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Jorge Quiroz, chupete de fierro

Todos los economistas que conozco alaban el estilo con que Jorge Quiroz escribe sus papers e informes. Pero nada de ese estilo sutil e inteligente ha traspasado a sus primeras apariciones en los medios.

“Estoy redesacostumbradito”. Así le explicó su estado al profesor Oscar Quiroz un chino de visita a Chile. El término le servía para explicarnos sobregeneración morfológica. Quiroz era profesor de castellano especializado en lingüística, ramo que los que veníamos de la literatura solíamos mirar con desconfianza pero que él, con ese tipo de ejemplo, volvía amable y divertido. Su hijo Jorge heredó la cultura literaria y filosófica de su padre —y de su madre, Elisa Castro, también profesora, de literatura—, pero no el humor del padre. Le gusta enseñar como él, pero le gusta más dar lecciones. Aleccionar, retar, castigar a los alumnos porros. Devoto de la filosofía de que “la letra con sangre entra” y también de “si no te gusta, te vas”, frase que los que vivimos en los ochenta conocemos de memoria.

Todos los economistas que conozco alaban el estilo con que Jorge Quiroz escribe sus papers e informes. Informes que tienen la elegancia suplementaria de encontrarle siempre la razón al que los encarga. Pero nada de ese estilo sutil e inteligente ha traspasado a sus primeras apariciones en los medios. Ahí ha jugado el rol de funcionario de pompas fúnebres, ese que te dice cuánto cuesta el ataúd donde debes enterrar al ser querido. El muerto es la economía chilena, que busca resucitar solo para que le hagan ver todos sus errores. Perdonazos tributarios para los fantasmas corporativos y vigilancia a los deudores de carne y hueso, recortes de presupuesto y rebajas de impuestos. Cosa que puede tener pleno sentido financiero pero que carece de cualquier sentido político o estratégico. Algo que parece satisfacer al ministro Quiroz, al que le gusta decir que “no es el rol del ministro de Hacienda ser simpático”. Cosa que no significa exactamente que ha venido a ser antipático.

Es cierto que Andrés Velasco, una de las personas más gentiles y amables que conozco, cuando fue ministro se refugió en una adustez y parquedad que le costaba el alma. Lo mismo, y quizás aún más doloroso, en el caso de Nicolás Eyzaguirre, tan artista como economista, que también tuvo que jugar no solo a ser duro sino a decir la mitad de lo que pasaba por su cabeza. Una cabeza que había heredado la ocurrencia torrencial de su madre, la genial Delfina Guzmán. A Felipe Larraín no le costó fingir ser distante, pero lo hizo con una cierta amabilidad profesoral; le ayudaba el hecho de que el presidente Piñera mismo prefería dar él las malas noticias. A Arenas nadie le perdonó su cortedad de genio. En Marcel quedó claro que era solo una forma de su timidez. Todos aprendieron a decir que no, pero a todos los animaba una sensibilidad social profunda que seguro habita también en Jorge Quiroz, aunque ha hecho un esfuerzo denodado para que no se le note.

“No hay plata”: el lema le resultó a Milei porque no había efectivamente un peso en ninguna parte. Luego él mismo tuvo que corregirlo y endeudar el país como nunca antes en su historia. La situación económica chilena nada se parece a la argentina, pero todos más o menos entendemos que la tendencia a producir poco y endeudarse más puede llegar a ser en corto tiempo fatal. Los chilenos estamos acostumbrados a la falta. De alguna forma nos gusta la dificultad. Pero solo la aguantamos cuando sabemos que hay una recompensa al final. Ese horizonte, ese oasis en el desierto, ese mar al final de las colinas, es lo que Quiroz no ha conseguido aún mostrarnos. Lo más seguro es que lo encuentre. Por el momento tiene que aprender a disimular el placer con que dice que no, y el placer aún más grande cuando no dice que sí.

En Chile la pesadez es admirada solo si es transitoria; si se convierte en costumbre, resulta a la larga risible. La billetera fiscal es de todos y se agradece que se la cuide y que nadie se la lleve para la casa. Pero sigue siendo nuestra, y sigue siendo nuestro el ministro que la administra. Nadie le pide que sonría, pero a la hora de castigar debe olvidar que es a sí mismo también que se está castigando. El cirujano no puede llorar cuando opera, pero tampoco puede olvidar que el cuerpo que opera es tan valioso y sensible como el suyo.

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