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Carta abierta a José Antonio Kast

Desde la distancia —y también, de algún modo, desde la cercanía— nuestro columnista reconoce que no votó por el actual Presidente, pero confirma que, honestamente, le interesa que le vaya bien. Por lo mismo, se permite darle algunos consejos.

Querido José Antonio:

No voté por ti. Lo sabes. No tiene ningún sentido fingir lo contrario. Pero no puedo dejar de ver, con algo parecido a la emoción, cómo asumes ese rol siempre necesario, siempre imposible, de ser el Presidente de todos los chilenos. Mezcla de rey sin reino y de primer funcionario público de la nación. No puedo dejar de sentir, ante las primeras fotografías presidenciales, una simpatía inesperada por ti. Hay algo ahí, previo a la pubertad, que me conmueve. Algo inocente y gentil que las zanjas y los anuncios de recortes presupuestarios contradicen de manera profunda. Hay algo en ti que parece dispuesto a perdonar y a comprender, que se contradice con el discurso de castigo y de sospecha con que se instaló tu gobierno.

No tengo dudas de que, desde el punto de vista de las cifras, en el corto plazo tienen razón en vigilar y castigar. El manual MAGA de gobierno ha conseguido en todas partes poder y más poder. Pero déjame, al menos desde mi humilde lugar de perdedor más o menos perpetuo de todas las últimas elecciones, darte algunos consejos.

Primero: la oposición es tu mejor aliado

Solo hay una cosa peor que tener una oposición fuerte y organizada: no tener ninguna. Recuerda a Piñera en su segundo gobierno: llegó al poder y nada ni nadie podía oponérsele. La centroizquierda, canibalizada por el Frente Amplio, había sufrido una derrota electoral y cultural evidente. No tenían proyectos, no tenían ideas, solo rencor y olvido. Ante tanto cadáver político, las carroñeras —con Pamela Jiles a la cabeza— tuvieron un verdadero festín. Vino el estallido social, que fue en gran parte producto de esa ausencia de oposición política organizada que pudiera canalizar el descontento que de manera inevitable crecía. Sin orden ni concierto, ese descontento pasó de oponerse al precio del metro a querer romperlo todo, incluso a sí mismo. La ausencia de oposición organizada tuvo un efecto aún peor cuando la calle dejó el fuego. Tuvimos derecho al peor parlamento posible, un carnaval de acusaciones constitucionales, retiros de todo tipo y un proceso constituyente payasesco.

Que no te engañe tu anticomunismo enfermizo, José Antonio: pactar con los comunistas siempre será mejor que hacerlo con el Doctor File. Los comunistas piensan que la tierra gira al revés de como tú y yo creemos que gira; el Doctor File cree que es plana. Milei puede darse el lujo de insultar a la mitad del Congreso porque esa mitad es peronista del tipo más delirante. Pero al propio Milei, verás, esa estrategia le resultará fatal.

Segundo: tu mejor aliado es Gabriel Boric

Por extraño que te parezca, si rompes todos los puentes lo aislarás a él, claro, pero también a ti. Una oposición que no ve ninguna posibilidad de gobernar ni de influir se enferma, y cuando se enferma, mata.

La oposición de hoy solo tiene un patrimonio claro: Gabriel Boric. El joven tiene muchos defectos, pero sabes que no es malintencionado ni deshonesto. Su madre es tan schoenstatiana como tú, su alma tan provinciana e inmigrante como la tuya. Ese Chile de regiones, de familias que llegaron de lejos y echaron raíces con esfuerzo, es el mismo Chile tuyo. Aprovecha esas semejanzas. No te pido que lo abraces.

Puedes acusarlo de todos los males como hacen todos los gobiernos nuevos en Chile. Pero te pido que no lo destruyas, porque al destruirlo te quedas sin interlocutor y sin espejo, y un gobierno sin espejo no tarda en no reconocerse a sí mismo.

Tercero: octubre sigue siendo un mes al año

Te lo dice el que acuñó, presumiblemente, el término octubrista: el estallido no volverá porque nunca se fue. La idea instalada entre tus partidarios y entre los escasos intelectuales de tu mundo de que el estallido fue algo así como un terremoto, un viento fuerte, un fenómeno natural, o peor aún una conspiración castro-chavista, es tonta y suicida.

