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Todo empezó a irse al carajo cuando murió Bowie

Queda entonces la pregunta inevitable: ¿de qué estaría hablando Bowie hoy?, ¿qué tipo de música estaría haciendo frente a un mundo polarizado, saturado de ruido, de verdades instantáneas y emociones administradas por algoritmo? Tal vez no tendría respuestas. Pero seguro estaría mirando donde duele, donde el lenguaje empieza a fallar, donde el presente se vuelve frágil.

No es casual que, a diez años de su muerte, David Bowie siga reapareciendo como una suerte de punto de inflexión cultural. La frase del titular circula con ironía y melancolía, pero persiste porque toca algo más hondo. No habla solo de una pérdida musical. Habla de una ausencia simbólica. De un artista que parecía estar leyendo el mapa antes de que el terreno se quebrara.

Bowie murió a los 69 años, y lo hizo como vivió: sin avisos grandilocuentes, sin giras de despedida, sin comunicados dramáticos. Su muerte no fue anunciada. Se supo cuando ya había ocurrido, apenas dos días después de haber publicado Blackstar. El mundo recibió la noticia junto con el disco, como si ambas cosas formaran parte de un mismo gesto final. Bowie sabía que se estaba muriendo, y aun así eligió hablarle al futuro. No explicó nada. Dejó una obra.

Ese gesto dice mucho de por qué su figura hoy se lee más allá de la música. Bowie fue político sin parecerlo. No escribió canciones de consigna ni bajó línea explícita, pero entendió como pocos que el poder también se juega en los cuerpos, en las identidades, en la manera en que nos miramos y nos nombramos. A fines de los 90 habló de Internet como una fuerza que iba a alterar la noción misma de autoría, de verdad y de control. No lo hizo desde el entusiasmo ingenuo, sino desde la sospecha: intuyó que el futuro sería más veloz, pero también más frágil.

Esa fragilidad atraviesa su obra tardía. Blackstar no es solo un disco sobre la muerte personal, sino sobre un mundo que se apaga sin grandes relatos que lo sostengan. Bowie entendió que la épica estaba agotada, que el futuro ya no se presentaba como promesa, sino como interrogante. En una cultura obsesionada con la juventud eterna, la productividad sin pausa y la visibilidad permanente, su despedida fue un acto incómodo y profundamente elegante: aceptar el final, integrarlo al relato y no convertirlo en espectáculo.

También fue político su vínculo con el cambio. Bowie no mutaba para mantenerse vigente; mutaba porque desconfiaba de las certezas. Cambiar era una forma de pensar. En tiempos que exigen identidades fijas, posiciones claras y discursos cerrados, él cultivó la ambigüedad como espacio fértil. No para confundir, sino para resistir la simplificación.

Por eso hoy su figura empieza a operar casi como una religión laica. No un culto vacío, sino un sistema de valores: curiosidad, riesgo, incomodidad, belleza extraña. Bowie enseñó que el arte no está para confirmar lo que creemos, sino para tensionarlo. Que mirar más allá suele incomodar y que hacerse preguntas tiene un costo.

Queda entonces la pregunta inevitable: ¿de qué estaría hablando Bowie hoy?, ¿qué tipo de música estaría haciendo frente a un mundo polarizado, saturado de ruido, de verdades instantáneas y emociones administradas por algoritmo? Tal vez no tendría respuestas. Pero seguro estaría mirando donde duele, donde el lenguaje empieza a fallar, donde el presente se vuelve frágil.

Quizás no todo empezó a irse al carajo cuando murió Bowie. Tal vez lo que ocurrió fue más simple e inquietante: se apagó una voz capaz de leer el temblor antes del derrumbe. Y en un mundo que parece haber perdido el matiz, esa ausencia se vuelve cada vez más dolorosa.

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