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Susana Sierra: “Nos enseñaron a no hablar de temas incómodos”

Llegó al compliance casi por casualidad, cuando en Chile se decía que la corrupción era un problema de otros países. Dieciséis años después, la socia y CEO de BH Compliance habla del caso Audios, del crimen organizado, del lavado de activos, de la burocracia y de la confianza como el activo más importante —y menos cuidado— de las empresas.

Una vida ajetreada tiene Susana Sierra. La socia y CEO de BH Compliance vive en Miami, por lo que sus visitas a Chile suelen ser un constante correr para poder cumplir con todos sus compromisos. De hecho, entra a la sala de reuniones de su oficina, ubicada en un elegante edificio de avenida Presidente Riesco, pidiendo disculpas por su atraso… A pesar de que solo han pasado unos pocos minutos de la hora concertada.

En una repisa se ven los premios y reconocimientos que ha recibido a lo largo de los años. Entre ellos destaca su nombramiento como Young Global Leader del Foro Económico Mundial en 2020. Aunque hoy es una de las voces más autorizadas en compliance (ese conjunto de normas, políticas y procedimientos con que una empresa se asegura de cumplir las leyes, las regulaciones y los estándares éticos que se le aplican), aclara que llegó al tema por casualidad. No es abogada, sino ingeniera comercial, y venía del emprendimiento cuando su padre, dueño de una clasificadora de riesgo, le habló de la nueva ley de responsabilidad penal de las personas jurídicas. Le encargaron entonces un plan de negocios para una certificadora de programas de compliance, un proyecto conjunto de la clasificadora Humphreys y el estudio Bofill Mir & Álvarez Jana. Así nació BH.

“Cuando empecé, a principios de 2010, en Chile se decía que no había corrupción. Desde las empresas me afirmaban que acá no pasaban esas cosas, que esto era para otros países, que esa nueva ley no aplicaba. Ahí me empecé a enojar de verdad porque las empresas tienen un rol en la prevención importantísimo, y si no hacen nada, es súper probable que terminen ocurriendo cosas graves. Más que mirarlo desde el punto de vista legal —hay que cumplir con la ley—, me empecé a meter full en cuál es el rol de las empresas y qué es lo que tienen que hacer. Las empresas tienen que tener controles y probar que esos controles funcionan, no porque tengan que cumplir con una ley, sino porque es su deber hacer las cosas bien”.

En el último Índice de Percepción de la Corrupción, elaborado por Transparencia Internacional y publicado en febrero pasado, Chile obtuvo 63 puntos consolidando así su peor desempeño en las últimas tres décadas y confirmando un escenario de estancamiento que preocupa a expertos y organismos vinculados a la transparencia institucional. El resultado es idéntico al registrado en 2024 y mantiene a Chile lejos de la barrera de los 70 puntos que alguna vez lo posicionó como referente regional.

De acuerdo a Susana Sierra, esto es bueno y malo: los índices de percepción de la corrupción están mucho más altos que en 2010, pero al menos hoy conocemos los casos. “Hay un trade-off entre saber que existe, juzgarlo y poder actuar con conocimiento de causa, versus tenerlo todo bajo la alfombra —y en Chile somos secos para meter las cosas bajo la alfombra—, pensar que somos maravillosos justo antes de que las cosas pasen. Obviamente hay casos como el megafraude en Carabineros, lo sucedido en el Ejército, y lo ocurrido con el financiamiento de la política, pero de los casos que más me han impactado, directo al corazón, está el caso Audios. Cuando escuché lo que se decía en esas conversaciones —y creo que nos pasó a la mayoría de los chilenos—, dije: he sido una ingenua. Siempre creí que teníamos que ser conscientes de que la corrupción existe, pero nunca pensé que era a ese nivel. ¿Por qué te digo eso? Porque de los temas que más me preocupan entre los primeros está el resguardo de las instituciones. Creo que hoy, sobre todo después del caso Audios, tenemos una institucionalidad de la justicia muy debilitada. Y es una de las instituciones más importantes para que los países funcionen. Si no confiamos en la justicia, tampoco confiamos en que cuando se aplique la ley se va a juzgar de buena forma. Las leyes son el rayado de cancha de una sociedad, y el caso Audios gráficamente es como un perro que se le colgó al cuello a la justicia”.

Lavado de activos: lo que no queremos ver

Otro de los temas que preocupa a Susana Sierra es lo que ocurre con el crimen organizado, ya que a su juicio hace rato que se está infiltrando en el país, creando focos de riesgo de corrupción en muchas instituciones. De hecho, Chile se calcula que el mercado ilícito mueve más de 5.700 millones de dólares al año. “Esta cifra es gigantesca, pero es una consecuencia de algo que sabemos. Me sorprende, y me da rabia, que seamos tan ciegos y que solo lo estemos mirando por el lado de la seguridad y no por todo lo que trae consigo”.

