Hace algunos días se instaló nuevamente la conversación pública sobre la participación de mujeres y niñas en la ciencia. Más allá de la efeméride, la pregunta de fondo es consistente: ¿qué condiciones reales tienen nuestras niñas para imaginar una trayectoria científica o tecnológica? En Chile, donde más de la mitad de las estudiantes de educación superior son mujeres, la elección de disciplinas académicas sigue mostrando desigualdades estructurales que no se resuelven con buenas intenciones aisladas.
Según datos oficiales del Ministerio de Educación, el 52,6 % de quienes se matriculan en primer año de educación superior son mujeres, lo que refleja una mayoría femenina en la educación terciaria en general. Sin embargo, cuando miramos las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), la participación femenina disminuye de manera notoria: solo alrededor del 20,8 % de las personas matriculadas en programas STEM son mujeres. Esto indica que, pese a estar en mayoría en la educación superior, ellas siguen eligiendo otras disciplinas con más frecuencia que las científicas o tecnológicas.
En procesos recientes de admisión a la educación superior, las cifras oficiales muestran que aproximadamente el 32 % de las seleccionadas para carreras STEM fueron mujeres. Aunque esto sugiere un ligero avance respecto de años anteriores, la brecha con la paridad sigue siendo significativa y consistente entre cohortes.
La subrepresentación no se limita a la formación de pregrado. Según cifras del Ministerio de Ciencias, Tecnología, Conocimiento e Innovación, la proporción de mujeres que hacen investigación científica en Chile pasó de 37,7 % a 40,4 % en un año, lo que equivale a cerca de 1.500 investigadoras adicionales. Aunque es una mejora, la representatividad aún no alcanza la igualdad y pone en evidencia que los pasos hacia una participación plena siguen siendo insuficientes.
Estos datos no son solo estadísticas abstractas: reflejan cómo las expectativas sociales, los estereotipos y la falta de referentes influyen en las decisiones vocacionales mucho antes de llegar a la educación superior. Nuestra trayectoria acompañando a miles de jóvenes en sus procesos de elección profesional confirma que el interés por las ciencias puede surgir temprano, pero tiende a diluirse en la adolescencia cuando pesan con más fuerza mensajes que asocian ciertas disciplinas con identidades o roles “no femeninos”.
Promover la participación de mujeres en STEM no es solo una cuestión de equidad simbólica. Las carreras científicas y tecnológicas, además de ser motores clave de innovación, ofrecen en muchos casos mejores proyecciones laborales y salariales, especialmente en un mercado del trabajo que sigue evolucionando hacia perfiles técnicos y digitales. Limitar el acceso de las mujeres a estas áreas es, en la práctica, restringir opciones de desarrollo profesional y autonomía económica.
Cerrar esta brecha no se logra con gestos simbólicos ni con campañas aisladas. Requiere políticas públicas sostenidas, entornos educativos que cuestionen prejuicios, orientaciones vocacionales basadas en información actualizada y evidencia, y modelos visibles de mujeres científicas y tecnólogas que amplíen las expectativas posibles. También exige conversaciones honestas en las familias y comunidades sobre lo que significa elegir una carrera, más allá de los estereotipos.
La vocación científica existe. El talento también. El desafío es garantizar que las decisiones futuras de nuestras niñas no estén condicionadas por límites invisibles, sino por información clara, referentes cercanos y la certeza de que pueden construir su propia trayectoria en ciencia y tecnología. Si queremos un país más innovador, justo y competitivo, necesitamos que más niñas no solo “puedan imaginarse”, sino efectivamente se vean y se desarrollen como científicas, ingenieras, tecnólogas o matemáticas.