Fue el 23 de enero de 2022. Gabriel Boric llevaba poco más de un mes electo como Presidente de la República cuando apareció en el mítico restaurant La Terraza, a la entrada de Vicuña Mackenna, a comprarse un Barros Luco italiano con extra mayonesa. El look: polera de la banda de metal Pantera, camisa de leñador, jockey, mascarilla —eran esos tiempos— short negro y unas botas tipo Chelsea, bien calurosas para el verano santiaguino (Boric tiene un tema con los zapatos: no soporta las zapatillas ni los cordones). Saludó a la gente con el puño en alto y luego se pasó la mano por el pecho haciendo el símbolo de la franja de la UC.
Estaba feliz. El viento, entonces, soplaba a su favor. Era, hasta ese momento, el Presidente más votado de la historia, en un país que venía saliendo de un estallido social y que quería una nueva Constitución. El joven Boric encarnaba la energía de quienes querían cambiarlo todo: un país plurinacional, sin Estado subsidiario ni modelo neoliberal, entre varias otras cosas que hoy parecen una vieja película en blanco y negro.
Asumió el poder un par de meses después y, al poco andar, la realidad hizo lo suyo. La ministra del Interior fue recibida a balazos en Temucuicui. La Convención Constitucional se convirtió en una fértil producción de tristes espectáculos que terminaron por desencantar a buena parte de la ciudadanía que había puesto su fe en esta nueva fuerza, acaso impoluta, llamada Frente Amplio. Llegó el 4 de septiembre y todo se derrumbó con el triunfo del Rechazo. Boric, astuto, entendió que el camino iba en otra dirección y abrió las anchas alamedas a la socialdemocracia.
Se ordenó. Bajó el volumen a los sueños juveniles y dio voz a los adultos con experiencia, a quienes habían sido protagonistas de una política estable, de avances graduales y sin disrupciones épicas. Y ahí se mantuvo un buen tiempo. Peinado, gobernando impulsos que ya no resultaban pintorescos en el nuevo esquema.
Sí: se encaminó hacia un gobierno socialdemócrata. Sacó adelante la reforma previsional negociando con la oposición. Criticó varias veces la “dictadura” de Venezuela. Sacó a figuras que lo habían acompañado desde el inicio, como Giorgio Jackson, o a su amigo y jefe de gabinete, Matías Meza-Lopehandía, tras los indultos a los presos de la revuelta de octubre.
Boric cambió de tema. La seguridad y el crecimiento pasaron a ocupar un lugar central en sus discursos, como jamás se habría pensado. Aplaudió a Carabineros. Mantuvo el estado de emergencia en el norte y en el sur. Aprobó más leyes de seguridad que ningún otro gobierno. Hizo un mea culpa por la forma en que se trató a Sebastián Piñera durante su mandato, fue noble tras su muerte y admirable en su conversación con José Antonio Kast cuando este ganó la Presidencia el 17 de diciembre pasado.
Pero da la impresión de que Boric se cansó.
A dos meses de terminar su período —y mientras varios tratan de sujetar sus puestos con una ley de amarre—el Presidente parece haberse liberado. Como si aquello que pensamos que era una convicción política profunda, una nueva forma de habitar el cargo, hubiese sido más bien una camisa de fuerza.
Boric decidió soltar su propio yo. Volver a las raíces. En la cafetería Popular —la misma donde hace poco un grupo de tristes comunistas cantaba La Internacional tras la derrota de Jeannette Jara—, Boric apareció siendo Boric. Camisa y short negros, botas (otra vez) y calcetines largos. Su hija Violeta en brazos, coreando a Chinoy. “Los tiempos están duros, y cuando los tiempos están duros, lo importante es volver a los orígenes”, dijo. Habló de la “angustia” del ambiente y de la necesidad de quererse y estar juntos. Boric es, todavía, el presidente de Chile.
Lo de Venezuela ya había ocurrido. Y había condenado la operación de Trump. Pero no se quedó ahí. A un tuit del presidente de Estados Unidos le respondió con otro tuit, propio de un hijo de vecino o, si se quiere, de un parlamentario impetuoso. Otra vez: siendo el presidente de Chile.
Luego vino el turno del periodismo performático (¿qué será eso?). El amigo Boric fue a ver el show en vivo de Turno, el canal de su amigo Nicolás Copano, producido por su otro amigo, Matías Meza-Lopehandía. Saludo puño en alto, mientras la audiencia coreaba “Boric sí, otro no”. Una zona de confort.
Boric es astuto. Entendió que su Presidencia se acabó y se prepara para ser líder de la oposición. Entendió que es Kast quien controla la agenda y que, por fin, quizás, puede volver a ser Gabriel. El punto es: lo que vimos estos últimos años, ¿era verdad o era broma?