Al momento de leer esta columna, estaremos muy próximos al comienzo de la segunda vuelta electoral en la contienda presidencial en Brasil. Se trata de una de las definiciones políticas más determinantes de su historia reciente. El balotaje se verifica entre el actual mandatario, Luis Ignácio Lula da Silva y el senador, Flavio Bolsonaro, y no solo representa una pugna entre dos liderazgos antagónicos, sino también, el choque frontal de dos modelos de sociedad, dos visiones económicas y dos concepciones opuestas sobre la democracia. En un escenario de profunda polarización, la mayor potencia de América Latina define un rumbo cuyas ondas expansivas repercutirán con fuerza en todo el continente, rediseñando las alianzas geopolíticas y reconfigurando las prioridades de integración regional. La contienda expresa el clímax de una división político-ideológica estructural que ha fracturado a la sociedad brasileña: por un lado, una izquierda tradicional agrupada en torno al Partido de los Trabajadores que apela a la justicia social y al multilateralismo; por el otro, una derecha que levanta el libre mercado, la agenda valorica tradicional y el soberanismo nacional como sus banderas, en torno al denominado Partido Liberal.
El resultado de esta elección, a la que se llega tras una estrecha pero sorpresiva primera vuelta, que le dio una estrecha ventaja a Bolsonaro, es la pieza clave para mantener a los dos principales países de la región, México y Brasil, bajo los dominios de la izquierda. Por el contrario, la ratificación del triunfo de Bolsonaro reforzaría un enclave conservador- liberal, sumándose a gobiernos de ese signo como los que ya existen en Argentina, Peru, Colombia, Ecuador, Chile y Salvador, entre otros. Obviamente, este escenario con Brasil incorporado al grupo de gobiernos de derecha en la región impactaría directamente en la capacidad de la zona americana para negociar ante las grandes potencias e incidir en los foros globales de decisión. Mas aún, si se considera que administraciones de ese mismo signo, con sus matices y diferencias, se encuentran ya instalados en EEUU, Italia, Finlandia, Polonia y se presume que podrían llegar al poder en Francia, España e incluso en Alemania.
Las encuestas de esta semana, la última milla de esta carrera, muestran un virtual empate técnico. Sin embargo, hasta ahora, nunca un candidato que ha triunfado en primera ronda ha caído derrotado en la segunda. Pero bien sabemos, que las elecciones no terminan hasta que se cuenta el último voto.
En el plano económico, las candidaturas ofrecen propuestas contrapuestas que condicionarán el crecimiento y la inversión. Bolsonaro plantea la profundización de un modelo liberal enfocado en la desregulación, la reducción de la carga tributaria, la disciplina fiscal y la privatización de empresas estatales, buscando atraer capitales privados y mantener la competitividad del agro. Sin embargo, su agenda enfrenta cuestionamientos sobre el impacto socioambiental de sus políticas extractivas. En la vereda opuesta, Lula promueve un papel activo del Estado como motor del desarrollo, priorizando la redistribución del ingreso, el fortalecimiento de programas sociales y la inversión pública en infraestructura. No obstante, su desafío reside en garantizar la sostenibilidad fiscal frente a las exigencias de los mercados.
Para Chile, los efectos de este proceso electoral son inmediatos y de alta relevancia estratégica. Brasil constituye uno de los principales socios comerciales y un destino muy prioritario de sus inversiones directas en el exterior. Frente al gobierno del presidente José Antonio Kast, la relación diplomática experimentará dinámicas disímiles. Una victoria de Bolsonaro significaría una marcada afinidad ideológica en materia de libre comercio, combate al crimen organizado y pragmatismo económico, facilitando una alianza técnica fluida, aunque expuesta a críticas políticas. Por otro lado, un triunfo de Lula impondría la necesidad de priorizar el pragmatismo de Estado por encima de las discrepancias doctrinarias, resguardando la fluidez en el comercio, la conectividad bioceánica y la cooperación en seguridad para evitar un distanciamiento perjudicial. No hay que olvidarse, en ningún caso, que fue precisamente el Brasil de Lula uno de los impulsores de la fallida candidatura de Bachelet a la ONU.
Ambas candidaturas conllevan riesgos para la estabilidad democrática e institucional de Brasil, aunque de diferente tipo. El principal de estos, atribuido a Lula, se sitúa en la eventual expansión desmedida del gasto público, el retorno a prácticas corporativas en la administración estatal y las tensiones éticas asociadas a casos de corrupción. Por su parte, Bolsonaro representa riesgos de erosión institucional, caracterizados por el cuestionamiento constante a las garantías electorales, la polarización del discurso y la presión sobre el Poder Judicial. En última instancia, Brasil no solo elige a su presidente, sino que define el tipo de tono político- democrático y los equilibrios de poder en una América Latina fragmentada.