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Las 4C-Tercera parte

Creíamos que los políticos legislaban en beneficio de todos, y no de algunos, pero nos informamos que habían empresas que los financiaban, y que eso les restaba imparcialidad, y que eso ocurría en todos los sectores políticos.

Tras revisar en las dos columnas anteriores las 4 C, que el presidente de la Cámara Nacional del Comercio, Ricardo Mewes consignó como condiciones necesarias para que el país pudiera transitar nuevamente al crecimiento, y respecto de las cuales el actual mandatario concordó, me centraré en la C de la confianza, porque la estimo esencial. Tanto que solo nos enteramos de su importancia cuando no podemos conjugarla, cuestión que precisamente ocurre con todos aquellos verbos que en verdad importan. De hecho, sin ella, no es posible establecer ninguna relación, ni personal, profesional, social, o lo que sea. Es más, si existe relación, y ésta se pierde, la relación se acaba. Así de claro. 

Si no existiera, sería imposible moverse, alimentarse, relacionarse, y en definitiva sobrevivir. Nos subimos al metro o tomamos un bus, porque confiamos que quien maneja sabe hacerlo, y que existe un control externo y normativo que fiscaliza que lo haga bien. Eso que resulta de perogrullo es lo que se ha perdido en todo el mundo y especialmente en nuestro país. Suponíamos que los hombres de Dios predicaban lo que creían y que hacían suyo el discurso cristiano. Sin embargo, no enteramos que no pocos, utilizaban la fe para sus perversiones. Otros para enriquecerse. 

Creíamos que los políticos legislaban en beneficio de todos, y no de algunos, pero nos informamos que habían empresas que los financiaban, y que eso les restaba imparcialidad, y que eso ocurría en todos los sectores políticos. Entendíamos que las Universidades eran corporaciones que se crearon sin fines de lucro y con el propósito de permitirle a mucha gente que por distintas razones (principalmente por la educación de sus colegios de base) no quedaba en las universidades tradicionales pudieran acceder a una profesión. Se creía que el Estado lo autorizaba porque tenía controlada la demanda, pero fuimos comprobando y con pesar que habían inmobiliarias que pertenecían a los controladores, y que sí lucraban y que la calidad no importaba y que cuando esos profesionales, normalmente de clase baja y/o media, salían a buscar trabajo eran discriminados. La rabia de esa familia que se endeudó para colgar un título que no servía de mucho, fue creciendo. Más lo hizo, cuando comprobaron que el mercado si tenía una mano que lo controlaba y que no era invisible. Hubo colusiones, aprovechamiento de información privilegiada y un largo etcétera que paseó y por harto rato impunemente. Después se produjo la avalancha incontrolada de inmigrantes, la que nunca fue investigada, no obstante que existían indicios de irregularidad, ya que no era normal el flujo de haitianos y que los viajes solo fueran de llegada y por una misma línea. Pero nada de eso se indagó. No hubo tampoco transparencia respecto de los acuerdos que el país celebró para dar cabida a los perseguidos en Colombia y/o Venezuela. Se asumió que en Chile cabían todos. Nadie sopesó el costo que tendrían esas políticas para los compatriotas más vulnerables. Pero no importó, Chile sacó buena nota en la ONU y una ex presidenta escaló posiciones allí.

Hubo fraude en Carabineros, las Fuerzas Armadas y la Policía Civil, y en ese contexto, que terminó horadando la confianza entre todos y con todos, emergió un grupo de dirigentes estudiantiles (pingüinos), enarbolando la bandera de la educación, que sirvió de pretexto para hacer una reforma tributaria mala, y para promoverlos como la nueva clase política, la que según ellos mismos, respondería a un estándar ético superior.
 

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