Hay regalos que no se piden ni desean y que, sin embargo, suelen llegar a nuestras manos. El próximo 11 de marzo, junto a las carpetas y actas de entrega que recibirá José Antonio Kast, un peculiar envoltorio con imagen de dragón y cinta de Confucio, requerirá de su especial atención y detalle.
El hoy famoso cable submarino de transmisión de datos con China, el tipo de infraestructura que profundizaría la relación con nuestro mayor socio comercial, aquel que nos compra el 39% de todas nuestras exportaciones, terminó convirtiéndose en el detonante de una crisis diplomática silenciosa pero concreta.
Estados Unidos canceló los visados de tres altos funcionarios chilenos por participar en ese proyecto. Sin escándalo, sin declaraciones de guerra, sin reunión de urgencia en La Moneda. Solo tres pasaportes rechazados y un mensaje que cualquier analista entiende: en la nueva guerra fría, tender un cable con China tiene consecuencias.
Bienvenidos al presente chino.
Y aquí viene la pregunta incómoda que nadie quiere hacerse en voz alta: ¿sabe Washington lo que está pidiendo?
Porque los números no mienten y no tienen ideología. El 39% de todas las exportaciones chilenas tienen como destino China. No el 10%, no el 20%, nada menos que el 39%. El cobre que sostiene el presupuesto nacional, las cerezas que se embarcan desde los puertos del sur, la celulosa, el litio: todo tiene un solo gran comprador.
Al mismo tiempo, Estados Unidos concentra una porción significativa de la inversión extranjera directa en Chile (Solo superados por Canada). Minería, energía, finanzas, tecnología. Los capitales que financian parte importante del desarrollo productivo del país llevan pasaporte americano.
Dicho sin rodeos: China nos compra, Estados Unidos nos financia. Ambos son estructurales. Ambos son simultáneos. Ambos son, en la práctica, indispensables.
Pedirle a Chile que elija un bando es como pedirle a una empresa que decida entre su principal cliente y su principal accionista. Puedes hacer el ejercicio de forma teórica, pero al día siguiente ya no hay empresa.
Esto no es novedad para quienes seguimos la política exterior chilena. Chile construyó su vínculo con China durante décadas, con Piñera y con Bachelet, con la derecha y con la izquierda, sin que nadie lo considerara una traición. Fue una decisión pragmática, no ideológica. Una decisión que nos ha funcionado por décadas.
Lo que sí es nuevo es esto: que la sola gestión de un cable de fibra óptica derive en la cancelación de visados. Que la cercanía con Beijing se haya vuelto, de un día para otro, moneda de castigo diplomático.
Que Chile tenga que medir cada paso considerando no solo lo que le conviene, sino lo que le irrita al vecino del norte.
Eso ya no es política exterior. Eso es tutela.
Chile vivió algo parecido antes. Lo vivió en los años 60 y 70, cuando cada decisión interna era leída en clave de Moscú o Washington, y cuando esa lógica binaria terminó de la peor manera posible. No estamos en 1973, pero las señales merecen atención y, sobre todo, merecen ser señaladas e identificadas.
El presente chino es, entonces, un doble regalo envenenado. Por un lado, la realidad económica del siglo XXI: China está en nuestros puertos, en nuestra energía, en nuestros paneles solares, en el precio del cobre que financia hospitales y escuelas. Ignorar eso no es valentía, es irresponsabilidad. Por otro lado, esa misma cercanía se ha convertido en una trampa: cuanto más profunda es la relación, más caro puede resultar mantenerla en un mundo que vuelve a polarizarse entre dos bandos.
No tengo una respuesta fácil. Y desconfío de quienes dicen tenerla.
Lo que sí sé es que Chile no puede darse el lujo de ser ingenuo con ninguno de los dos gigantes. Ni con el que nos compra el cobre, ni con el que nos cancela los visados. La soberanía no se negocia con mantras ideológicos ni con presiones diplomáticas disfrazadas de seguridad nacional.
Se ejerce. Con inteligencia, con datos, y con la disposición de mirar a cualquier potencia a los ojos y decir: somos un país pequeño, pero no somos un satélite de nadie.
El regalo llegó. Toca decidir si lo abrimos con cuidado o si lo devolvemos sin abrir.