El octubrismo fue en 2019 de izquierda solo porque el gobierno era de derecha. Pero no tenía nada de socialista, ni ecologista, ni indigenista, ni feminista. Lo animaba un fuego purificador y un resentimiento profundo que anima hoy a la mayor parte de tus partidarios más feroces. Esos que con bandera chilena insultan a todo el que asoma una crítica. Y no solo esos analfabetos incels que viven detrás del anonimato del teléfono, sino los caballeros más o menos empingorotados que reclaman contra Carlos Peña por la osadía de ver algo evidente: que los libros no son lo tuyo y que la imaginación es una asignatura siempre pendiente en una mente que ha usado todo su poder en la política.

Ten claro lo que ellos saben sin querer saberlo: todos los que odian el octubrismo como una peste negra, los que acusan a cualquiera de ser octubrista, son los nuevos octubristas. Hoy te celebran y me atacan a mí por no bañarme lo suficiente (crimen totalmente infundado, te podría explicar en vivo por qué). Pero no olvides que la rabia es insaciable.

Por eso enséñales lo que es tu principal cualidad: esa manera de entender que los que son diferentes son eso, diferentes, pero no por ello enemigos. ¿Te acuerdas de ese programa de radio en que nos peleamos en vivo sobre los carabineros, para salir después a conversar gentilmente como si nada? ¿Te acuerdas de cuando un fotomontaje en la portada de The Clinic te ofendió profunda y totalmente (con toda la razón del mundo) y llamaste sin sulfurarte ni amenazar? Una llamada que no terminó en querella ni en declaraciones de guerra sino en unas columnas escritas por ti que ni siquiera hablaban de la portada en cuestión. Tu sonrisa de suegro sardónico, tu encantadora falta de encanto, puede en cualquier momento convertirse en el motor de su odio. Cuídate de eso. Y usa esa tolerancia que no es tolerancia sino una comprensión instintiva, quizás nacida de tu infancia en Paine, de que la mejor manera de dejar de ser un extranjero es dejar de tratar a los demás como extraños.

Cuarto: con mi esquina no

Estudié en un colegio subvencionado en la frontera entre Ñuñoa y Providencia. La mayoría de mis compañeros venía de Lo Hermida y La Faena, en Peñalolén. Sus barrios eran conocidos por ser peligrosos. Y ellos no tenían problemas en confirmar ese peligro cuando hablábamos. Pero siempre me aclaraban que su esquina era el paraíso, que el infierno empezaba una esquina más allá. Le preguntaba al que vivía en esa esquina dónde empezaba el infierno y negaban todo: el peligro estaba una cuadra más allá, siempre una cuadra más allá.

Que no te engañe el pesimismo de tus electores, su miedo y su odio al inmigrante. Si les preguntas bien y con calma verás que su vida, que su barrio, que los inmigrantes que conocen y quieren no son el problema. El problema son los otros. La zanja es un agujero relleno de populismo barato. Simboliza lo peor que un país puede ofrecer: una herida en su propia piel, el mensaje de que aquí no hay nada que dar ni ofrecer… aunque entiendo que excita la imaginación de tus electores. Las redadas tienen ese encanto impersonal que nadie puede reprobar. Pero si tocas al inmigrante que conozco, el que me sirve la comida, el que me atiende en el restaurante, el que repara mis tuberías, la aprobación puede convertirse en desprecio. Mira a Trump y su ICE: perfectamente popular en teoría, pero en la práctica uno de los principales escollos a la hora de prolongar su gobierno al infinito.

Quinto: los quiltros amamos ser quiltros

Para muchos de tus partidarios más fanáticos la pobreza y los pobres son una suerte de defecto ontológico. Los pobres no pueden ser felices en su pobreza; su vida solo puede consistir en aspirar a ser como los ricos. No saben que el temor por lo que pasa en la esquina de más allá convive perfectamente con el amor por la propia esquina. La pobreza, que no siempre es pobre pero que siempre es mestiza y quiltra, es una cultura, es decir una forma de comprender el mundo. No es una enfermedad. Al contrario, es una forma de salud.

