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¡Soltemos el niño que llevamos dentro!

En tiempos difíciles, necesitamos ser más niños. Darnos la oportunidad de aprovechar lo que tenemos y sacar el mejor partido de eso. Dar la mano uno al otro para subir a ese cubo de cemento, que es el único que tenemos, y reírnos juntos, saltando y subiendo otra vez, con las rodillas machucadas quizás, pero mejor que jugando solos.

¿Qué ve usted en la foto que acompaña esta columna? Yo vi lo mismo cuando hoy en la mañana la tomé.

Pero no vi eso ayer en la tarde cuando pasé por el mismo lugar y un papá estaba allí con sus hijas. La mayor, de unos 7 años, acababa de saltar desde ese cubo y se reía, mientras la menor, de unos 5 años, trepaba para hacer lo mismo que su hermana. Esta pequeñita tenía más o menos la misma altura que la decrépita estructura (cuyo estado nunca vi) y miraba con una sonrisa pícara a la aventura de saltar desde allí. Si yo tuviera que saltar desde 1,7 metros no se si estaría con esa sonrisa, pero recuerdo que cuando niño, en situaciones similares, estaba feliz de intentarlo. A veces me caí y quedé con pelones en las rodillas, otras salí victorioso y feliz, en unas y otras siempre salía corriendo a hacerlo de nuevo y Pedro, mi hermano un año menor, hacía lo mismo.

Ninguna de las niñas vio las grietas en el cemento, tampoco la pintura desgastada ni los fierros oxidados a la vista. Estoy seguro de que su padre, al igual que yo, nunca nos enteramos de esas fallas evidentes, y no es que hayamos tenido problemas a la vista. Ellas vieron un juguete gigante, el padre vio a sus hijas felices subidas a una estructura ideal. Yo vi una familia feliz y pensé en mi nieta Jacinta y su carita, como la de esas niñas, jugando fascinada con la caja de una máquina de lavar; reviví a mis hijos, hace 30 años, convirtiendo en tobogán las barandas de bronce de la escalera de la municipalidad de Ñuñoa.

Los niños saben aprovechar las oportunidades, cualquiera sea su realidad, y le sacan partido enfocados en lo que importa. Se entretienen, se ríen, aprenden, exploran, sienten, acompañados buscando cariño, compartiendo amistad, alegrándose con todo lo que pueden. Da lo mismo que sea en una plaza pulcra y elegante en Vitacura, con columpios que huelen a nuevos, o las ruinas de un barrio bombardeado en Gaza.

Tenemos un país hermoso, que produce nuestro alimento, nos da trabajo y alegría cada vez que podemos ver la cordillera nevada, cada tarde verano en la que refresca y no hay humedad, cada día en que podemos ver las olas y comer una merluza o tomar agua de la llave.

Vivimos en una democracia, luego de haber pasado por una dictadura, y no fue necesaria una sangrienta revolución para terminarla.

Tenemos una deuda pública que es 4 veces la que teníamos hace 15 años, es cierto, pero el ministro de Hacienda de Japón o el de España, estarían fascinados si esa fuera su deuda.

Por supuesto que hay una guerra absurda en Medio Oriente, y una guerra cobarde y cruel de Putin contra Ucrania, y hay inestabilidad mundial, y la IA puede causar caos en el mercado laboral, y todo esto nos puede afectar. Y ya nos afecta, porque subió el precio de los combustibles.

Pero estamos lejos de las bombas. Tenemos cobre, que se necesita y seguirá necesitándose. Tenemos un país que funciona, donde la gente paga sus impuestos y, cierto, una parte de ellos se bota en programas inútiles y funcionarios sinvergüenzas, pero el grueso termina en gente que hace su trabajo lo mejor que puede. Profesores que se levantan temprano a cuidar y enseñar a los niños de otras personas que mientras tanto van a trabajar; carabineros que salen de sus casas humildes con el uniforme planchado a proteger a los demás, y postas que atienden a un herido sin preguntar si es rico o pobre, si es chileno o venezolano.

Van tres semanas de un nuevo gobierno y veo a moros y cristianos enfocados en las grietas del concreto y el óxido a la vista del otro. Unos dedicados a culpar (no sin razón) al despilfarro e irresponsabilidad de los que salieron. Los otros, a criticar las abundantes torpezas comunicacionales y otras de los primeros días de los que llegan.

En tiempos difíciles, necesitamos ser más niños. Darnos la oportunidad de aprovechar lo que tenemos y sacar el mejor partido de eso. Dar la mano uno al otro para subir a ese cubo de cemento, que es el único que tenemos, y reírnos juntos, saltando y subiendo otra vez, con las rodillas machucadas quizás, pero mejor que jugando solos.

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¡Soltemos el niño que llevamos dentro!

En tiempos difíciles, necesitamos ser más niños. Darnos la oportunidad de aprovechar lo que tenemos y sacar el mejor partido de eso. Dar la mano uno al otro para subir a ese cubo de cemento, que es el único que tenemos, y reírnos juntos, saltando y subiendo otra vez, con las rodillas machucadas quizás, pero mejor que jugando solos.

Foto del Columnista Ricardo Escobar Calderón Ricardo Escobar Calderón