La Operación Furia Épica es un libro que está aún escribiéndose y cuyos primeros capítulos ya han dado que hablar a nivel de líderes mundiales, medios y organizaciones que observan quirúrgicamente los hechos acontecidos en Medio Oriente los últimos días.
En medio de este panorama complejo, una vez más las declaraciones del presidente Gabriel Boric calificando al gobierno de Israel encabezado por Benjamín Netanyahu como “asesinos y criminales” no solo reabrieron en Chile una polémica política interna: también evidenciaron hasta qué punto el debate nacional se conecta con un escenario internacional profundamente tensionado. En un contexto global marcado por guerras abiertas, rivalidades estratégicas y un orden internacional en transición, el lenguaje que emplean los gobiernos deja de ser un gesto retórico para convertirse en señal política, diplomática y estratégica.
Para quienes observan el conflicto desde una perspectiva favorable a Israel y a la política exterior impulsada por Estados Unidos durante la administración de Donald Trump, el actual escenario en Medio Oriente confirma una premisa central: la estabilidad regional depende de una disuasión clara frente a actores estatales y no estatales que desafían el equilibrio de poder. El ataque de Hamás contra Israel en octubre de 2023 no fue solo un acto terrorista de gran escala; representó también la manifestación visible de una arquitectura de confrontación impulsada por Irán a través de actores armados aliados en distintos frentes.
Desde el sur del Líbano, Hezbolá mantiene una capacidad militar capaz de saturar el sistema de defensa israelí con miles de misiles. En Siria e Irak operan milicias chiitas alineadas con Teherán, mientras que en Yemen los hutíes han demostrado su capacidad de afectar rutas marítimas críticas mediante ataques contra buques comerciales en el Mar Rojo. Este patrón responde a una estrategia de proyección de poder indirecto que permite a Irán presionar a sus adversarios sin exponerse directamente a una guerra convencional.
El programa nuclear iraní añade una dimensión crítica. Para Israel, un Irán con capacidad nuclear representa una amenaza existencial; para Estados Unidos, un desafío al régimen global de no proliferación; y para Arabia Saudita, un incentivo potencial para desarrollar su propia capacidad nuclear, con el consiguiente riesgo de una carrera armamentista regional. Muchos dueños para un conflicto en construcción.
Para los partidarios de esa estrategia, los acontecimientos recientes parecen confirmar que la política de máxima presión buscaba precisamente contener la expansión iraní y fortalecer un eje de estabilidad regional. La actual administración estadounidense ha intentado equilibrar el apoyo a la seguridad israelí con esfuerzos por evitar una escalada regional directa, consciente de que un enfrentamiento abierto con Irán podría desencadenar un conflicto de proporciones mayores, comprometer el suministro energético global y provocar un shock económico internacional.
El conflicto se desarrolla, además, en un sistema internacional más fragmentado que en décadas anteriores. La guerra en Ucrania, la competencia estratégica entre Estados Unidos y China y el debilitamiento de consensos multilaterales han reducido la capacidad de las instituciones internacionales para contener conflictos. Potencias emergentes adoptan posiciones más autónomas, mientras el llamado Sur Global observa con escepticismo la coherencia de las potencias occidentales en materia de derechos humanos y legalidad internacional.
En este escenario, los países sin capacidad militar decisiva enfrentan un desafío distinto: preservar credibilidad y coherencia para mantener influencia diplomática. La autoridad moral y política en el sistema internacional no deriva del volumen de la retórica, sino de la consistencia entre principios, lenguaje y conducta. Cuando el discurso oficial adopta categorías absolutas, se reduce el margen para contribuir a soluciones, facilitar diálogos o sostener posiciones equilibradas.
Las reacciones emocionales frente a las imágenes de destrucción y sufrimiento son comprensibles. Sin embargo, la política internacional opera en el terreno de la responsabilidad estratégica. El lenguaje de los Estados no solo describe la realidad: la modela, define alianzas y delimita espacios de acción futura.
El respeto al derecho internacional, la defensa del orden basado en reglas y la cooperación multilateral han sido pilares del sistema internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Ese orden enfrenta hoy presiones simultáneas desde potencias revisionistas, conflictos regionales y rivalidades geopolíticas. En ese contexto, la estabilidad de Medio Oriente no es un asunto distante: sus efectos energéticos, económicos y de seguridad repercuten en todo el planeta.
La evolución del conflicto entre Israel, Irán y sus aliados sigue abierta. Una escalada regional, un reequilibrio estratégico o un prolongado conflicto de baja intensidad son escenarios plausibles. Lo que resulta claro es que la comprensión de este tablero exige más que consignas o juicios morales absolutos: requiere análisis estratégico, memoria histórica y sentido de responsabilidad internacional.
En un mundo cada vez más polarizado, la fuerza de las palabras puede inflamar pasiones, pero son las decisiones estratégicas las que definen el curso de la historia.