Están ahí. Invisibles e innominadas. Cumpliendo una función (no un rol) que pocos quieren asumir. No serán destacadas este 8M. No saldrán a marchar y no estarán seguramente en el foco de los medios. Pero en muchos de nuestros propios círculos familiares hay una cuidadora ya sea de menores o de personas de tercera edad. Un 83% de las personas declara que ha realizado alguna labor de cuidados en el último año, mayormente mujeres entre 30 a 49 (Serie Clima Social, Capítulo 2, ICSO-UDP, 2025). Más del 75% no recibe remuneración alguna y solo el 3% declara recibir ingresos por el trabajo de cuidados (Personas Cuidadoras y Trabajo de Cuidado en Chile, Fernández, M., & Jorquera-Samter, V., 2023).
Las cuidadoras entregan su tiempo sin plazo fijo, sin horarios, casi siempre sin remuneración. Carentes de expectativas personales, ya que el cuidado de adultos mayores no tiene horizontes de tiempo de finalización. Por su género -en una cultura donde las labores de cuidado se asignan sin más a las mujeres- o menor aporte a los ingresos monetarios del hogar, les tocó asumir el cuidado de los padres, abuelos, incluso parientes políticos. “No, porque sienten que como que es obligación po’, no es así porque somos tres, pero ya peleé tanto con ellos que me aburrí. La vida se encarga de las cosas cuando son así” (Colina, 49 años)
Detrás del velo de las cifras, hay historias, perfiles y relatos que dan cuentan de la compleja realidad que viven las cuidadoras. Una investigación realizada por Subjetiva para Comunidad Mujer consideró 25 entrevistas en profundidad a diferentes tipos de cuidadoras a lo largo del país, permitiendo una aproximación más cualitativa. Partamos por señalar que no hay un tipo de cuidadoras y una diferencia central es la forma que se asume este rol: para algunas es una imposición desde su entorno principalmente porque sus remuneraciones laborales son más bajas o bien no tienen trabajo fuera del hogar. Es una decisión asumida a plenitud donde este trabajo se justifica bajo la premisa de la ”devolución del amor”: cuidar a los padres es un forma de devolver lo que ellos hicieron por uno. “Un día conversando ellos me comentaron que iban a trabajar los dos, que iban a ver una guardería o jardín y yo les dije, ¿pero para qué? si estoy yo, para apoyarlos (…) Una vuelta de mano. De todas maneras, no como obligación sino que nace eso, va en el ADN”. (Quintero, 54 años)
Esta diferencia no es menor; ella determina las expectativas y demandas: algunas buscan dejar ese rol y poder desarrollarse en el plano personal, dándose un espacio para ello; otras, en cambio afrontan la situación con una especie de fatalismo.
Sin embargo, hay un factor que atraviesa ambos segmentos: la decisión de encomendar el cuidado a una institución o una persona externa, siempre que sea posible sortear la barrera económica que ello implica. En otro estudio realizado para el Instituto de Ciencias Sociales de la UDP se pudo observar que una decisión de ese tipo, está siempre tensionada por la desconfianza hacia el sector público en la prestación de servicios de salud y similares, a lo que se suma la idea de cierto castigo social esa decisión, la que sería vista como abandono de un familiar, castigo que muchas recae en las mujeres (hijas). Pese a que existen alternativas institucionales: sólo un 17% de quienes cuidan a personas mayores en situación de dependencia y un 12% de quienes cuidan a personas con discapacidad intelectual y del desarrollo, declaran estar dispuestas a dejar de hacerlo si existieran dichas opciones (Personas Cuidadoras y Trabajo de Cuidado en Chile, Fernández, M., & Jorquera-Samter, V., 2023). Esta resistencia se enmarca en un contexto donde un 64% de la población cree que el cuidado de personas mayores debe ser una responsabilidad compartida entre el Estado y la familia, aunque persisten opiniones divididas sobre el uso de instituciones de cuidado: un 33% considera que “dejarlos en instituciones es abandonarlos”, mientras que un 36% está en desacuerdo con esa afirmación. En la misma encuesta, un 68% de los cuidadores declara que no recibe ni necesita apoyo (Serie Clima Social, Capítulo 2, ICSO-UDP, 2025).
