Secciones
Opinión

El Papa versus Trump

La nacionalidad del actual Papa le otorga a su conducta un efecto sin precedente en la política de EE.UU. al intentar movilizar voluntades para detener lo que él denomina “una guerra injusta”.

Vivimos tiempos extraños. Al mismo tiempo que el orden mundial se sacude debido a varias estocadas que le ha propinado con especial ahínco el presidente Donald Trump en su segundo mandato, el liderazgo del mundo libre parece haber sido asumido, en un giro inesperado, por otro estadounidense… un afable sacerdote. Nacido en Chicago, aficionado a los White Sox y a la pizza, con ancestros franceses de Louisiana y un pasaporte peruano adicional que el mismo solicitó después de más de 20 años de servicio pastoral en ese país: el Papa León XIV.

Hasta hace un año, Robert Prevost, exsuperior general de los agustinos, era un cardenal de aspecto sencillo y jovial (no obstante, sus 70 años), discretamente políglota, y uno más entre 17 prelados estadounidenses. Ahora, en cambio, se está consolidando como la figura estadounidense más importante en el panorama mundial, y los efectos de esa popularidad escapan al ámbito católico o religioso propiamente tal. Al oponerse a la guerra —actitud esperable en cualquier Papa moderno— ha cumplido recientemente su primer año de Pontificado transformado en un referente moral de estatura mundial.

Trump, en su estilo, ha catalogado al Papa como “malísimo en política exterior”, “suave con la criminalidad”, y lo ha instado a “dejar de complacer a la izquierda radical”, mientras que su vicepresidente J.D. Vance le ha recomendado “tener cuidado para hablar de teología”. El Papa, doctor en derecho canónico, sólo ha emitido como repuesta una afirmación simple y tranquila: “No somos políticos, y no abordamos la política exterior desde la misma perspectiva… Seguiré hablando en contra de la guerra”.

Medios estadounidenses han sugerido que la tirria de Trump respecto al Papa se debe a que el primero no soporta el apoyo nacional que concita el segundo (superándolo en 46 puntos, según encuestas). Sea esa o no una de las causas, la disputa sitúa la relación entre Washington y el Vaticano en un punto totalmente opuesto a la cooperación habida durante la Guerra Fría entre Reagan y el entonces pontífice Juan Pablo II.

Lo cierto es que la nacionalidad del actual Papa le otorga a su conducta un efecto sin precedente en la política de EE.UU. al intentar movilizar voluntades para detener lo que él denomina una “guerra injusta”. Sucede que, a diferencia de sus antecesores, el pontífice es hablante nativo del inglés; y que, además, Trump no puede usar sus métodos de intimidación habituales en otras relaciones bilaterales —aranceles y amenazas militares— respecto el Estado Vaticano. Si a eso le sumamos el hecho que no existe una voz que unifique a la oposición, entonces la visión del Papa respecto a Trump podría tener consecuencias en las elecciones de mitad de mandato de noviembre, donde el Partido Republicano lucha por mantener el control de ambas cámaras del Congreso.

Aunque Trump —de origen presbiteriano— no mostró en su vida empresarial cercanía alguna con valores cristianos, su carrera política ha estado plagada de jactancia religiosa. Por ejemplo, promociona entre sus seguidores una Biblia —a 60 dólares cada ejemplar—, que además de los textos sagrados incluye su nombre e imagen bajo un acuerdo de licencia, además de documentos políticos fundacionales como la Constitución y la Declaración de Independencia, como forma de “recuperar la religión” y “hacer que Estados Unidos vuelva a orar”. También cuenta en la Casa Blanca con una controvertida consejera espiritual, la pastora Paula White, que constantemente compara las batallas legales del presidente con las experiencias de Jesucristo, y ha colocado en puestos altos de su administración a evangélicos (como el secretario de Defensa Pete Hegseth) y católicos de línea conservadora (como el secretario de Estado Marco Rubio).

Con todo, Trump, acostumbrado a la adulación de otros jefes de Estado y de Gobierno, y al hecho que los católicos son un grupo que no supera el 20% de la población de su país, parece incapaz de aquilatar la influencia moral global de la Santa Sede, y la inconveniencia de provocar una confrontación con un Papa que condena sin tapujos la invocación de Dios en contextos bélicos: “¡Ay de aquellos que manipulan la religión y el nombre mismo de Dios para su propio beneficio militar, económico y político, arrastrando lo sagrado a la oscuridad y la inmundicia”, dijo por ejemplo León XIII durante un reciente viaje a Camerún.

El Papa también se ha sumado a las críticas a la crueldad de las políticas de Trump en materia migratoria. “Alguien que dice: ‘me opongo al aborto, pero estoy de acuerdo con el trato inhumano a los inmigrantes… no sé si es realmente provida”, dijo el año pasado.

En el fondo, la brecha entre el Papa y Trump refleja una división sobre el orden mundial y la legitimidad de la violencia como medio para resolver problemas importantes al interior del país y entre países. El Vaticano es promotor del orden multilateral —que cimentó el mismo Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial— y por, sobre todo, de la solución pacífica de controversias (como nos consta a chilenos y argentinos, beneficiarios de una mediación papal clave hace más de 40 años). Trump por su lado, puja por un orden en el que impera el poder desnudo, y donde las grandes potencias militares tienen cada una su propia esfera de influencia donde hacen lo que quieren.

El círculo de Trump sabe que el ataque directo al Papa es una idea aún peor que el ya inolvidable posteo en su red social en el que el Presidente tomó el lugar de Jesucristo, su posterior explicación (“soy yo como médico de la Cruz Roja, yo sano a la gente”), y la repetida negativa a disculparse por la ofensiva imagen. La reciente reunión del secretario Rubio con el pontífice es claramente un intento de controlar un daño electoral que puede ser muy relevante. Pero considerando la volatilidad de Trump y sus diarias divagaciones, el esfuerzo podría ser fútil.

A nivel global, en todo caso, habrá cuentas alegres en el Vaticano. El conflicto parece favorecer al Papa, fortaleciendo su autoridad y dando nuevos bríos a su feligresía. Como dicen algunos fieles: “de los males, Dios saca bienes”.

Notas relacionadas







El Papa versus Trump

El Papa versus Trump

La nacionalidad del actual Papa le otorga a su conducta un efecto sin precedente en la política de EE.UU. al intentar movilizar voluntades para detener lo que él denomina “una guerra injusta”.

Foto del Columnista Paz Zárate Paz Zárate

El debate detrás del “impuesto a la soltería”va mucho más allá de Japón (y de la soltería)

El debate detrás del “impuesto a la soltería”va mucho más allá de Japón (y de la soltería)

En el país asiático se ha generado una gran discusión por un nuevo cargo, que se ha popularizado como “impuesto a la soltería”. Lo que ha generado la polémica es que rápidamente se levantaron preguntas como ¿por qué tengo que pagar por beneficios que no usaré?, ¿están castigando decisiones personales?... preguntas que van más allá del país y del fin.

Foto del Columnista Aurora Sepúlveda Aurora Sepúlveda