Miami no es todavía el paraíso mental de los chilenos. Ahórrate los viajes a Mar-a-Lago y los halagos a un poder que parece omnipotente pero solo disimula mejor que otros su impotencia. Chile ama a sus huasos, a sus rodeos, a sus borrachitos. Los Quincheros y la Violeta, pero sobre todo Nicanor, que puede salir siempre con un salto inesperado. Los González aguantamos la ayuda que se nos da, pero sabemos que el país en el fondo es nuestro. Los que lo olvidan terminan por aprenderlo a la fuerza.

La cara de cementerio con que Quiroz anuncia cortar presupuesto y rebajar impuestos puede ser útil al comienzo, pero resulta a la larga cansadora. Piñera no habría llegado nunca a ser Piñera sin las Piñericosas. En ese sentido cuida como un tesoro a la Pía y déjala salirse del libreto. Deja siempre un lugar al delirio y al meme. No hay nada más ridículo que los que temen al ridículo.

No te olvides: por cada castigo, por cada programa social que se cierra, por más contraloría que controle, busca una palabra, una medida, una señal de amor, de respeto, de conocimiento hacia ese Chile profundo y sempiterno que vienes a gobernar, pero no a dominar.

Sexto: consíguete un arquitecto

Hace poco celebramos con un grupo de amigos a Smiljan Radic, que acaba de ganar el Pritzker. Sus casas y edificios son un prodigio de imaginación y de fuerza, fruto de un conocimiento profundo de la historia de la pintura, la geografía, la literatura. Te lo menciono no solo porque la cultura es uno de los fantasmas que prefieres alejar de tu vista, sino porque la mayoría de las metáforas con que adornas tus discursos giran en torno a la reconstrucción. Quemaron la casa, la derribaron los niños del Frente Amplio, hay que dejar toda otra urgencia y aspiración para volver a levantar los muros y las ventanas.

La tentación primera es reconstruirla igual a como era: inflamable, demasiado cerca de un barranco, demasiado estrecha para que quepamos todos. La nostalgia, que está en el centro de tu discurso y el de todo el mundo MAGA, parece ordenar volver a hacer la casa igual. No igual a sí misma sino a una idea de lo que fue. Todos ordenados y con corbata como mamá Lucía nos enseñó. Volver a llegar a la hora y “al que no le gusta, se va.” Un pasado que no existió y que no fue en ningún caso un paraíso.

Una reconstrucción sin arquitecto corre el riesgo de hacer visible justamente la distancia entre la nostalgia y la realidad. Algunos recuerdan que la pieza era azul y otros que era blanca, todos la imaginan más grande de lo que era. Sin un arquitecto, sin un plan mejor que el recuerdo, sin una idea de hacia dónde ir, los problemas cotidianos, las peleas pequeñas, los accidentes que sin falta ocurrirán se agrandarán de manera exponencial. En un gobierno que elige ser doméstico, que elige no tener más futuro que el día a día, estás condenado a vivir preso de la contingencia.

Busca una idea. Un proyecto modesto y claro, un destino al que encaminarse de a poco si quieres, pero seguro. La modernización fue la de Frei. Ser Portugal o España, la de Lagos y la primera Bachelet. Mira cuánto le hizo falta ese objetivo a Bachelet en su segundo gobierno, y cómo el de Piñera, de puro administrar y administrar puramente, se convirtió en una fuente infinita de incomprensión.

Sé positivamente que no seguirás ninguno de mis consejos. La mayoría van en el sentido contrario de tu programa. Pero cumplo con mi deber de al menos enunciarte estas diferencias. Aunque a veces lo disimule, nada me gusta más que equivocarme; por suerte es algo que me sucede a menudo. Espero que me suceda esta vez también.

Te mando desde ya todo mi cariño. La tarea titánica que emprendes necesita de todas las fuerzas posibles. Estás donde estás por buenas razones, y la mejor de ellas es servir. Eso siempre respetaré en ti, como lo respeté en Boric y en Piñera y en Bachelet. Que en tu corazón esa sea la fuerza principal, habla bien no solo de ti sino del país que te eligió, que es también el mío.

Saludos, Rafael Gumucio.

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