El sabor de las marraquetas

Los millennials chilenos no han vivido lo que es la inflación desatada y mucho menos la conocen las generaciones sucesivas, como sí lo saben los niños argentinos desde el jardín de infantes.

Por Ximena Torres Cautivo Periodista y escritora › Actualizado: 10:55 hrs
El sabor de las marraquetas
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En la mañana del viernes pasado, en las radios abundaban las metáforas respecto del estado de las marraquetas después del deslucido partido de la selección nacional contra la del Perú. Una derrota de 1-0 que al parecer nos dejaba al margen del Mundial de Qatar, pero el domingo la tortilla se volvió a dar vuelta y la marraqueta amaneció crujiente con el triunfo sobre Paraguay.

Modesto triunfo, porque tiendo a pensar que las marraquetas estarán más bien tirando a duras, añejas y, lo peor, escasas, como en el despertar del viernes pasado. 

El viernes a la derrota contra Perú, se sumó una noticia fresca, que a las 8 de la mañana, vino a avinagrar aún más el sabor del pan: el IPC de septiembre se disparó en 1,2%, acumulando un aumento del 5,3% en los últimos doce meses, superando “el techo” que considera saludable el Banco Central. Un aumento mensual que es el más alto en 13 años, y que no augura nada bueno. 

En esa ducha de agua fría estaba, cuando Juan Cristóbal Guarello, el radical y huraño comentarista de fútbol, antes de entrar en su cilíndrica materia, se lanzó una observación luminosa, que quizás su audiencia habitual no alcanzó a sopesar. Se colgó de la noticia anterior –el alza del costo de la vida, que eso significa el aumento del IPC, en 1,2%, y no macro economía de alto vuelo ni materia de especialistas–, puso la pelota en el piso y reflexionó: así como hay generaciones que no conocen lo que es vivir con altas tasas de inflación, hay una que casi no ha visto derrotada a la Roja.

Al parecer habrá que prepararse para ambas cosas. 

Los millennials chilenos no han vivido lo que es la inflación desatada y mucho menos la conocen las generaciones sucesivas, como sí lo saben los niños argentinos desde el jardín de infantes. Durante los últimos cien años, Argentina ha tenido una tasa de inflación promedio de 105% anual, lo que significa bien en concreto que si el kilo de pan vale 1.600 pesos (usando los valores chilenos actuales), en un año más costará más de 3.200, y eso sin que aumenten los sueldos. En 1989, alcanzó su máximo histórico: ¡3.079%! En ese mismo año la inflación anual en Chile llegó a 21,4%. Lejos del 508% de 1973, tiempos en que los chilenos sabíamos que el costo del consumo era imbancable en lo cotidiano. También lo saben los venezolanos, que en 2020 sufrieron un 2.959% de alza del costo de la vida, y todos hemos visto cómo buscan desesperadamente oportunidades de una mejor existencia fuera de su país.  

Las razones son humanas pero profundamente inhumanas con los que menos tienen; es la irresponsabilidad de los políticos que se han convertido en fabricantes de dinero. Dinero de papel, sin respaldo ninguno, que se inyecta a la economía, sin medir las consecuencias del futuro mediato. Similar a lo que hace hoy en Chile un conjunto de legisladores irresponsables decididos a ser reelectos a como dé lugar, aprobando un cuarto retiro de los fondos de pensiones que no beneficia a los más pobres en esta emergencia social y sanitaria, que es el populista argumento que esgrimen, sino a sabiendas que son esos grupos las víctimas colaterales de una inflación provocada por mezquinos deseos de poder. 

Así como vamos, no es cuco suponer que en el futuro no habrá marraquetas crujientes ni por los logros de la Roja ni por la gestión de nuestros legisladores. Y los chilenos de los primeros deciles socioeconómicos tendrán que conformarse con tener un mendrugo de pan sobre la mesa.   

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