Aterricé justo una semana después de la reapertura de la embajada de los EE.UU y las palabras de John Kerry anunciando el “fin de un época” y el inicio de una nueva. Desde fuera, siempre hemos pensado que el régimen castrista es una suerte de “bailarina” que va despojándose lentamente de sus ropajes y cambiando a paso milimétricos, para que no vayan a pensar que la moral de la Revolución va a claudicar frente al capitalismo y el libre mercado.
La primera imagen es impactante para cualquier turista con “moral Varadero”. Caminar por La Habana y sentir la pobreza institucionalizada y los límites oficiales, dan la sensación de que la isla fuera una suerte de DisneyWorld, diseñada ex profeso sin internet, con automóviles de los años cincuenta y con un ánimo exacerbado de rumba y son. Pero que detrás de las añejas callejuelas, hay una verdadera Cuba, que es igual a cualquier país, o como cualquier calle de Maipú, San Miguel o Santiago Centro.
En Chile, esta islita ha sido la obsesión “cuasi erótica” de la política chilena y el campo de guerra de la hipocresía nacional. Por un lado, el Partido Comunista intentando explicar lo inexplicable. Tratando de hacernos entender que en Cuba se “vive una democracia diferente” y “planificada” me imagino, para ahorrarle tiempo a los electores y evitarles la dura tarea de elegir.
Por otro lado, la derecha chilena, a la mera empatía con el régimen castrista, lo mira como una exhortación al satanismo. Y rasgan vestiduras para criticar con fuerza una dictadura. Sí, los mismos que miraban -y aún miran con ojos llorosos de emoción- la entrada a paso militar del dictador en el primer “Llame Ya” de la historia, como lo era el noticiario “60 Minutos”, el opaco y tenebroso noticiario oficialista en los 80´s, más conocido en la época como “60 Mentiras”.
Sin querer ni por asomo transformarme en comentarista de temas internacionales en short y tumbado en la playa, me preguntaba, ¿cómo reaccionaría el pueblo cubano ante tanta libertad, justo en medio de una época global y desechable? A veces, en sociedades que se han forjado en la opresión y la crueldad de su tiranos, ciertos “valores occidentales o modernos” pueden perfectamente convertirse en la introducción de un chip monstruoso.
De cierta forma, ocurrió en Chile, y sin duda, sucederá acá. Los pueblos cautivos suelen experimentar una especie de “Síndrome de Estocolmo” con sus captores, más que mal, Pinochet se fue con el 44% en el plebiscito del 88.
Cuba no me parece un paraíso. Parto de la base que un paraíso sería un lugar para todos, y no sólo para quienes pueden portar euros o dólares. Pero tampoco es el espejo moralista en el que tenemos derecho a miramos para sentirnos más lindos o musculosos.
Como país, hemos hecho poco para arreglar nuestras callejuelas sucias y añejas, y desmantelar nuestros propios Varaderos, esos paraísos exclusivos para algunos, que persisten en plena crisis de confianza y una época de turbulencias en lo político de tal envergadura, que se escuchan amenazas de desmantelamiento de todo aquello que hemos creído como una democracia firme y estable.
Tenemos pifias, reconozcámoslo. Hay un pésimo sistema de transporte, un muy poco querido sistema de pensiones, una clase política con otitis, y más encima, a diferencia de Cuba, nadie vendrá a vacacionar, a sacarse fotos y beber daiquirís al lado de ellas. Cuba, al menos, tienen atracciones turísticas.