—¿Por qué cree que pasa eso? ¿Por qué queremos mantenernos como los niños buenos del barrio, sabiendo que ya no somos impolutos?
“Nos cuesta. Como sociedad, primero, somos muy conservadores. No nos queremos meter con nadie, no queremos tener problemas con nadie. Nos enseñaron desde chiquititos: no se meta donde no le importa. Y son temas que no queremos ver ni hablar. Tal vez si naciste en un país donde el crimen organizado está ahí, donde te enseñaron a cuidarte, lo tienes más en la conciencia. No quiere decir que estén haciendo algo mucho mejor que nosotros, pero para mí el primer paso en cualquier tema es querer verlo para poder solucionarlo. En Chile siempre nos han enseñado a no hablar de temas incómodos, y este es un tema incómodo. Hasta el día de hoy, cada vez que en Chile ocurre un caso, somos muy buenos para aislar: aislar a la empresa, aislar a la persona como si fuesen casos únicos. Es un tema muy humano decir esto no me puede tocar a mí… cuando nos puede tocar a todos”.

—Este año hemos visto casos como el del Clan Chen, que movió cientos de millones de dólares en la Zofri. En las zonas francas siempre ha habido una suerte de nebulosa sobre el lavado de dinero, pero también está lo que pasa con las barberías o las ópticas del centro, inauditas en su cantidad. En muchos sitios el lavado de activos está a la vista de todos.
“Nos enseñaron a no ver. Nos enseñaron que, si ves algo, no lo digas, no seas acusete. Seguramente mucha gente es testigo de esto; es algo común. Si ves un negocio que está vacío todo el día y de repente factura no sé cuánto, da para dudar. Pero nos enseñaron a no dudar. Es una confianza malentendida. Si uno ve lo que pasó con la Operación Tokio, había personas comunes y corrientes, que podrían haber sido vecinas de cualquiera, trabajando en empresas reconocidas. Pero claro, nos enseñaron a no sospechar. No tenemos esa cultura. En las empresas pasa lo mismo: muchas veces las cosas están pasando frente a nuestros ojos y no preguntamos porque es de mala educación preguntar”.

La sospecha sana

—La CPC presentó hace poco un informe con 45 propuestas para una política nacional contra la economía ilícita. Pero siempre está el riesgo de que queden sólo en el papel. ¿Qué tiene que pasar para que este tipo de propuestas y medidas realmente se apliquen?
“Yo creo que primero hay que entender que, efectivamente, nos puede pegar. Dentro de esta ley de compliance, entre los delitos con los que partió, estaba el cohecho, pero también el lavado de activos y el financiamiento del terrorismo. Acá en Chile se hablaba de lavado de activos y la gente se reía: ¿lavado de activos?, pero si acá no somos narcos. Está muy asociado a ese imaginario. Lo primero es que las empresas entiendan que siempre pueden ser utilizadas para lavar activos. Tu empresa no es la empresa de taxis de Pablo Escobar ni la lavandería de Breaking Bad, pero el crimen organizado usa empresas normales para meter su plata a la economía. Entonces hay que hacer las preguntas correctas: si en una licitación algo está demasiado barato, ¿por qué está demasiado barato? Lo que más tiene el crimen organizado es plata y lo que necesita es limpiarla para entrarla a la economía. Tal vez te pueden hacer una obra como empresa constructora y cobrarte súper barato; les da lo mismo ir a pérdida con tal de tener una factura que demuestre de dónde salió esa plata. Es esa sospecha sana la que hay que manejar: no se trata de desconfiar de todo, sino de hacer los due diligence necesarios sobre con quién estoy haciendo negocios”.

—¿Ve ese ánimo de hacer esas preguntas? Sobre todo, pensando que Chile es un país chico, donde mucha gente se conoce, especialmente en el ámbito de los negocios.
“Yo creo que hoy hay más preocupación. No sé si por las razones correctas; creo que es más por miedo, porque ha habido mucha más fiscalización y ver a gente conocida irse a la cárcel obviamente es un disuasivo grande. Hay mucha más cultura que hace dieciséis años, pero sigo creyendo que esto está pasando sobre todo en las empresas grandes, y que todavía hay un desafío gigante para las medianas, las chicas, los emprendedores, las startups. ¿Te acuerdas del caso Chang?”.

— Sí, claro. Sigue en Malta.
“Chang se movía en los círculos importantes, estaba cerca de Endeavor, daba plata. Ahí uno se da cuenta de lo que nos pasa como sociedad: como todos nos conocemos y estamos en los mismos círculos, dejamos de ver con quién estamos haciendo negocios. Eso es un llamado de atención para todo tipo de empresas. Creo que todavía falta mucha conciencia. Los directores de empresas grandes están asistiendo a cursos, se están formando, están preocupados, pero todavía falta mucho hacia abajo. Y las empresas grandes tienen un rol, no sé si educador, pero sí de exigencia con sus proveedores. Al exigirles a los proveedores, uno va subiendo el estándar”.

—Tiene experiencia trabajando en muchos países en Latinoamérica y Estados Unidos. ¿Cómo ve el momento de Chile respecto a este tema?
“Si tuviera que comparar a Chile con una persona, en estos temas lo vería como alguien que está agobiado, porque nuestro país ha trabajado mucho estos temas a partir de regulación. Y si uno lo ve desde la óptica de las empresas, obviamente se cae un cansancio. Por otro lado, como lo vemos sólo como regulación, lo dejamos de ver con sentido común. Y nos encontramos con empresas del rubro financiero implementando prácticas para prevenir delitos forestales porque resulta que tienen unas plantitas en una sucursal en el sur. Un absurdo”.

