Un tránsito entre el mundo privado y el público ha cruzado gran parte de la trayectoria profesional de la economista chilena Victoria Paz.
“Básicamente me encanta estudiar. Siempre he tratado de entender hacia dónde van ciertas cosas y, cuando las conozco, trato de mostrarlas y compartirlas“, resume a Mujeres D la fundadora del centro de estudios Poder Económico. Fue esa pulsión la que la llevó a escribir, junto a Fernanda Vicente Las mujeres invierten. Aprende cómo hacer crecer tu dinero (2024) y luego, a solas, Negociadoras. Un método para mujeres que negocian con poder (2026).
La primera obra explora el comportamiento financiero de las mujeres y busca incentivarlas a que asuman un rol activo en las inversiones responsables y la segunda, entrega 18 técnicas para que ellas pierdan el miedo a negociar en el ámbito laboral. Detrás de esta inquietud para otorgar herramientas de negociación, hay una reveladora cifra, cuenta la autora, pues menos del 10% de las mujeres intenta negociar su sueldo en su primer empleo versus el 60% de los hombres.
“Uno de los grandes mitos es que a las mujeres no les gusta hablar de plata, tomar decisiones financieras o invertir. Y, en el caso de la negociación, está la idea de que son conflictivas cuando plantean lo que quieren”, asevera.
En esta conversación con Mujeres D, Victoria Paz aborda las barreras que todavía enfrentan las mujeres para tomar decisiones financieras, invertir y negociar. Además, explica por qué aprender a hacerlo puede ampliar sus posibilidades tanto en el trabajo como a nivel personal.
— Isabel Allende ha planteado que la independencia económica es fundamental para las mujeres. Sin ella no hay feminismo, dijo en uno de sus libros. ¿Te resuena esta idea? ¿Se relaciona con la educación financiera y con el acceso a herramientas para administrar el dinero?
— Sí. Tener acceso a recursos económicos y a instrumentos financieros no significa necesariamente ser más feliz o poder comprar más cosas. Incorpora la posibilidad de tener más elecciones. Ser independiente significa que puedes sustentarte sola, generar recursos económicos y, a partir de eso, elegir estar o no estar en un lugar en el que quieres estar, tanto en términos personales como laborales.
Por ejemplo, puedes decir: «No quiero estar más en este trabajo» y tener dos meses para buscar otro porque cuentas con un ahorro de emergencia que te permite salir de un lugar en el que no estás contenta. Entonces, la independencia económica no es solamente algo monetario: es algo que te da la posibilidad de tomar decisiones todos los días. Esto también es importante en términos personales. Históricamente, muchas mujeres no han podido salir de relaciones porque no tienen autonomía económica.
Por eso, el objetivo no es solamente tener plata para hacer cosas que son agradables, sino que las mujeres tengan más herramientas para tomar el control de sus finanzas. Cuando el concepto parece muy abstracto, trato de aterrizarlo: puede ser desde comprar algo que necesitas sin tener que pedirle nada a nadie hasta cambiar el lugar donde vives o la carrera que estás siguiendo. La independencia económica es un pilar fundamental la autonomía femenina y para trabajar otras áreas de autonomía, que pueden ser emocionales, políticas o de distinto tipo.
— ¿Hubo alguna experiencia en particular que te impulsara a escribir primero un libro sobre educación financiera y luego otro sobre negociación?
— Siempre he estado vinculada a temas de mujeres, tanto laboralmente como a través de iniciativas en las que he participado como voluntaria. Cuando conversas con distintos grupos, empiezas a escuchar problemas que no necesariamente parecen relacionados con la plata. Pero, si profundizas un poco, muchas veces encuentras que detrás está la poca información financiera o el escaso acceso a herramientas.
Muchas personas creen que la independencia económica tiene que ver con tener cosas, pero no es eso. Se trata de las decisiones que puedes tomar cuando tienes recursos propios. Cuando empiezas a conocer historias de mujeres que no han podido salir de relaciones nocivas, personales o laborales, porque no tienen dónde irse o cómo sustentarse a sí mismas y a sus hijos, entiendes que la independencia económica es mucho más profunda.
