en algo.
—Usted ha contado que su interés por la ciencia nació de su curiosidad natural, que su familia fomentaba. Por ejemplo, a usted y a sus hermanos les fomentaban leer los diarios y hacer resúmenes. ¿Qué cree que le dejó ese hábito, más allá de mantenerse informada?
— Cuando niña no me daba cuenta de la importancia de eso. Somos ocho hermanos, cuatro mujeres y cuatro hombres, y nuestro papá nos hacía leer los domingos a la hora de almuerzo el Diario El Sur, un periódico local. A uno le tocaba leer, otro hacía un resumen y discutíamos la noticia seleccionada. Yo era la séptima de los ocho, así que escuchaba lo que opinaban mis hermanos mayores y empezaba a formar mi propia valoración de lo que leía. También aprendí a respetar la puntuación, algo en lo que hasta hoy soy muy exigente cuando reviso certámenes, porque si las ideas no tienen buena puntuación cuesta hilvanarlas.
Con el tiempo me di cuenta de lo importante que era tener una opinión fundada y hacer un análisis crítico de lo que uno lee, algo que hoy se ha ido perdiendo. Yo lo aprendí a muy temprana edad sin darme cuenta y hoy lo valoro muchísimo. Saber leer bien, tener buena dicción y escribir adecuadamente fue una herencia de esa época; además, como científica, el análisis crítico es fundamental. Leíamos noticias locales y nacionales, pero eso te da la base para la vida adulta. Todo nace en el hogar.
— ¿Qué otras actividades fomentaron su curiosidad en esa etapa y que siente que le sirven hasta hoy?
— Al ser ocho hermanos siempre estábamos inventando cosas. A uno de mis hermanos se le ocurrió hacer una especie de telón para proyectar «películas»: ponía una vela encendida e iba pasando recortes de revistas. Era como un cine en casa; nuestros padres y tíos se sentaban con nosotros a ver cómo proyectaba esa función. También armábamos un circo en el patio grande, donde cada uno cumplía un rol. Estar en contacto con la naturaleza también despertaba curiosidad: teníamos varios animales y árboles, y ver florecer o dar fruto a su tiempo me enseñó desde niña a tener paciencia.
En ciencia eso me ha servido mucho, porque uno no siembra y cosecha al día siguiente; hay un tiempo de espera que a veces es largo. Si no tienes resiliencia en ciencia es muy difícil avanzar. Uno intenta algo una, dos, tres o más veces, pero cuando tienes la meta clara y sabes que hay un respaldo científico, insistes. Y si definitivamente no resulta, hay que plantear otra hipótesis.
— Cuando ingresó a estudiar bioquímica por sugerencia de su hermana, ¿confirmó de inmediato que era una buena recomendación? Durante las primeras clases, ¿sintió que era lo suyo o le costó al principio?
— Me costó. Pronto me di cuenta de que la universidad era muy exigente y que debía estudiar bastante; no había sábados ni domingos en que no estudiara. En la enseñanza básica y media me iba muy bien sin necesidad de estudiar mucho, pero en la universidad fue diferente, fue muy intenso. Sentía que no le sacaba todo el provecho a las asignaturas porque pasaba de una a otra muy rápido. Recién en cuarto y, específicamente, en quinto año me di cuenta de que la microbiología era totalmente lo mío. Por eso entiendo perfectamente a los alumnos cuando están desorientados y se preguntan si su carrera es la correcta. Yo nunca pensé en cambiarme a Leyes o Medicina porque sabía que estaba en mi área, pero me demoré bastante en descubrir a qué especialidad en particular me quería dedicar.
La intrigante Helicobacter Pylori
— Pasando a su área de estudio, la bacteria Helicobacter pylori, usted ha mencionado que tras 30 años de investigarla aún le genera muchas interrogantes. ¿Cuáles son las que más la intrigan o la desvelan hoy en día?
— Ha sido un proceso continuo. A los diez años de estudio me di cuenta de la gran resistencia que estaba desarrollando la bacteria y fue cuando creamos el probiótico. Diez años después, viendo que la prevalencia en Chile no disminuía significativamente, nos preguntamos cómo estaba llegando a la población.