—Se pasó del susto al compliance burocrático. ¿Cómo se sale de algo así?
“Insisto: con sentido común, volviendo a las bases, entendiendo realmente cuáles son los riesgos del negocio en cada una de las áreas. Pero no implementemos matrices de riesgo con mucho detalle porque tenemos que cumplir. ¿Quién se lee eso después? Yo siempre he sido de la idea de que las políticas de una empresa ojalá no tengan más de dos páginas y que sean súper claras las bajadas: estos son los controles y así se miden, porque lo que no se mide no se gestiona. Hoy Copilot y ChatGPT te pueden hacer un programa de compliance increíble, pero si se va a quedar guardado en un cajón, no sirve de nada”.

—Ahora también trabaja con empresas norteamericanas. ¿Qué diferencias ve respecto a lo que tienen que cumplir en Estados Unidos?
“Es completamente cultural. Acá me he encontrado muchas veces con la respuesta de que eso no está en la ley. Allá es como que nacieron con esto. Pero también porque hay una amenaza mucho más grande: mucha más probabilidad de que te denuncien. Acá la gente no denuncia, porque te enseñaron a no ser acusete. Esto lo he escuchado miles de veces en mis clases: yo no me voy a atrever a denunciar y después no encontrar nunca más trabajo en mi vida, porque todo se va a saber y voy a quedar catalogado como conflictivo. En Estados Unidos, y en la cultura anglosajona en general, se incentiva mucho más la denuncia y la demanda, entonces la gente es más cuidadosa en todo: desde un accidente en la calle hasta que tu perro muerda a alguien, porque sabes que después te llega la demanda”.

IA: enamorarse del problema

— Otro tema en que se ha metido es cómo nos está cambiando la inteligencia artificial, sobre todo la idea de que vamos delegando nuestro razonamiento en la IA y ciertas capacidades se comienzan a atrofiar. ¿Qué señales de esa atrofia ves en el mundo corporativo?
“Más que atrofia, creo que el mundo corporativo recién está implementando la inteligencia artificial. Pero sí me he preocupado, sobre todo en mi rol más académico, de estimular el pensamiento crítico. El sentido común es el menos común de los sentidos. Lo mismo que decía con el compliance: a veces nos encontramos con cosas que no tienen ningún sentido y que terminan siendo burocracia solo por cumplir con la ley, y ahí obviamente también hay falta de pensamiento crítico. Más que hablar de atrofia por la IA, creo que lo más interesante es ver cómo las empresas están abordando toda esta nueva tecnología. Creo que en Chile la inteligencia artificial se está usando más para temas de productividad que para pensar fuera de la caja. Y las empresas que van a empezar a aparecer —ojalá varias sean chilenas, pero van a venir de todo el mundo— van a partir pensando cómo solucionar un problema, y pueden hacerlo de una forma completamente distinta. Acá sale mi parte de emprendedora: siempre me ha llamado la atención eso de que hay que enamorarse del problema y no de la solución”.

—En materia de compliance, ¿cómo se puede usar correctamente la inteligencia artificial?
“Yo creo que para mantener el juicio —y esto aplica a todas las empresas— lo clave es la responsabilidad humana en la cadena, esto que se llama en inglés the human in the loop. Hay algo que es muy cierto: la inteligencia artificial no va a reemplazar al humano, pero el humano que usa inteligencia artificial va a tener una ventaja competitiva sobre el que no la usa. Si la usamos bien nos puede servir mucho, pero también tenemos que tener conciencia de sus riesgos, y para eso la tenemos que conocer. Tenemos que saber que alucina, que también miente, que siempre te va a decir que lo tuyo es lo máximo —me ha pasado—, que hay un creador detrás que tiene sesgos. Por eso, y ya con mi sombrero más académico, creo que el desafío hoy desde la educación no es enseñar materias, sino enseñar a reflexionar, a tener pensamiento crítico, a tomar buenas decisiones. Y ahí estamos súper atrasados. Nos falta entender cómo va a ser el nuevo mundo. Siempre lo he dicho: a pesar de sentirnos jaguares, somos bien isla”.

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Felipe Ramos

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Mois Navon es ingeniero e inventor. Ha trabajado en sistemas para la detección temprana del cáncer, en la tecnología que permite ver películas en los aviones y, más recientemente, en los chips que posibilitan la conducción autónoma de vehículos. Además, es rabino. Como tal, asesoró a Anthropic en el desarrollo de la “Constitución de Claude”, el marco ético por el que se rigen sus modelos de inteligencia artificial. Y también al Vaticano, en las conversaciones previas a la publicación de la encíclica Magnifica Humanitas. Con esa trayectoria, resulta razonable y oportuno preguntarle si la humanidad tiene alguna chance frente a este Leviatán que en poco tiempo se ha hecho cargo de nuestras vidas. Navon cree que sí, pero…

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