El primer libro que hicimos con Fernanda estaba enfocado en mujeres que sentían que el mundo de las finanzas era demasiado complejo y que no sabían por dónde empezar. Por eso quisimos hacer algo sencillo, pero técnicamente sólido, con pasos claros y sin enredar a quien lo leyera. También queríamos que fuera un espacio seguro para acercarse a cosas que una no conoce y poder decir honestamente: «No sé de esto y quiero aprender».
— ¿Y cómo surgió la idea de abordar la negociación como un segundo paso de ese trabajo?
— Empezamos a identificar áreas en las que las mujeres se estaban quedando atrás. En las finanzas no era que no hubiéramos tenido interés, sino que nos habíamos quedado rezagadas. Y, cuando empecé a mirar los estudios sobre negociación, vi algo parecido: las mujeres negociaban mucho menos, por ejemplo, al momento de acordar su primer sueldo.
Me interesó abordar esas áreas en las que estamos quedándonos atrás y acercar herramientas que sean fáciles de implementar. Muchas veces las mujeres sienten que hay conocimientos o secretos a los que otros han tenido acceso y ellas no. La idea es mostrar que también podemos aprender esas herramientas y utilizarlas.
Además, las mujeres tienen mucho conocimiento financiero y de negociación, pero muchas veces lo aplican en el ámbito doméstico. Lo que hay que hacer es llevarlo también al área laboral. Ahí aparecen temores: pensar que, si piden mejorar una oferta o plantean otra alternativa, las van a considerar complicadas o conflictivas.
Algo que me dicen y que me parece muy valioso es que empiezan a incorporar la negociación como un hábito. Yo les digo que hay que practicarla constantemente: cada vez que recibes una oferta, puedes preguntar si hay algo que se pueda mejorar. Y no se trata solamente de plata. Puedes negociar el horario, las vacaciones o las condiciones de trabajo.
Cuando incorporas esa práctica, abres un abanico de posibilidades. Puedes pedir algo y quizás no conseguirlo, pero también puedes proponer una alternativa que no se le había ocurrido a la otra parte. La negociación te permite ser más creativa y llegar a acuerdos mejores. ¿Te dijeron que no es posible el aumento de sueldo y quieres permanecer en ese trabajo? Ok, propón un día de teletrabajo, que te ayuden a cambiar tus implementos como el computador u otra alternativa. No necesariamente tiene que ser algo más costoso para la otra parte; puede ser una solución que también le acomode.
— Un estudio que acompañó el lanzamiento del libro mostró que las mujeres optan en mayor medida por instrumentos tradicionales de inversión, como los depósitos a plazo. ¿A qué atribuyes esa preferencia? ¿Tiene que ver con falta de información, confianza o una mayor inclinación por alternativas menos riesgosas?
— Creo que hay una combinación de factores. También hay que considerar las brechas que enfrentan las mujeres, las interrupciones laborales y las mayores necesidades de cuidado. Son circunstancias que influyen en cómo pueden organizar sus finanzas.
Las mujeres son muy disciplinadas, pero es importante aprender a administrar los recursos y entender la propia situación financiera. Hay que saber cuál es la tolerancia al riesgo y no dejarse llevar por las noticias o por las tendencias. También hay que preguntarse cuánto tiempo puedes mantener una inversión y cuándo vas a necesitar ese dinero.
Incluso cuando hablamos de instrumentos que parecen muy seguros, es importante entender cómo funcionan y qué implican. No todas las personas necesitan invertir de la misma manera: si vas a necesitar ese dinero pronto, no tiene sentido ponerlo en un instrumento riesgoso. La decisión depende de tus necesidades y del plazo en que vas a utilizar esos recursos.
— Volviendo al libro sobre negociación, ¿cuánto les está costando a las mujeres no negociar?
— Muchas personas creen que negociar es algo parecido a una disputa diplomática, como si dos países estuvieran peleando por un territorio. Pero no tiene por qué ser así. Hay estudios que muestran que el 73% de los empleadores espera que los candidatos negocien, pero el 60% no lo hace.