Basándonos en un trabajo de un grupo iraní, iniciamos una línea de investigación que ya lleva una década: la interacción de Helicobacter pylori al internalizarse en una levadura, la Candida albicans. La levadura es un organismo eucarionte y la bacteria es procarionte, por lo que son muy distintas. La Candida albicans forma parte habitual de nuestra microbiota y está presente en varias partes del cuerpo, lo que representa una vía posible de transmisión. Si el 70% de la población la tiene y se supone que el contagio es principalmente persona a persona, intrafamiliar, por riesgo ocupacional o por alimentos, ¿por qué no disminuye pese a las medidas de higiene? Eso es lo que más me intriga.
— Además esta bacteria es muy frágil en el ambiente como para sobrevivir al aire, ¿no?
— Exacto, las bacterias son muy lábiles a las condiciones ambientales. En el ambiente pueden estar dentro de amebas de vida libre, pero eso no tiene mayor implicancia en el ser humano. En cambio, persistir dentro de Candida albicans es distinto, porque esta levadura es un organismo muy resistente a las condiciones del entorno. Helicobacter encontraría allí un refugio; la levadura llega a nuestro cuerpo, la bacteria se instala en el estómago y, bajo ciertas condiciones, sale de la levadura provocando la infección camuflada. Actualmente lideramos un proyecto Fondecyt de cuatro años enfocado en esto; vamos en el tercero y hemos tenido excelentes resultados. Es lo que me apasiona hoy. Por eso digo que cada década me reencanto con nuevos desafíos, y no me cabe duda de que desde el día que me jubile seguiré investigando. Además, es un tema muy poco estudiado a nivel mundial, lo que nos ha permitido tener varias publicaciones y posicionarnos internacionalmente.
— ¿Este proyecto busca constatar esa teoría o también apunta a desarrollar una alternativa de protección similar al probiótico que creó?
— El proyecto es netamente científico: queremos demostrar si Candida albicans es un vector de transmisión para Helicobacter pylori y comprender los mecanismos de cómo entra, permanece y sale de la levadura. Para ser un vector no basta con que ingrese y se quede a vivir ahí. El próximo año realizaremos los estudios en modelos animales, pero ya hemos dilucidado ciertos mecanismos de ingreso y el mes pasado obtuvimos una publicación al respecto.
— De comprobarse esa hipótesis, ¿en el futuro se podría desarrollar alguna forma de protección?
— Claro. Si se demuestra que es un vector de transmisión, habría que pensar en nuevos tratamientos que combinen antibióticos con antifúngicos. En el ámbito preventivo, me interesa desarrollar un probiótico dual que actúe tanto contra la bacteria como contra la cándida. Estamos trabajando en esas alternativas, pero hay que ir paso a paso. Recientemente salió un estudio de otro grupo que refuerza esta teoría, al haber hallado la bacteria dentro de levaduras en varios alimentos.
El primer probiótico patentado en Chile
— Respecto al probiótico que patentó, Pylori-Off, ¿qué significó desarrollar un producto con un 93% de eficacia y que se presenta como una solución ante la alta prevalencia de la bacteria en Chile?
— Fue un hito muy importante para el laboratorio. En 2003 nos adjudicamos un proyecto para desarrollar un kit de detección de cepas de Helicobacter pylori según su grado de agresividad, lo que ya era un aporte. Sin embargo, no tuvo el impacto social de este probiótico, que ha sido muy bien recibido en el mercado. Ver cómo la ciencia aplicada llega a la población nos llena de felicidad a nosotros y a la Universidad de Concepción, porque llevar un desarrollo desde la academia hasta el mercado es un proceso complejo. Sirve además como un modelo a seguir para incentivar la investigación básica, la cual requiere financiamiento firme para la prueba y error. Hay que ser muy rigurosos antes de lanzar un producto para garantizar que no tenga ninguna contraindicación.
— Durante el desarrollo de ese probiótico, ¿se enfrentó a obstáculos científicos, regulatorios o de financiamiento?