A lo anterior se suma un factor emocional que retrasa esta decisión y que se registra en varias entrevistas: no se piensa en el futuro porque se asocia al duelo anticipado, lo que para algunos se proyecta como si hubiese una deseabilidad de la muerte de la persona cuidada, una suerte de maleficio. Habitualmente, no se conversa sobre la muerte antes de que ésta suceda, menos aún de lo que viene después. “No nos ponemos en ese plano, la vemos bien, sabemos que puede llegar, pero no lo hablamos. Cuidarla hasta que no pueda más. Busco herramientas de cómo mejorar cosas, como aprender más, pensamos y no hablamos del tema”. (San Carlos, 38 años)
En el mes de febrero se promulgó la ley Chile Cuida (Ley N° 21.805), que reconoce al cuidado como un derecho y lo establece como el cuarto pilar de la protección social en el país, junto con la salud, la educación y la seguridad social. Crea además el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados que coordina programas de diversos ministerios para que la ayuda no sea fragmentada y establece algunos Beneficios y Herramientas para Cuidadoras además del pago mensual (cerca de 33 mil pesos) para quienes cuidan a personas con dependencia severa.
Es un primer paso, posiblemente insuficiente en lo material. Pero quizás el mayor desafío está en el campo simbólico. En primer lugar el reconocimiento del rol (no la función) de las cuidadoras como una forma de integrarlas a esta política pública: valorar su aporte públicamente. Un déficit que muchas presentan las políticas públicas en sus estrategias de comunicación que muchas veces se reducen a la difusión de beneficios y no en la apelación a los beneficiarios “Creo que las cuidadoras, te lo digo por lo que yo veo, de repente no somos reconocidas, si una mujer cuida a su mamá, ¿Que le dice la sociedad? ah claro, si eres la hija tienes que hacerlo, y no saben lo que uno deja de lado para hacerlo”. (Conchalí, 62 años)
El segundo desafío es hacerse cargo de la reticencia a que otras instituciones puedan hacerse cargo de la labor de cuidados parcial o totalmente, superar el castigo social o la carga cultural que impide asumir que el bienestar de los parientes no necesariamente está garantizado en el hogar y, lo más importante, que ello también afecta la salud física y mental de los cuidadores.
El tercero es el de las expectativas de las cuidadoras. Una parte de ellas no logra visualizar su propio futuro una vez que la persona cuidada haya fallecido. Hay un bloqueo similar al de la conversación sobre la muerte. “Me encantaría estudiar psicología, pero tengo mucha edad ¿Quién me va dar práctica con 45 años? Yo creo que estoy fuera del mercado laboral. Trabajé tan poco y hay tanta nueva tecnología que yo ya me encuentro que estoy obsoleta”. (Vallenar, 39 años)
Es en este contexto en que los medios de comunicación cobran relevancia como herramientas de conexión social para el reconocimiento del rol de cuidadoras, la generación de confianza y la construcción de expectativas. Para muchas cuidadoras la televisión y la radio son sus principales “ventanas” hacia el mundo exterior; a través de ella no solo configuran en parte importante sus percepciones sobre la coyuntura nacional, sino que también influye en sus conductas. (Estudio B, 2024). Matinales y en menor medida noticiarios son los espacios de mayor consumo en este segmento de la audiencia. Es allí donde debería haber un esfuerzo de comunicación especial para asumir estos desafíos.
Para el año 2050, se proyecta que aproximadamente un tercio (entre el 25% y el 32%) de la población chilena tendrá 65 años o más. ¿Quién te cuidará a ti si llegas a esa fecha?