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Ladro, luego existo

No se trata de burlarse de adolescentes confundidos. Pero el punto es reconocer el síntoma y hacerse preguntas. Porque en una sociedad donde tener hijos es cada vez más costoso e incierto, y donde ser adulto parece menos atractivo que ser mascota consentida, no sorprende que algunos prefieran el jugueteo de la jauría antes que la complejidad de la adultez.

Con la cantidad de privilegios que hoy tienen los perros y gatos en Chile, casi dan ganas de cambiarse de especie.

Seguro de salud, plan dental, spa, hotel cinco estrellas, cumpleaños con torta especial y hasta psicólogo para tratar la ansiedad. Sí, ansiedad. En un país donde la salud mental humana sigue siendo un privilegio, un pug —no el mío, aclaro— ya tiene terapeuta.

Y lo dicen los datos. Según la Casen, en Chile hay 2,5 mascotas por hogar, mientras que los niños son 1,8. Más animales que hijos. El SAG informó hace unos días que durante 2025 pasaron cerca de 10.000 animales por el Aeropuerto de Santiago, 300% más que hace cinco años. Las mascotas viajan, migran, acumulan millas. Algunos padres, en cambio, todavía esperan certezas básicas.

Porque mientras el mercado afina la experiencia premium para el perro o el gato, la ley de Sala Cuna Universal se rechaza. No hay acuerdo para facilitar la crianza y el empleo femenino, pero sí hay sofisticación para el bienestar de la mascota.

La composición familiar cambió. Más hogares unipersonales, más parejas sin hijos. El mercado entendió rápido dónde está el afecto. La política, menos. Hasta aquí, uno podría decir que son decisiones privadas.
Cada cual organiza su vida como quiere. Perfecto.

Pero en este mismo paisaje cultural emerge el fenómeno de los therians: personas que no solo aman a los animales, sino que se identifican como uno. Se sienten lobo, gato, zorro. Usan máscaras, caminan en cuatro patas, hablan de su esencia animal. Hasta mordieron a una niña en Argentina.

Y aquí la ironía deja de ser chiste.

No. No es normal que una persona crea que es un animal. Y no todo lo que alguien siente automáticamente se convierte en identidad que la sociedad deba validar. Una cosa es ampliar libertades individuales; otra es diluir cualquier frontera entre imaginación y realidad.

Cuando la identidad se vuelve editable hasta llegar a cuestionar la especie, la pregunta no es zoológica, es cultural. ¿Qué significa pertenecer a una comunidad humana si la condición humana misma pasa a ser optativa?

No se trata de burlarse de adolescentes confundidos. Pero el punto es reconocer el síntoma y hacerse preguntas. Porque en una sociedad donde tener hijos es cada vez más costoso e incierto, y donde ser adulto parece menos atractivo que ser mascota consentida, no sorprende que algunos prefieran el ju-
gueteo de la jauría antes que la complejidad de la adultez.

Llevamos siglos parados sobre Descartes. La acción de pensar nos constituye en tanto humanos. Un ancla en medio del escepticismo.

Razono primero, siento después. No siento y luego soy.

Si el ladrido basta para existir, entonces ya no estamos discutiendo sobre mascotas ni modas culturales, sino algo bastante más profundo; qué significa ser humano.

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