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El viejo nuevo orden

En un mundo nuevamente organizado en bloques de poder, donde la soberanía plena parece una quimera, los países menos influyentes enfrentan una disyuntiva incómoda: alinearse con inteligencia o quedar atrapados en discursos épicos sin capacidad real de decisión. ¿Cuál será el camino que elija Chile?

Todos sabemos que las visiones del mundo son percepciones viciadas por los paradigmas del observador quien, desde su sentido común, interpreta los hechos generados por unos pocos protagonistas (acaso dos o tres) que determinan, con sus decisiones y acciones, el destino de los que viven con dramatismo o esperanza un “nuevo orden mundial”, que en definitiva siempre es el mismo orden que busca la supremacía territorial; política; cultural; tecnológica y, naturalmente, económica.

Ese orden que desde el comienzo de los siglos propone una lucha interminable en la que se enfrentan comunismo vs. capitalismo, occidente vs. oriente, izquierda vs. derecha, pobres vs. ricos, plantea la eterna amenaza de la supremacía de las potencias sobre el libre albedrío de los países, que frente a esta instancia solo le cabían dos alternativas: ser un buen empleado de una potencia, o ser un rebelde frente al poder imperial. Un mundo binario sin medias tintas. 

Ante esta realidad cinematográfica, a algunos pocos rebeldes con ideas se les ocurrió allá por los comienzos de los años 60 crear un tercer espacio, una nueva vía que sea una alternativa a la lucha de opuestos, lo que generó la idea del “tercer mundo”.

Así aparecieron líderes tercermundistas proponiendo soberanía política, independencia económica y la supuesta expectativa de liberación de intentos imperialistas, ya sean de occidente o del Este. En los años setenta, Perón planteaba desde La Argentina que “el año 2000 nos verá unidos o dominados”, en clara alusión a lograr la unión latinoamericana para diseñar su propio destino.

La región y otros bloques poco relevantes (África y algunos países asiáticos) intentaron conformar ese nuevo espacio que se fue diluyendo por falta de propósito, de fortalezas y cierta inmadurez adolescente, lo que finalmente fue manipulado por ambos lados imperiales que hicieron del tercer mundo un campo de batalla y un espacio de demostración de fuerzas. Nada mejor para las potencias que tener un patio para jugar, y además gratis.

En definitiva, por presiones externas; corrupción inagotable; pobreza nunca resuelta; recursos naturales mal aprovechados, democracias débiles y economías dignas de la era agraria, el tercer mundo nunca pasó de ser un mal experimento, salvo para algunos líderes de cartón que se enriquecieron casualmente por congraciarse con los imperios en pugna. Rebeldes conversos y traidores de su propia gente.

Esta introducción o como quieran llamarle, sirve para analizar este viejo nuevo orden, donde el mundo se estructura en bloques con dueños que se reparten territorios y economías sin otra participación que esos dueños. Patrones de fundo a gran escala.

Trump, Putin, Xi Jinping, en su rol de “propietarios”, tienen intereses que van más allá de los sistemas políticos, por lo que su supremacía deja a los países integrantes de esos bloques limitados a dos decisiones: ser un buen o mal empleado. 

En este escenario, la rebeldía solo cuenta como un acto disruptivo para mostrarle al jefe que se puede ser un intrapreneur dentro del imperio y que por eso se obtendrá un beneficio diferencial.

¿Soberanía política? ¿Independencia económica? 

En tal caso, los países que buscan su estabilidad y su desarrollo incipiente deberán acudir a la frase de Lord Palmerston que plantea “que en política internacional no hay amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes”. 

Así los intereses predominan y para ello ser un buen empleado no parece superficialmente un mal negocio, especialmente si hay que salvarse como lo hizo la Argentina de Milei con la decisión de subordinarse al gobierno de Trump.

Todo tiene un precio.

Será entonces el momento de preguntarse por la democracia y sobre quién dirige la voluntad popular de los países de la región.

¿Dependeremos de las veleidades de Trump que se atribuye el hecho de ganar elecciones a cambio de inversiones y préstamos que hagan países “rentables”?

¿Dependeremos de la paciencia de China que poco a poco domina la balanza comercial de la región?

¿Dependeremos del apoyo de Putin para evitar el avance de Trump?

Es importante aclarar que las únicas sucesiones claras son las de China y Rusia, Trump es transitorio (al menos institucionalmente), por lo que su sucesión es otra batalla entre Vance y Rubio, pero eso es para otra columna…

Si no están claros nuestros intereses, no hay manera de responder a esas preguntas. Y aunque en esta película no hay rebeldes con potencial de independencia, tener claro el rumbo, la identidad y la estrategia país es la que permitirá, al menos, sostener los grados de libertad necesarios.

Don José de San Martín dijo “en pelotas, pero libres”. Pero es difícil vivir en pelotas.

Entonces, hay que ser un buen empleado, que no necesariamente es obediente, sino un aporte al sistema que nos toca, por eso no debemos confundir alineamiento ni sumisión. 

En todo caso, si fortalecemos la estrategia país, desarrollamos a nuestra gente, fortalecemos la institucionalidad y evolucionamos en nuestras bases productivas y tecnológicas, quizás podamos ser parte de la mesa de algunas decisiones al menos con voz, aunque sea sin voto.

Parece que estos conceptos tienen poco glamour y poca seducción independentista, aunquea veces es necesario dejar de lado promesas primaverales, abandonar los discursos de liberación o dependencia y hablar de una realidad que no sea inventada, dónde ser independiente en un mundo interdependiente es complicado. 

Por eso, en estos países menos relevantes, la gran oportunidad es simplemente gobernar bien y con dignidad.

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Foto del Columnista Guillermo Bilancio Guillermo Bilancio