Todo dúo cómico, de Laurel y Hardy hasta Dinamita Show pasando por Abbott y Costello, está basado en un delicado equilibrio. Uno de los dos humoristas juega a estar loco mientras el otro juega a estar cuerdo. Uno le habla al sentido común del espectador, otro a sus instintos más desatados. Así, el Flaco de los Dinamita Show nunca intenta ser normal mientras el Indio, que lo reta, lo enmarca, lo pastorea, rompe solo algunas veces esa ilusión de seriedad para llevar el efecto cómico de la pareja hacia lugares inauditos.
En la pareja Jadue-Gutiérrez los roles están perfectamente bien asignados. Con una barba de profeta demente en la que sobresalen unos bigotes de pirata, nadie podría discutirle al abogado Gutiérrez el rol de lunático cómico en la pareja. Aunque alguna vez fue un serio abogado de derechos humanos y un algo menos serio diputado de la República, su empeño estos últimos años ha sido decir siempre algo más absurdo e inusitado que lo que nadie se atrevió a decir antes. Su locura se expresa también en dibujos que difunde en su cuenta de X, el canal de expresión de sus desahogos más frecuentes. Jadue es en la pareja el elemento serio, el estudioso, el leído, el ideológico, aunque estas lecturas y estos estudios a la postre solo aumentan el componente cómico del dúo.
Como en todo buen espectáculo cómico, lo que hace verdaderamente funcionar a este dúo no es solo la locura individual de sus integrantes, sino la química entre ambos. Gutiérrez puede decir cualquier barbaridad—y las dice todas—porque sabe que Jadue estará ahí para traducirlas al lenguaje de la teoría, para vestir el delirio con ropajes académicos. Y Jadue puede sostener con cara seria las posturas más descabelladas porque sabe que Gutiérrez ya habrá preparado el terreno, habrá desplazado tanto la ventana de lo decible que cualquier cosa que venga después sonará casi razonable por contraste.
Lo verdaderamente cómico es siempre serio. Lo que hace a la dupla irresistible es el hecho de que creen sinceramente en todos los disparates que lanzan. Partiendo con que Cuba sí es una democracia, no solo diferente sino mejor que la chilena. Siguiendo con que Irán es la patria del feminismo posible. Y que, por supuesto, Cataldo, Vallejo y Gajardo han sido pésimos ministros de un pésimo gobierno.
Lo último podría alegarse, aunque cualquier análisis más o menos objetivo concluiría que los tres ministros comunistas han sido de lo poco que casi nunca falla. Y no falla porque son comunistas, cuadros educados desde la lógica leninista, una lógica implacable y cruel cuando gobierna sola, pero muy útil cuando es parte de una coalición que modere sus ansias de dictadura.
Lo que separa a Jadue y a Gutiérrez de los ministros comunistas de este gobierno no es que estos no sean suficientemente comunistas, sino el hecho más sutil de que son justamente ellos los que no acaban nunca de ser realmente militantes del partido que creen defender. Jadue entró en el comunismo por la causa palestina y ha aplicado a ella la lógica de “cuanto peor mejor” con que Hamas ha creído gobernar lo que iba destruyendo. Hamas, que es uno de los enemigos abiertos del Partido Comunista Palestino. Como Maduro y Delcy, que son enemigos del Partido Comunista Venezolano, y el régimen iraní, enemigo declarado del comunismo iraní (al que ha exterminado). Jadue se siente más cerca de Podemos español, de la France Insoumise de Mélenchon, de la extrema izquierda populista, que de cualquier versión del comunismo real. Gutiérrez ni siquiera llega a estas alturas del debate ideológico; socialista de origen, lo único que lo liga al partido es el placer de estar en contra de todo lo que se parezca de cerca o de lejos a una democracia.
Solo la profunda debilidad ideológica de otro dúo más bien triste, que componen Lautaro Carmona y Juan Andrés Lagos, ha permitido que estos dos mercenarios ideológicos dicten la línea del partido. Defender lo indefendible es algo que un comunista puede hacer, pero defender lo imposible, apostar donde no hay poder es justamente lo que Lenin se guardó de hacer. Todo su combate fue el intento de no caer en el idealismo asesino de su hermano mayor. Lo de asesino no era lo que le molestaba, por el contrario, pero lo de idealista le parecía una pérdida de tiempo, energía y sangre.
Jadue y Gutiérrez en cambio apuestan todo a los símbolos y nada a la política real. Todo al ruido, todo al escándalo, nada a la acumulación de fuerza. Que Jeanette Jara haya perdido no les duele, les duele que haya conseguido más votos que cualquier otro candidato comunista de la historia. Que Cataldo haya conducido su ministerio con calma y entereza les duele más que lo que no ha hecho. Como les duele que Camila Vallejo sea lo más cercano que tiene su sector a una presidenciable posible.
No es que Jadue y Gutiérrez sean nihilistas que no creen en nada, son cruzados de una nueva fe que nada tiene que ver con la que se supone que defienden. El hecho de que ya no tengan ningún cargo de elección popular, que uno de los dos esté bajo arresto domiciliario, habla del núcleo de su fe. Su lugar en el mundo son las redes sociales. Su pueblo está en X o en YouTube, sus banderas son las de los influencers. En cierto sentido habitan el partido más vetusto de todos porque les da la plataforma para ser plenamente posmodernos. El mundo es para ellos el simulacro del mundo, la sangre nunca llega al río porque nunca la ven derramarse. Su revolución se limita al lenguaje que para ellos constituye no solo una parte de la realidad, sino que es la realidad.
Como la cachetada de los payasos, fingen escandalizar el mundo de los correctos para ser al final de la jornada perfectamente funcionales a que nada ni nadie cambie de bando.