— Uno siempre siente que falta financiamiento; con más recursos el desarrollo habría sido más rápido, aunque la universidad nunca nos dejó sin apoyo a través de proyectos internos cuando no obteníamos fondos externos. El ensayo clínico, por ejemplo, es un proceso complejo y costoso. Otro gran desafío fue aprender a relacionarme con las empresas. Al principio cometí el error de negociar directamente sin tener la formación para ello. Luego comprendí que la universidad cuenta con un equipo experto en transferencia tecnológica y propiedad intelectual que ha ido madurando a la par conmigo. Hoy trabajamos de forma coordinada y los procesos son mucho más fluidos.
La resiliencia
— En sus entrevistas y en esta conversación se nota un fuerte mensaje de resiliencia ante los altibajos de la ciencia. ¿Qué le diría a un investigador que va en el año 15 de un desarrollo proyectado a 30 años?
— Las cosas toman tiempo; los desarrollos científicos son a largo plazo. A veces la universidad te exige mostrar publicaciones y proyectos de inmediato, lo cual entra en conflicto con la necesidad de proteger una invención mediante patentes, aunque con el tiempo hemos aprendido estrategias para publicar sin invalidar una patente. Me considero una persona resiliente. En el terremoto y maremoto de 2010 perdimos cerca de 800 mil cepas de Helicobacter pylori de nuestro centro de referencia latinoamericano porque estuvimos casi un mes sin energía eléctrica. Perderlo todo y empezar prácticamente desde cero con la bacteria fue un golpe duro, pero las cepas probióticas resistieron y no me rendí. Me apasionan los desafíos. Como bioquímica y microbióloga cuento con un equipo multidisciplinario extraordinario y con redes de colaboración que hacen posible seguir adelante.
— Sobre ser mujer en la ciencia, ha comentado que no vivió exclusiones extremas, aunque sí ciertas actitudes machistas de las que tomó conciencia años después. Usted suele enfatizar que las mujeres aportan una mirada particular que permite abordar los problemas desde otro ángulo. ¿Es ese el mensaje que busca transmitir a las niñas que visitan su laboratorio?
— Sí. Realizo mucha vinculación con el medio: voy a colegios y recibo estudiantes de distintas regiones en el laboratorio. Participo en actividades STEM y les digo a las niñas que en la vida uno siempre puede enfrentar discriminación, pero lo importante es la actitud. En mi caso, al criarme entre cuatro hermanos y cuatro hermanas con padres que nos impulsaron por igual a ir a la universidad, nunca sentí limitaciones. Cuando hubo actitudes de exclusión, simplemente no me afectaron porque busqué otros caminos para resolver los problemas. Nuestra generación creció con la resiliencia incorporada. En la investigación, me he enfocado en colaborar con personas que suman para sacar adelante las tesis y los proyectos.
— ¿Cómo ve el panorama de la divulgación científica en Chile?
— Veo que va a progresar muchísimo. Cuando empecé hace más de treinta años, la divulgación no se valoraba en las evaluaciones académicas; yo lo hacía por motivación personal. Hoy en día, la vinculación con el medio tiene un gran peso institucional y en la acreditación. Quienes hacemos ciencia tenemos el deber de transmitir el conocimiento e inspirar a las futuras generaciones. Me siento profundamente realizada con lo que hago y ver trabajar a mis estudiantes me demuestra que Chile tiene garantizado un futuro científico brillante. Cuando visito colegios me doy cuenta de que la presencia de la ciencia en las aulas es cada vez más fuerte y constante.
— Vi que en una ocasión le enviaron la foto de una niña que estaba disfrazada como usted y que la tenía como su referente. ¿Tiene usted algún referente en la ciencia o en otra área que la inspire?
— Aquella foto en la Quinta Región fue un gesto muy hermoso; incluso fui a visitarla a su jardín infantil. Como referente científico, sin duda Marie Curie es un pilar, no solo por ser mujer, sino por ser la única persona con dos premios Nobel en ciencias tan duras como la Física y la Química, hito que luego continuó su hija. Sin embargo, también admiro a muchas científicas anónimas. Nos pasó con una investigadora iraní cuyo trabajo citábamos constantemente refiriéndonos a ella como «el doctor», hasta que descubrimos que era una mujer haciendo ciencia de primer nivel en Irán. Es crucial visibilizar el trabajo femenino. En mi laboratorio trabajan hombres y mujeres por igual; la sociedad requiere tolerancia y colaboración de todos para avanzar como país.