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Gabriel Boric y Nicolás Grau, los cuatreros

No fuimos gobernados por ladrones ni por dementes, sino por soberbios que aprendieron tarde su lección. Todo pudo ser mucho peor. Y también mucho mejor.

Hacía mucho tiempo que un verano había alcanzado a ser, desde el punto de vista de las noticias políticas, tan veraniego como este. Pocos incidentes, muchos de ellos predecibles, han alterado el tono alegre de unas tardes interminables llenas de sol. Un gobierno que se va e intenta hacerlo con algo de dignidad, y uno que entra e intenta hacerlo con brillo, nos tienen a todos en una dulce espera que casi nada altera.

El bono de desempeño que el presidente recibió, entre otros miles de funcionarios, intentó perturbar esa calma. Pero lo que la ha alterado con mayor certeza han sido las cifras del déficit fiscal, que han llevado a la oposición a intentar una de esas enésimas acusaciones constitucionales con que pretendemos, sin lograrlo, parecernos al Perú.

Detrás de estas dos polémicas, que no terminarán en nada, hay algo más serio e importante que la simple pataleta de hacer sufrir al Ejecutivo hasta el último día. El nuevo gobierno nace de la idea de que este ha sido un desastre total. Su razón de ser es sacar a Chile de las cenizas, el barro, la basura que lo envuelven. Pero para gobernar bien necesita ser realista y admitir que no estamos al borde del abismo, que hay tanto por cambiar como por continuar.

Necesita creer que el presidente saliente es un niño inexperto y algo corrupto que no sabe dónde está parado, pero también necesita recibirle la banda presidencial y admitir, para eso, que al final de los finales nada cambió tanto como se esperaba, y que algunos de esos cambios fueron incluso positivos. Necesita continuar la historia sin dejar de creer que se acabó.

Ante las críticas al bono, el presidente se ha defendido con cierta razonabilidad recordando que este se otorga por defecto, de manera burocrática, sin que mediara en ello decisión alguna suya ni de su entorno. En cierto sentido, la defensa de Grau dice lo mismo: que las cifras no son buenas, pero son esperables dentro de un contexto regional e histórico. En general, ambos nos recuerdan siempre que todo podría ser peor.

Son defensas de cuatreros, es decir, de alumnos de 4,0 a 5,1, de esos que no reprueban el ramo pero tampoco descollan en él. Como profesor, me resulta perfectamente comprensible que un alumno que se pasó parte del semestre jugando a hacer constituciones llegue al final a darlo todo para no caer. El esfuerzo se agradece siempre, sobre todo cuando uno sabe que son justamente esos alumnos que sudaron la nota los que terminan por entender el valor real del curso. El problema, claro, es que el presidente y sus ministros no son alumnos sino profesores. O deberían serlo. Aunque, pensándolo bien: ¿no los elegimos sabiendo que tenían que aprender?

No fuimos gobernados por ladrones ni por dementes, sino por soberbios que aprendieron tarde su lección. Todo pudo ser mucho peor. Y también mucho mejor. Todo lo anterior sería perfectamente comprensible viniendo de cualquier otro gobierno. El problema es que este no era cualquier gobierno. ¿No votamos a estos jóvenes limpios y bellos, fuertes y puros, precisamente para que todo fuera diferente?

Que cualquier otro presidente reciba un bono por desempeño que muchas veces deja bastante que desear es una justificación perfectamente esperable. En cualquier presidente menos en este, que hizo justamente del cuestionamiento a los privilegios, de la transparencia en el uso de los recursos del Estado y de la ruptura con las tradiciones, algo más que una bandera.

Lo mismo puede decirse de la economía, la salud, la educación, y para qué hablar de la cultura: haber evitado que sucediera lo peor no resulta, para una generación que prometió ser la mejor, que prometió liberar al país de su esclerosis múltiple, una excusa del todo atendible. Que la sangre no llegara al río no es un programa suficiente para quienes nos prometieron caminar sobre las aguas.

Es algo que, por cierto, solo podemos cobrarles quienes votamos por Boric, quienes creímos en él. Los otros, los que esperaban el apocalipsis, los que deseaban de alguna forma que se acabara el mundo para reconstruirlo ellos, no pueden sino estar agradecidos con este gobierno. El país que deja se parece mucho más al que conocían y amaban que aquel que recibió el presidente Boric al asumir el mando hace cuatro años.

Sin Boric no habría Kast, y este no puede dejar de saberlo. Saber también que el presidente más joven que hemos tenido le deja un país eminentemente gobernable desde sus ideas. No era así en la elección anterior, que Kast, por suerte para él, perdió. La batalla del sentido común la fue perdiendo la izquierda. Habrá que calcular hasta qué punto el presidente Boric administró esa derrota, y en qué parte participó de esta derrota.

Es injusto juzgar a un bailarín de tango cuando baila cha cha chá, o a un tenista jugando bádminton. Este gobierno tuvo que aprender con dificultad a hacer lo normal, lo común, lo esperable, porque fue nutrido y educado en lo improbable, en lo inaudito, en lo recién inventado. El próximo promete exactamente eso que Boric no prometió pero sí logró: la normalidad. Mi intuición me lleva a creer que quizás consiga exactamente lo contrario.

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