Y, entre quienes sí lo intentan, otro estudio muestra que el 85% consigue al menos una parte de lo que solicita. Entonces, cuando uno piensa que hay un 85% de posibilidades de obtener algo de lo que pide, entiende que está dejando mucho sobre la mesa cuando no negocia.
Cuando vas a una conversación, no basta con prepararte para pedir una determinada cantidad de plata. También hay que abrir la cabeza y pensar en otras cosas que pueden ser relevantes para ti y que quizás a la otra parte no se le habían ocurrido.
Negociar es abrir el abanico de posibilidades. Cuando agrandas la torta en una negociación, el resultado puede ser mucho mejor para todas las partes. Lo importante es no dejar cosas sin hablar por miedo, por falta de creatividad o porque nunca se te ocurrió negociar.
Las historias que me cuentan después de aplicar estas herramientas son muy buenas. Hay mujeres que han conseguido un día más de teletrabajo o mejores condiciones, y eso les permite hacer otras cosas: llegar a una clase, ir a buscar a sus hijos o sacar a sus perros. Son cambios que se traducen en calidad de vida y eso me pone muy contenta.
— En este camino has hablado de las brechas financieras y de negociación que enfrentan las mujeres. ¿Has identificado algún mito sobre ellas que te gustaría derribar? ¿Qué te gustaría que cambiara en los próximos diez años?
— Creo que uno de los grandes mitos es que a las mujeres no les gusta hablar de plata, tomar decisiones financieras o invertir. Y, en el caso de la negociación, está la idea de que son conflictivas cuando plantean lo que quieren.
Son estereotipos que se han instalado en distintas sociedades. No creo que a las mujeres no les guste hablar de dinero, sino que muchas veces han estado relegadas de ese espacio o sienten que no tienen la información suficiente para hacerlo. Lo mismo pasa con la negociación: no es que no les guste discutir sus posibilidades, sino que se ha instalado la idea de que una mujer que cuestiona una oferta es complicada, conflictiva o neurótica.
En negociación, lo que más le digo a la gente es que negociar no es pelear. No es conflicto ni enfrentamiento; es conversar para llegar a mejores soluciones. Cuando cambias ese marco, también empiezas a derribar el mito de que negociar es algo negativo.
En finanzas pasa algo parecido. Cuando alguien me dice que no quiere hablar de plata, le digo que quiero hablar de sus metas, de las cosas que le gustaría hacer. La plata es el medio que va a permitir alcanzar esos objetivos. Muchas veces las personas dicen que son malas para los números, pero tampoco tienen que ser expertas. Podemos partir por preguntarnos cuáles son nuestras metas y después ver cómo nos puede acompañar la parte económica.
También es importante buscar buena asesoría. Hoy existen más opciones que antes, pero siempre les digo que busquen asesores regulados por la CMF. No hay que entregarles las decisiones financieras a personas que no están debidamente reguladas. Así como en el área médica puede haber gente sin certificación que hace mal su trabajo, en las finanzas también hay que buscar a las personas indicadas.
— Quisiera detenerme también en tu trayectoria. Comenzaste en Un Techo para Chile, pasaste por el sector público y privado y luego te vinculaste más visiblemente con la sostenibilidad. ¿De dónde nace ese interés y qué te ha llevado a mantener ese camino, ligado a las energías limpias, el poder económico y los riesgos ambientales?
— Mi carrera me fue llevando un poco hacia allá, básicamente porque me encanta estudiar. Siempre he tratado de entender hacia dónde van ciertas cosas y, cuando las conozco, trato de mostrarlas y compartirlas.
Con los libros y ahora con la sostenibilidad he seguido esa misma lógica. Creamos un grupo que se llama Mujeres en Sostenibilidad, donde la idea es compartir experiencias y que las mujeres puedan capacitarse en este ámbito. Buscamos que sea un espacio en el que también puedan apropiarse de estos temas, porque muchas veces las mujeres han estado a cargo de ellos, solo que antes no se agrupaban bajo el concepto de sostenibilidad. Yo creo en las políticas públicas.