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Zohran Mandami o la revancha del exilio

Mamdani pasó su primera infancia en Uganda y Sudáfrica antes de que su familia se mudara a Manhattan en 1999. Se naturalizó estadounidense en 2018. Su segundo nombre, Kwame, honra a Kwame Nkrumah, quien condujo a Ghana a la independencia en 1957. Nkrumah creía que la verdadera liberación requería justicia económica mediante el socialismo. Esa visión redistributiva reaparece en el discurso de Mamdani.

Zohran Kwame Mandami conquistó la alcaldía de Nueva York a los treinta y cuatro años. Su programa era tan descabellado que cuando anunció su candidatura en octubre de 2024, con apenas 1% de apoyo en las encuestas, pocos imaginaron que lo lograría. Prometió congelar alquileres, volver gratuitos los autobuses y proveer cuidado infantil universal mediante impuestos progresivos. Derrotó al exalcalde Andrew Cuomo, heredero de una poderosa dinastía política del Partido Demócrata, movilizó más de cien mil voluntarios y batió récords de participación electoral. Se autodefinió como socialista democrático y será el primer alcalde musulmán en una de las ciudades más pobladas de Estados Unidos.

Su biografía da sentido tanto a su victoria como a su proyecto. Zohran Mamdani nació en Kampala en 1991, casi dos décadas después de que Idi Amin desterrara de Uganda a setenta mil personas de origen asiático, entre ellas su padre, Mahmood Mamdani. Sus abuelos habían nacido en la entonces Tanzania británica y formaban parte de la diáspora india. En 1972, mientras Mahmood enseñaba en Kampala durante una pausa de su doctorado en Harvard, fue expulsado; años más tarde recuperó la ciudadanía ugandesa, pero en 1984 el gobierno de Milton Obote se la volvió a retirar y quedó apátrida por varios años. Posteriormente recuperó su estatus legal y pudo volver a residir y trabajar en Uganda. La familia de Zohran Mamdani vivió en carne propia la fragilidad de los papeles que determinan la pertenencia o el destierro.

Mamdani pasó su primera infancia en Uganda y Sudáfrica antes de que su familia se mudara a Manhattan en 1999. Se naturalizó estadounidense en 2018. Su segundo nombre, Kwame, honra a Kwame Nkrumah, quien condujo a Ghana a la independencia en 1957. Nkrumah creía que la verdadera liberación requería justicia económica mediante el socialismo. Esa visión redistributiva reaparece en el discurso de Mamdani.

Antes de la política, trabajó como consejero de vivienda en Queens ayudando a inquilinos a evitar desalojos. Presenció familias perdiendo sus hogares por aumentos de renta imposibles, vio a la ciudad desplazar habitantes tal como Amin había expulsado a los asiáticos de Uganda. En Nueva York ese desplazamiento no lo impone un tirano, sino que lo desencadena la especulación inmobiliaria, pero el resultado es el mismo.

Lo que Mamdani propone es transformador. Quiere usar el poder de la alcaldía para redistribuir riqueza en una de las urbes más desiguales del mundo. Imagina una metrópoli que funcione para sus habitantes, no para los especuladores inmobiliarios. Para llevar adelante su plan, necesita subir impuestos pero, para lograrlo, requiere de la aprobación de la legislatura del estado de Nueva York. No es fácil. Sin embargo, Mamdani llega respaldado por una base popular. Su mensaje encontró eco porque visibilizó la precariedad habitacional que muchos sufren, aunque pocos políticos han podido articularlo como él.

La ironía es poderosa. El nieto nacido en Kampala, hijo del exiliado que perdió dos veces su ciudadanía en Uganda, llega al epicentro cultural de Estados Unidos con un discurso que rechaza nacionalismos excluyentes y desigualdades extremas.

Queda por ver si Mamdani conseguirá transformar Nueva York. Si podrá hacer de la ciudad un hogar que el abuelo dejó en Tanzania, que el padre perdió en Uganda, que miles de neoyorquinos abandonan cuando no pueden pagar la renta de los lugares en que viven. Las propuestas del alcalde enfrentan serias dudas sobre la viabilidad. Promete más de lo que el poder municipal puede entregar sin cooperación estatal. Pero quizás porque conoce el destierro, Mamdani intuye que cambiar inercias profundas requiere audacia, aunque parezca imposible. La historia le ha dado una oportunidad extraordinaria para intentarlo.

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