Se vienen tiempos de memorias y balances y con ello viene también el concepto de transparencia. En organizaciones culturales, ello está asociado por lo general a un deber administrativo y jurídico, a un requisito de gestión o una exigencia a cumplir para rendir un financiamiento. El problema es que reducirla a una obligación más, nos hace perder de vista su verdadero potencial.
Cuando una institución cultural rinde cuentas de manera sistemática y pública ante su directorio, sus equipos, sus audiencias y sus distintos stakeholders, no sólo está informando lo que hizo en el último periodo. De paso, está ejerciendo un acto profundamente democrático al hacer visible cómo se toman las decisiones, qué se prioriza, a quiénes se llega y, también, qué desafíos siguen pendientes. En ese gesto, la cultura deja de ser un espacio reservado para unos pocos y se convierte en un territorio compartido.
Las memorias, reportes o balances culturales no deberían entenderse como listados de actividades o celebraciones de logros. Bien hechas, son herramientas de acceso. Permiten que el público comprenda cómo una programación se construye, qué criterios la orientan y qué impacto real tiene en las comunidades. En un sector donde muchas veces el valor simbólico eclipsa los procesos, transparentar el quehacer cultural ayuda a romper la distancia entre las instituciones y las personas, fortaleciendo la confianza y el sentido de pertenencia.
Además, para que la cultura se transforme no basta con discursos ni gestos estéticos aislados. Muchos proyectos quedan atrapados en la lógica del evento, de la experiencia puntual, sin generar cambios estructurales de largo plazo. Por eso, transparentar los avances y aprendizajes permite ir más allá de la vitrina para poner sobre la mesa datos, hitos y resultados que contribuyan a identificar brechas, a tomar decisiones informadas, a sostener políticas culturales en el tiempo y abrir conversaciones incómodas pero necesarias sobre temas como inclusión, descentralización y acceso real, entre otros.
Finalmente, la transparencia también cumple un rol estratégico. Mirar en perspectiva lo que se ha hecho es clave para invertir mejor a futuro. En un contexto de recursos limitados, esta reflexión se vuelve aún más relevante. Justificar presupuestos requiere tomar decisiones más conscientes, alineadas con el propósito cultural y con las necesidades reales de las comunidades, pensándolas más allá de la lógica de los beneficiarios y proyectando la creación de audiencias. Sin información clara y compartida, cualquier planificación corre el riesgo de repetirse o desconectarse de su impacto.
Desde la dirección cultural, asumir la transparencia como un valor central es entender que la cultura es un derecho y que rendir cuentas no es síntoma de debilidad de las instituciones, por el contrario, las fortalece, las vuelve más coherentes y más abiertas al diálogo. En tiempos donde la confianza en las organizaciones está constantemente a prueba, la transparencia cultural es una forma concreta de desarrollo, donde el acceso comienza primero por el acceso a la información.