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Nada personal

En tiempos en que cada acorde parece reducido a un algoritmo y cada concierto a la exactitud de una planilla de Excel, sorprende -y conmueve- que algunos músicos todavía elijan perder dinero para ganar algo mucho más raro y valioso: la fidelidad viva de su público.

En tiempos en que cada acorde parece reducido a un algoritmo y cada concierto a la exactitud de una planilla de Excel, sorprende -y conmueve- que algunos músicos todavía elijan perder dinero para ganar algo mucho más raro y valioso: la fidelidad viva de su público.

Billy Joel lo entendió hace años. Cansado de mirar desde el escenario hacia una primera fila ocupada por trajes caros, habanos encendidos y miradas de aburrido privilegio, decidió dejar de vender esos asientos. “Nunca vendemos las primeras filas, las retenemos en casi todos los conciertos”, dijo alguna vez. “Me cansé de ver ahí a ejecutivos y revendedores; ¿dónde están los fans de verdad?”. Hoy esas butacas se entregan a quienes compraron arriba, en las gradas más lejanas, y que de pronto son invitados a vivir la experiencia desde el lugar más íntimo. Pierde -según la prensa estadounidense- más de 20 mil dólares por noche, pero gana lo que ningún balance contable registra: la comunión genuina con sus seguidores.

Ese mismo espíritu se replica en otros escenarios. Flea, el bajista de Red Hot Chili Peppers, suele interrogar a quienes le piden un autógrafo: “¿De verdad escuchas nuestra música? ¿Qué canciones trae este disco? ¿Sabes quién era nuestro guitarrista en esa época?”. No es soberbia, es resguardo: sabe que demasiadas firmas terminan convertidas en subastas digitales. Billie Eilish, harta de que todo apareciera revendido online, dejó de firmar por completo. Paul McCartney y Ringo Starr tampoco lo hacen; James Hetfield, de Metallica, evita posar con fans para que la experiencia no se vuelva transacción. Dave Grohl o Chrissie Hynde, de The Pretenders, han marcado el mismo límite frente al negocio de los autograph hounds, esos cazadores de firmas que llegan a venderlas por 2.500 dólares.

Lo paradójico es que no hablamos de artistas emergentes temerosos de perder terreno, sino de nombres inmensos, con carreras millonarias y universales. Son justamente ellos quienes levantan la voz para recordarnos que lo esencial sigue estando en otro lado: en la mirada que une a escenario y público, en un canto compartido, en un papel firmado que vale por la memoria y no por el precio.

Se trata, en definitiva, de una defensa del rito. Joel blindando la primera fila, Eilish y McCartney protegiendo su firma, Hetfield resguardando su imagen. Gestos distintos, un mismo mensaje: la música no está hecha para ser revendida, sino para ser vivida. Y que lo digan ellos, tan poderosos, tan universales, es quizá la señal más clara de que todavía queda algo incorruptible en este negocio.

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