Más que un desfile de nombres, el Festival de Viña del Mar 2026 terminó funcionando como un mapa inesperado del presente musical. No fue un certamen definido por la novedad, sino por algo más revelador: distintas formas en que la música popular intenta permanecer vigente en una industria obsesionada con lo inmediato.
La presentación de Pet Shop Boys evidenció una primera tendencia: el pasado dejó de ser nostalgia para convertirse en pertenencia estética. El pop electrónico de los años 80 ya no opera como recuerdo generacional, sino como lenguaje plenamente integrado al presente. Lo que antes parecía retro hoy dialoga naturalmente con la cultura digital y las nuevas audiencias, confirmando que ciertos sonidos sobreviven porque fueron concebidos mirando hacia adelante.
Juanes, en cambio, representó otra lectura del momento musical: la resistencia de la canción en tiempos de algoritmos. Proveniente de la época dorada del pop latino previo al streaming, su permanencia demuestra que algunas obras trascienden cambios industriales porque se sostienen en emociones universales. En una era marcada por la rotación acelerada de hits, la canción bien escrita vuelve a aparecer como un refugio de continuidad cultural.
El caso de Mon Laferte abrió una tercera línea: la expansión del artista hacia experiencias escénicas totales. Su presentación confirmó una tendencia creciente donde el concierto deja de ser únicamente musical para transformarse en obra integral, fusionando relato personal, teatralidad e identidad visual. Más que interpretar canciones, el artista contemporáneo construye mundos.
Jessie & Joy reforzaron otra señal relevante: la emoción directa sigue siendo un valor competitivo. Mientras gran parte del pop actual privilegia la actitud o el impacto inmediato, su recepción recordó que la conexión afectiva colectiva -la canción como espacio compartido- continúa siendo una fuerza vigente dentro del espectáculo masivo.
Yandel Sinfónico, por su parte, simbolizó quizá el gesto más elocuente del festival: el reguetón entrando definitivamente en una etapa de legitimación cultural. La orquesta no reemplazó el pulso urbano, sino que lo amplificó, evidenciando que el género ya no necesita justificarse ni adaptarse a códigos ajenos para alcanzar estatus artístico. El reguetón no buscó elevarse; demostró que ya había llegado.
Así, Viña 2026 dejó menos respuestas sobre el futuro que certezas sobre el presente: la música popular avanza no solo creando sonidos nuevos, sino reinterpretando su propia historia. Entre permanencia estética, canción autoral, espectáculo expandido y legitimación de géneros urbanos, el festival mostró que la verdadera tendencia actual no es la ruptura, sino la convivencia de tiempos musicales distintos en un mismo escenario.
Porque hoy lo contemporáneo no se define por la fecha de origen de una música, sino por su capacidad de seguir significando algo para quienes la escuchan.